– ¿Hacia dónde vamos? -preguntó Sally con un hilo de voz.
– Al Muelle de las Indias Orientales-respondió el caballero-. Y entonces podrás irte o quedarte.
Su voz era suave y ronca. No se le distinguía ningún acento en particular, pero articulaba cada palabra detenidamente, como si intentara recordar su pronunciación exacta.
– No lo entiendo -dijo la chica.
Él sonrió.
Sally apenas podía ver su rostro, débilmente iluminado de forma intermitente por las luces de las lámparas de gas mientras el taxi recorría las calles. Era ancho y afable, pero sus ojos, brillando misteriosamente, la examinaban de pies a cabeza poco a poco. Sally sintió una sensación extraña, como si la estuviera tocando, y se encogió en su rincón y cerró los ojos.
El taxi dobló a la derecha por Commercial Road. El hombre encendió un puro y el vehículo se llenó de humo; la chica se estaba mareando y sintió ganas de vomitar.
– Por favor -dijo Sally-, ¿puedo abrir la ventana?
– Lo siento muchísimo -dijo el hombre-. ¡Qué poco considerado por mi parte!
Abrió la ventana y tiró el puro. Sally deslizó la mano dentro del bolso, en ese momento, pero él se volvió antes de que ella hubiese encontrado la pistola. Los dos permanecían en silencio. Sólo se oía el ruido de las ruedas en la calle y el repiqueteo de los cascos del caballo.
Pasaron algunos minutos. La chica miró por la ventana. Estaban atravesando la Cuenca de Limehouse, en el Canal de Regent, y vio los mástiles de los barcos y el resplandor del brasero de los vigilantes nocturnos. Luego continuaron hacia East India Dock Road.
En alguna parte, en la noche, no muy lejos de allí, estaba Madame Chang… ¿La hubiera ayudado si Sally la hubiese podido encontrar? Pero Sally nunca hubiera recordado cómo llegar hasta allí.
Su mano volvió a deslizarse muy lentamente dentro del bolso y esta vez encontró la pistola. Estaba muy preocupada, porque había estado lloviendo con mucha intensidad mientras iba al Puente de Londres, y el bolso estaba empapado. «Por favor, que la pólvora no se haya mojado…»
Transcurrieron aún diez minutos más en silencio y el taxi giró por una calle estrecha con una fábrica a un lado y un muro alto en el otro. La única luz que había provenía de una solitaria lámpara de gas, en la esquina de la calle. El taxi se apartó a un lado y se detuvo. Van Eeden se apoyó en la ventanilla y pagó al conductor. Sin decir ni una palabra, el conductor descendió y desenganchó el caballo. Sally sintió cómo el taxi se balanceaba mientras el conductor bajaba, oyó el tintineo de los arreos y una pequeña sacudida cuando dejaba los ejes en el suelo. Y luego oyó el suave repiqueteo de los cascos del caballo alejándose, doblando la esquina. Y entonces todo quedó en silencio de nuevo.
Sally había encontrado la pistola. Estaba apuntando hacia ella misma y, simulando que cambiaba de posición, dio la vuelta al bolso y la cogió por la empuñadura. Todo estaba tan húmedo…
– No tenemos más de media hora -dijo Van Eeden-. Hay un barco más allá del muro que va a zarpar cuando suba la marea. Puedes venir, viva, o puedes quedarte aquí, muerta.
– ¿Para qué me quiere, a mí?
– Oh, por supuesto -dijo él-. ¿Hace falta explicártelo? Ya no eres una niña.
Sally sintió frío.
– ¿Por qué mató a mi padre? -preguntó la chica.
– Porque se estaba inmiscuyendo en los negocios de mi sociedad.
– Las Siete Bendiciones.
– Exacto.
– Pero ¿cómo puede pertenecer a una sociedad secreta china? ¿No es usted holandés?
– Oh, sí, sólo en parte. El destino ha hecho que me parezca más a mi padre que a mi madre. Pero eso no importa. Mi madre era la hija de Ling Chi, que se ganaba la vida de una forma tradicional y respetable, llamémoslo «piratería». Me parece que fue lo más natural del mundo seguir el ejemplo de mi ilustre abuelo. Yo tenía todas las ventajas de una educación europea, así que obtuve un trabajo como agente de una empresa reconocida que se dedicaba al transporte de mercancías, y más tarde llegué a una serie de acuerdos beneficiosos para ambas partes
– ¿Ambas partes?
