Philip Pullman - La maldición del rubí

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La maldición del rubí es el primer número de Sally en donde se nos presenta a una chica de 16 educada para ser una mujer independiente, en un siglo donde la mujer no lo era tanto. Sus conocimientos en economía, finanzas e inversiones igualan y superan a los mejores en su tiempo, como lo fué su padre.
En fin. Sally no será lo mejor del mundo, sin embargo logra conjugar aventuras infantiles y una trama un tanto detectivesca.

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– No, no es todo. ¿Qué dijo la esposa de Lockhart?

– ¿Esposa? Él nunca tuvo esposa. Estaba soltero.

Así, la madre de Sally desapareció del mapa de repente. Borrada de un solo golpe; y era el peor golpe de todos, darse cuenta de que esa maravillosa mujer nunca había existido. Sally dijo con voz temblorosa:

– Pero tengo una cicatriz en el brazo. Una bala…

– No fue una bala: fue un cuchillo. El mismo cuchillo que mató al Maharajá, que su alma se pudra. Te iban a matar, sólo que los interrumpieron.

Sally se sintió débil.

– Venga, siga -dijo ella-. ¿Y usted? ¿Cómo entra usted en la historia? No olvide que sé una parte de la historia y, si no me dice la verdad…

Sally tironeó ligeramente la punta de su pañuelo. Era mentira: no tenía ni idea de cómo la señora Holland estaba implicada en la historia, pero observando el sobresalto de la vieja mujer cuando vio que acercaba la mano al rubí, Sally supo que conseguiría saber la verdad.

– A través de mi marido -dijo con voz ronca-. Horatio. Era soldado del Regimiento y se enteró de algo.

– ¿Cómo? -preguntó Sally, y empujó la piedra más hacia el borde del parapeto.

– Estaba allí abajo -dijo la señora Holland rápidamente, retorciéndose las manos con ansiedad-. Lo vio y se enteró de todo. Y después volvió a casa…

– Lo chantajeaba. Al comandante Marchbanks, mi verdadero padre. Le robó todo, ¿verdad?

– Él estaba avergonzado. Avergonzado, con una profunda amargura en su interior. Y no quería que nadie se enterara de lo que había hecho. ¡Vender a su propia hija por una joya! Algo espantoso.

– ¿Por qué odiaba a mi… al capitán Lockhart? ¿Qué es lo que le había hecho? ¿Por qué me quiere matar a mí?

La señora Holland apartó de golpe los ojos del rubí. ;

– Rebajó a mi Horatio a soldado raso -dijo ella-. Era sargento. Yo estaba orgullosa de eso. Convertirse en soldado raso de nuevo… fue una crueldad.

Su voz vibraba con un tono que mostraba injusticia.

– ¿Y por qué dice que el rubí es suyo? Si el Maharajá se lo dio al capitán Lockhart y él se lo dio al comandante Marchbanks, ¿qué derecho tiene usted sobre el rubí?

– El rubí me pertenece con más derecho que a todos vosotros. Me lo había prometido él mismo veinte años antes, el muy bastardo mentiroso. Me lo prometió.

– ¿Quién? ¿Mi padre?

– No… ¡el Maharajá!

– ¿Qué? ¿Por qué? ¿Para qué?

– Se había enamorado de mí.

Sally se echó a reír. La idea era absurda; la vieja mujer se lo estaba inventando todo. Pero la señora Holland agitó el puño con furia y dijo como silbando:

– ¡Es verdad! Y Dios sabe que he hecho un trato contigo, señorita: la verdad a cambio del rubí, y ésta es la pura verdad ante Dios. Ahora me ves vieja y fea, pero veinte años antes del Motín, antes de casarme, era la chica más hermosa de todo el norte de la India. La bella Molly Edwards, me solían llamar. Mi padre era herrero de la compañía en Agrapur, un humilde trabajador civil, pero todos le venían a presentar sus respetos, los oficiales, y me echaban miraditas, y no sólo los oficiales lo hacían. El mismo Maharajá se enamoró de mí, maldito sea. ¿Sabes lo que quería?… Estaba completamente enamorado de mí, y yo le decía que no sacudiendo la cabeza, una cabeza llena de rizos negros… Tú piensas que eres guapa; pero comparada con lo hermosa que yo era antes, sólo eres una triste sombra de lo que fui. Tú no eres nada de nada. Nunca podrías compararte conmigo. Bueno, el Maharajá me prometió el rubí, así que cedí a sus deseos. Y a cambio, después él se rió y me echó de palacio; y nunca volví a ver el rubí hasta aquella noche en los sótanos de la Residencia…

– ¡Entonces fue usted quien lo vio todo! ¡Y no su marido!

