Philip Pullman - La maldición del rubí

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La maldición del rubí: краткое содержание, описание и аннотация

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La maldición del rubí es el primer número de Sally en donde se nos presenta a una chica de 16 educada para ser una mujer independiente, en un siglo donde la mujer no lo era tanto. Sus conocimientos en economía, finanzas e inversiones igualan y superan a los mejores en su tiempo, como lo fué su padre.
En fin. Sally no será lo mejor del mundo, sin embargo logra conjugar aventuras infantiles y una trama un tanto detectivesca.

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– ¿Qué sucede? -dijo él.

– ¡Estúpido! ¡Maldito idiota! ¡Es usted un auténtico inepto! ¡Ha perdido la página más importante de todo el maldito diario!

– Pensaba que había dicho que conocía su contenido de memoria, señora.

Le lanzó el diario de malas maneras.

– Lea esto, si puede. ¡Léalo!

La señora hincó un dedo, calloso y arrugado, en el último párrafo del manuscrito. Él lo leyó en voz alta:

– «Por tanto, he sacado el rubí del banco. Es la única oportunidad que me queda de redimirme y salvar algo de mi desastrosa vida. El testamento que hice, siguiendo las instrucciones de esa mujer, ha quedado invalidado; su abogado no consiguió encontrar ninguna solución a lo que ya estaba firmado. Moriré sin testamento. Pero quiero que tengas la piedra. La he escondido y, para asegurarme aún más, ocultaré el lugar exacto mediante un mensaje en clave. Está en…»

Ya no había nada más. Él la miró.

– Sí, señor Hopkins -dijo ella con una sonrisa-. ¿Se da cuenta de lo que ha hecho? Él se encogió de miedo.

– No estaba en el diario, señora -dijo él-. ¡Se lo juro!

– He dicho algo acerca de un accidente, ¿verdad? El hombre tragó saliva.

– Bien, como he dicho antes, yo…

– Sí, hombre, sí, usted se encargará de que tenga un pequeño accidente. Lo hará muy bien, señor Hopkins. Una simple mirada al periódico de mañana y hará lo que yo quiera.

– ¿Qué quiere decir?

– Espere y lo verá -dijo ella-. Va a conseguir el trozo de papel, señor Hopkins, lo tiene que tener ella en alguna parte, y entonces la eliminará.

– No puedo hacerlo -respondió con tristeza.

– Por supuesto que lo va a hacer, señor Hopkins. No le quepa la menor duda.

Consecuencias financieras

Hopkins no tardó mucho en encontrar el artículo en el periódico. Parecía que la noticia fuera a abalanzarse sobre él, con las sirenas, los silbatos de los policías y el ruido metálico de unas esposas.

MUERTE MISTERIOSA DE UN COMANDANTE RETIRADO

EL AMA DE LLAVES ASEGURA HABER VISTO A UN HOMBRE CON UN TRAJE A CUADROS, UN SUPERVIVIENTE DEL MOTÍN

La policía de Kent ha sido avisada esta mañana de la misteriosa muerte del comandante George Marchbanks, en Foreland House, Swaleness.

Su ama de llaves, la señora Thorpe, descubrió el cuerpo en la biblioteca de su vivienda, una casa aislada situada en las afueras del pueblo. Al parecer, le dispararon. Se ha encontrado una pistola descargada en los alrededores.

El comandante estaba retirado y el ama de llaves era la única sirvienta que tenía. Según la declaración realizada por el comisario Hewitt, del cuerpo de policía de Kent, se está siguiendo la pista de un hombre que lleva un traje a cuadros, un bombín y un alfiler de diamantes en la corbata. Dicho hombre visitó al comandante Marchbanks la mañana en que murió, por lo que se cree que debió de producirse una violenta discusión entre ellos.

El comandante Marchbanks era viudo y sin familia. Sirvió en la India durante muchos años…

Hopkins estaba ciego de ira y tuvo que sentarse para tranquilizarse y recuperar el aliento.

– Vieja bruja -murmuró-. Eres una mala pécora. Lo tenías todo calculado… ¡maldita perra! Te…

Pero estaba atrapado, y lo sabía. Si no hacía lo que ella quería, la señora Holland inventaría alguna prueba irrefutable que le enviaría directamente a la horca por un asesinato que él no había cometido. Empezó a respirar con cierta dificultad y fue inmediatamente a cambiarse de ropa; se puso un traje nuevo, azul obscuro, mientras se preguntaba a qué clase de juego estaba jugando la señora Holland. Si no había dudado en recurrir al asesinato, lo que buscaba debía de tener un valor incalculable.

