Philip Pullman - La maldición del rubí

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La maldición del rubí es el primer número de Sally en donde se nos presenta a una chica de 16 educada para ser una mujer independiente, en un siglo donde la mujer no lo era tanto. Sus conocimientos en economía, finanzas e inversiones igualan y superan a los mejores en su tiempo, como lo fué su padre.
En fin. Sally no será lo mejor del mundo, sin embargo logra conjugar aventuras infantiles y una trama un tanto detectivesca.

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– Intenta recordar algo por mí, ¿lo harás?

– Sí, señor.

– Un hombre llamado Lockhart… me pidió que encontrara a su hija. Una chica llamada Sally. Tengo un mensaje para ella. Es muy importante… ¿Podrías buscarla?

– No lo sé, señor.

– Londres es una gran ciudad. Quizá no podrías…

– Lo puedo intentar, señor.

– Buena chica. Oh, Dios mío, ¿qué estoy haciendo? -prosiguió sintiendo su impotencia-. Mírame… Débil como un bebé… ¿Qué diría mi hermano?

Ahora ya casi no había luz; Adelaide parecía una madre velando a su hijo enfermo, vista a través de las distorsiones provocadas por el humo del opio. Se acercó a él y le enjugó el sudor de la cara con las sábanas sucias, y Bedwell le cogió la mano como muestra de agradecimiento.

– Un buen hombre… -musitó-, mi hermano gemelo. Somos idénticos. El mismo cuerpo, aunque su alma está limpia, