Philip Pullman - La maldición del rubí

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La maldición del rubí es el primer número de Sally en donde se nos presenta a una chica de 16 educada para ser una mujer independiente, en un siglo donde la mujer no lo era tanto. Sus conocimientos en economía, finanzas e inversiones igualan y superan a los mejores en su tiempo, como lo fué su padre.
En fin. Sally no será lo mejor del mundo, sin embargo logra conjugar aventuras infantiles y una trama un tanto detectivesca.

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Y entonces apretó el gatillo.

La explosión hizo temblar el coche. El impacto separó a Van Eeden de la chica, echándole contra el asiento. El cuchillo cayó de sus manos y se las llevó al pecho. Abrió la boca una o dos veces, como si intentara decir algo. Luego se deslizó hacia el suelo y se quedó inmóvil.

Sally abrió la puerta y salió corriendo, sin mirar atrás, huyendo de lo que había hecho. Lloraba, temblaba, estaba muerta de miedo…

No podía ver hacia dónde se dirigía. Se oyeron unos pasos que se le acercaban, por detrás, corriendo, persiguiéndola.

Alguien estaba llamándola por su nombre. Ella gritó: «¡No! ¡No!» y no paró. Se dio cuenta de que aún tenía la pistola en la mano, la lanzó lejos, con expresión de odio. El arma rebotó encima de los adoquines mojados y desapareció por la alcantarilla.

Una mano le cogió el brazo.

– ¡Sally! ¡Para! ¡Sally, no! ¡Escucha! ¡Mírame, soy yo! Cayó al suelo y dejó salir de golpe todo el aire que se había acumulado en sus pulmones. Volvió la cabeza, miró hacia arriba y vio a Rosa.

– ¡Rosa…, oh, Rosa!, ¿qué he hecho? Se aferró a ella y se echó a llorar. Rosa la estrechó entre sus brazos con fuerza y la acunó como a un bebé, arrodillándose, sin preocuparse del asqueroso desagüe.

– Sally, Sally… Oí un disparo y… ¿Estás herida? ¿Qué has hecho?

– Le he ma… ma… matado. Le he matado. He sido yo. Y entonces empezó a llorar con más intensidad. Rosa la abrazó aún más fuerte y le acarició el pelo.

– ¿Estás… lo hiciste…, estás segura?-dijo ella, mirándola.

– Le disparé, Rosa -dijo Sally, con la cara apoyada en su cuello.

– Porque él iba a… iba a matarme, y… tenía un cuchillo. Ha matado a tanta gente. Mató a mi… oh, Rosa, ¡no le puedo llamar capitán Lockhart! Le quería mucho… Era mi padre, a pesar de todo, mi papá…

La desesperación de Sally se le contagió y Rosa también se puso a llorar. Sally no podía hablar. Pero, al final, Rosa la ayudó a levantarse.

– Escucha, Sally -dijo ella-, tenemos que encontrar a un policía. Tenemos que hacerlo… No digas que no…, debemos hacerlo. Ahora todo ha ido demasiado lejos. Y con la señora Holland y todo… No debes preocuparte. Se ha acabado todo. Pero ahora que ha terminado, debemos ir a la policía. Yo sé lo que sucedió…, puedo testificar a tu favor. No tendrás problemas.

– No sabía que estabas allí -dijo Sally con un hilo de voz, ya en pie, mirando su capa y su falda, que estaban sucias de barro.

– ¿Cómo te hubiera podido dejar sola, así, sin más? Me subí a otro taxi y os seguí. Gracias a Dios que había otro en la parada. Y cuando oí el disparo…

Ella movió la cabeza de un lado a otro; y entonces oyeron el sonido del silbato de algún policía.

Sally la miró.

– Procede del carro… -dijo ella-. Han debido de encontrarlo. Vamos…

La torre del reloj

Extraños sucesos en el Muelle de las Indias Orientales

MISTERIOSO TAXI VACIO

UN DISPARO EN LA NOCHE

Un inexplicable y misterioso suceso tuvo lugar cerca del Muelle de las Indias Orientales durante la madrugada del pasado martes.

El agente de policía Jonás Torrance, un experto agente de reputación intachable, estaba haciendo la ronda en el área del muelle cuando, aproximadamente a las dos y veinte, oyó un disparo.

Se apresuró a hacer un registro de la zona y en cinco minutos encontró un taxi, al parecer abandonado, en East India Dock Wall Road. No había ningún rastro del caballo o del conductor, pero cuando el agente miró dentro del vehículo, encontró indicios de una violenta pelea.