La sirvienta de la señora Rees, Ellen, odiaba a Sally, y no sabía por qué. Seguramente debía de ser por envidia y despecho, y se sentía tan mal por tanta concentración de sentimientos negativos en su interior que, cuando encontraba una excusa para poder mostrar su antipatía, la aprovechaba sin pensarlo dos veces.

Hopkins le proporcionó esa excusa. La señora Holland había conseguido sonsacar a uno de los empleados del abogado la dirección de Sally y la refinada educación de Hopkins habían hecho el resto. Se presentó a Ellen como un inspector de policía y le dijo que Sally era una ladrona que había robado unas cartas, que era un asunto especialmente delicado, que el más mínimo escándalo en una familia tan bien considerada…, la más noble de la zona, etcétera. Todo eso, por supuesto, no tenía ningún sentido, pero era el tipo de cosas que llenaban las páginas de las revistas que Ellen leía, y mordió el anzuelo al instante.

Su conversación tuvo lugar al pie de la escalera. Pronto la convenció de que su deber con ella misma, con su señora y su país la obligaba a dejar entrar en secreto a Hopkins en la casa, cuando todo el mundo se hubiera ido a dormir. Así pues, hacia la medianoche, la sirvienta abrió la puerta de la cocina, y Hopkins, alentado por algunas copas de coñac, se encontró subiendo las escaleras hacia la habitación de Sally. Tenía ya experiencia en este tipo de asuntos, aunque él prefería robar carteras, un juego limpio y de hombres. Se movió muy sigilosamente. Hizo señas a la sirvienta para que se fuera a la cama y le dejara continuar con su trabajo, y esperó en el rellano hasta que estuvo seguro de que Sally estaba dormida. Una petaca de plata le acompañaba; bebió un par de largos tragos para tranquilizarse, antes de decidir que había llegado el momento de actuar.

Hizo girar el pomo de la puerta y la abrió, pero no demasiado, sobre todo porque Ellen le había dicho que chirriaba. La luz de la farola de gas que había en la calle se filtraba a través de las finas cortinas y dejaba ver casi toda la habitación. Se quedó bastante quieto durante dos minutos más, orientándose y fijándose especialmente en el suelo; no había nada peor que tropezar con un pliegue de la alfombra o una prenda de ropa que se le hubiese caído a Sally por despiste.

Lo único que se oía en la habitación era la respiración de Sally. De vez en cuando, también el traqueteo de algún taxi en la calle, pero nada más.

Entonces empezó a moverse. Sabía dónde guardaba sus papeles; Ellen había sido muy precisa con sus detalles. Hopkins vació el bolso de Sally encima de la alfombra; pesaba más de lo que esperaba. Y entonces encontró la pistola.

Primero la miró boquiabierto, pensando que había entrado en una habitación equivocada. Pero allí estaba Sally, durmiendo a tan sólo unos metros… Cogió el arma y la observó detenidamente.

– Qué preciosidad -musitó-. Ahora eres mía.

Se la metió en el bolsillo, como todos los papeles que encontró. Se levantó y miró a su alrededor. ¿Y ahora qué? ¿Tendría que registrar todos los cajones? Quizá estaban llenos de papeles… ¿Qué se suponía que debía hacer, entonces? Al fin y al cabo, de todas las malditas y estúpidas cosas que se le podían pedir que robara a un hombre, un trozo de un maldito papel ya era el colmo de los colmos. Y ahora la pistola, aunque ésta sí que valía la pena tenerla.

No iba a matar a Sally por todo eso. La miró. «Una chica hermosa -pensó-; sólo una chiquilla. Será una pena cuando la señora Holland la atrape. Ya se ocupará ella de simular sus propios accidentes; yo no voy a seguir más su juego.»

Se fue tan silenciosamente como había entrado y ni un alma le oyó salir.

Pero no fue muy lejos. Al doblar una esquina, dentro del obscuro laberinto de calles detrás de Holborn, un brazo rodeó su cuello, una patada le tiró al suelo y un fortísimo rodillazo se le incrustó en su barriga. Todo sucedió en un instante; el cuchillo que se clavaba entre sus costillas era frío, muy frío, y le heló el corazón de golpe; sólo tuvo tiempo de pensar: «No, en el desagüe, no, mi abrigo nuevo, el barro…».

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