– ¿Y qué más da ahora? Sí, lo vi todo. Más que eso: dejé entrar a los hombres que le mataron. Y entonces me reí yo, mientras él moría…

Sonrió mientras recordaba esa escena. Sally no podía ver nada de la belleza que esa mujer aseguraba haber tenido. No había quedado absolutamente nada…, nada más que crueldad y vejez. Y a pesar de todo Sally la creyó, y sintió pena…, hasta que recordó al comandante Marchbanks y su extraña y tímida amabilidad el día que se conocieron, la forma en que la había mirado… Era su hija… No, no sintió pena.

Sally cogió el rubí.

– ¿Es toda la verdad?

– Todo lo que importa. Dámelo…, es mío. Mío antes que tuyo, antes que de tu padre, antes de que fuera de Lockhart. Fui comprada por esa piedra, como tú. Las dos, compradas por un rubí… Ahora dámelo.

– Yo no lo quiero -dijo Sally-. Sólo nos ha traído muerte y desgracias. Mi padre quería que yo lo tuviera y no usted, pero yo no lo quiero. Se lo doy. Y si lo quiere -la chica alzó el brazo-, vaya a buscarlo.

Y lo lanzó por encima del parapeto. La señora Holland se quedó petrificada como una estatua.

Las dos oyeron el débil sonido, allá abajo, de la piedra chocando contra el agua; y entonces la señora Holland se volvió como loca.

Primero rió y sacudió la cabeza como una niña pequeña mientras se acariciaba el pelo con satisfacción, como si en lugar de un sombrero roñoso y viejo tuviera una cabellera preciosa de rizos brillantes y obscuros. Entonces dijo:

– Mi belleza. Mi bonita Molly. Tendrás un rubí por tus bellos brazos, por tus ojos azules, por tus rojos labios…

Entonces la dentadura postiza se le cayó. La vieja no se dio cuenta, pero sus palabras ahora eran incomprensibles. Y el sombrero se le ladeó, tapándole la mitad de la cara. Apartó a Sally de un golpe y, como pudo, se subió al parapeto. Se tambaleó por unos instantes. Sally, horrorizada, tendió la mano, pero sólo agarró el aire mientras la mujer se precipitaba al vacío.

Cayó sin gritar. Sally se tapó los oídos con las manos; pero más que oír el impacto, lo sintió en su interior.

La señora Holland estaba muerta.

Sally cayó de rodillas y empezó a llorar.

En el extremo norte del puente, el conductor de un taxi dio un golpecito al caballo con el látigo, sacudió las riendas y el vehículo empezó a moverse.

Se acercó a paso tranquilo a lo largo de la calzada y se paró al lado de Sally. Aún estaba llorando; levantó la mirada, pero sus ojos estaban cegados por la neblina de sus lágrimas. El rostro del conductor estaba escondido; el pasajero, si es que había alguno, no se veía.

Se abrió la puerta. Una mano se apoyó en el tirador, una gran mano morena con pelos rubios en el dorso y en los nudillos. Una voz que nunca antes había oído le dijo:

– Por favor entre en el carruaje, señorita Lockhart. Tenemos que hablar.

Se levantó, muda, pero aún con algunos sollozos, que le salían de forma automática: se había quedado absolutamente estupefacta.

– ¿Quién es usted? -logró preguntar la chica.

– Tengo muchos nombres. Hace poco visité Oxford bajo el nombre de Eliot. El otro día tuve una cita con el señor Selby, y el nombre que utilicé fue Todd. En Oriente a veces me conocen como Ah Ling; pero mi verdadero nombre es Hendrik van Eeden. Entre en el taxi, señorita Lockhart.

No tenía otra opción y la chica obedeció. Él cerró la puerta y el taxi se puso en marcha.

El Muelle de las Indias Orientales

Sally tenía bien sujeto el bolso sobre sus piernas. Dentro, cargada, llevaba la pistola que había comprado para el enemigo invisible. Y aquí estaba… Notó que el carruaje giraba a la derecha, dejaba el puente y se desplazaba hasta el Lower Thames Street, hacia la Torre. Se sentó temblando en un rincón, casi sin poder respirar, aterrorizada.

El hombre no le dijo nada, permaneció quieto. Podía sentir que sus ojos se clavaban sobre ella y se le ponía la piel de gallina. El coche giró a la izquierda y se desplazó a través de un laberinto de callejones, poco iluminados.

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