El suelo y el asiento estaban inundados de sangre. El agente Torrance estimó que la cantidad de sangre encontrada equivalía a un litro y medio o más.

En un examen más minucioso del taxi se encontró un cuchillo, como los que usan los marineros, bajo uno de los asientos. La hoja estaba afiladísima, pero no tenía rastros de sangre.

El agente fue en busca de refuerzos y se realizó una búsqueda en las calles adyacentes, pero no se pudo descubrir nada más. En estos momentos el caso sigue siendo un misterio.

– Intentamos decírselo -dijo Sally-. ¿Verdad, Rosa?

– Se lo dijimos hasta cuatro veces y él no nos escuchaba. ¡Ni una palabra entraba en su mollera! Al final nos ordenó que nos fuéramos y dijo que le estábamos estorbando, que no le dejábamos hacer su trabajo.

– Se negó a creerlo.

– Es un «experto agente de reputación intachable» -dijo Frederick-. Al menos es lo que dice en el periódico. Creo que tenía todo el derecho del mundo de echaros de allí, no sé de qué os quejáis. ¿Verdad, Bedwell?

Estaban sentados alrededor de la mesa, en Burton Street. Habían pasado tres días; el reverendo Bedwell había venido de Oxford para saber qué había pasado y había aceptado quedarse a cenar con ellos. Rosa también estaba allí, porque la obra de teatro en la que actuaba se había cancelado: el productor había perdido la paciencia antes de recuperar la inversión inicial y entonces la chica se había quedado sin trabajo. Sally sabía que los ingresos que tenían en Burton Street se resentirían por ello, pero no dijo nada.

El reverendo Bedwell primero pensó antes de responder a la pregunta de Frederick:

– Me parece que hiciste bien en ir directamente a la policía -dijo él-. Era lo que debías hacer, sin lugar a dudas. Y se lo intentasteis decir… ¿cuántas…? ¿Cuatro veces?

Rosa asintió:

– Pensó que estábamos locas y que le hacíamos perder el tiempo.

– Entonces creo que hicisteis lo que debíais, y su respuesta nos demuestra que la justicia está ciega. El desenlace es justo; le disparaste en defensa propia, al final y al cabo, y es un derecho que todos tenemos. ¿Y no hay rastro del hombre?

– Nada -respondió Frederick-. Quizá haya encontrado el camino hacia el barco, o esté muerto, o rumbo a Oriente en este momento.

Bedwell asintió.

– Bien, señorita Lockhart, creo que ha hecho todo lo que tenía que hacer y que debería tener la conciencia tranquila.

Frederick dijo en voz baja:

– ¿Y la mía? Intenté matar a ese rufián de la señora Holland. De hecho, le dije que lo haría. ¿Eso es asesinato?

– Si la has querido matar en defensa de otra persona, tus acciones están justificadas. En cuanto a tus intenciones… eso, no puedo juzgarlo. Tendrás que vivir sabiendo que intentaste matar a un hombre. Pero yo mismo me peleé a puñetazo limpio con ese tipo y no me puedo juzgar con demasiada severidad.

La cara de Frederick estaba totalmente cubierta de moretones. Tenía la nariz rota y tres dientes menos; y le dolían tanto las manos que aún le costaba muchísimo coger cualquier cosa.

Sally, al verle así, se puso a llorar. Ahora se ponía a llorar por cualquier cosa.

– ¿Cómo se encuentra el jovenzuelo? -preguntó Bedwell.

– ¿Jim? Tiene un brazo roto, los ojos morados y una colección de moretones. Pero le tendrías que atacar con toda una caballería y un obús o dos para hacerle daño de verdad. Lo que más me preocupa es que ha perdido su trabajo.

– La empresa ha cerrado -dijo Sally-, Está en la ruina total. Hay un artículo sobre la empresa en el periódico de hoy.

– ¿Y la chiquilla?

– No se sabe nada -dijo Rosa-. Ni una palabra. Ni rastro. Hemos buscado por todas partes…, hemos ido a todos los orfanatos. Ha desaparecido.

No dijo lo que todos temían.

– Mi pobre hermano le tenía mucho cariño -dijo el clérigo-. Ella le mantenía vivo en ese horrible lugar… Bien, bien; debemos tener esperanza. Y en cuanto a usted, señorita Lockhart… bueno, ¿debería llamarla señorita Lockhart o señorita Marchbanks?

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