– La empresa de Lockhart & Selby y la sociedad Las Siete Bendiciones. El opio era el enlace. Tu padre se negó a aceptarlo; una política, a mi entender, con poca previsión y sin sentido, y eso le llevó a la muerte. No, a mí me satisfacía mucho el acuerdo al que había llegado, y me sentí muy contrariado cuando tu padre intentó arruinarlo todo.
– ¿Cuál era ese acuerdo? -preguntó Sally, intentando ganar tiempo. Su pulgar estaba sobre el percutor de la pistola; ¿podría secar la pólvora el calor de su mano? ¿Y el cañón? ¿Resistiría cuando disparara de verdad?
– El mejor opio -continuó Van Eeden- viene de la India, cultivado bajo la supervisión del Gobierno británico, y lleva un sello oficial, una especie de molde, para moldear la resina en tabletas reglamentarias con la aprobación y la bendición de Su Majestad. Todo muy civilizado. Pero esto exige que se venda con rapidez y a un precio elevado.
»Desgraciadamente, tu padre no quería meterse en ese negocio, así que yo ya no podía sacar ningún provecho de Lockhart & Selby.
»Así pues, bajo el nombre de Ah Ling, he interceptado barcos cargados de opio de la India. No se tarda más de una mañana en convencer a la tripulación de que colabore. Por la tarde se transfiere el cargamento a mi junco. Y durante una agradable noche, se hunde el barco y nos vamos.
– Y entonces Lockhart & Selby recogían el opio robado y lo vendían, supongo -dijo Sally-. Muy ingenioso. Buen trabajo.
– Demasiado obvio. Se hubiera descubierto tarde o temprano. No, ahora viene lo más bello de mi plan. Por un golpe de suerte, mi sociedad consiguió una de esas matrices tan valiosas del Gobierno británico. Así, con la ayuda del sello y una fábrica en Penang, junto con opio de baja calidad procedente de las colinas, transformaba un cargamento de una nave en tres o cuatro cargamentos, todos sellados, certificados y transportados por una compañía tan respetable como Lockhart & Selby.
– Lo adulteráis… ¿Y qué les pasa a los que fuman el opio?
– Mueren. Pero los que consumen nuestro opio, mueren más rápido, lo que es una bendición para ellos. Tu padre fue muy imprudente al decidir intervenir; me dio muchos quebraderos de cabeza. Estaba en Penang como Hendrick van Eeden; tuve que convertirme en Ah Ling y llegar a Singapur antes que tu padre… Sumamente difícil. Pero los dioses me han sido favorables. Todo está a punto de llegar a su fin.
Cogió el reloj del bolsillo de su chaleco.
– En el momento justo -dijo Van Eeden-. Y bien, señorita Lockhart, ¿se ha decidido ya? ¿Viene, o se queda?
Sally bajó la mirada y vio, horrorizada, el filo de un cuchillo sobre las piernas del hombre. Brillaba por la tenue luz que procedía del embarcadero que había detrás del muro. Su voz era suave y penetrante, como si hablara a través de un trozo de fieltro, y la chica notó que empezaba a temblar. «No, no, quieta, para de temblar», se dijo a sí misma. Pero esta vez no se trataba de un blanco en la pared, sino de un hombre, y el disparo le mataría…
Hizo retroceder el percutor con el pulgar. Se oyó un suave die imperceptible.
Van Eeden se inclinó hacia ella y acarició su mano brevemente. Ella la apartó, pero él fue más rápido: le tapó la boca con una mano, mientras con la otra le ponía el cuchillo sobre el pecho. La mano que tenía en la boca, perfumada, le provocó náuseas, empujó el bolso y lo situó entre ellos dos, apuntando a unos pocos centímetros del tórax del hombre. Sally oía su respiración. Estaba mareada del miedo que tenía.
– ¿Y bien? -dijo él con suavidad.
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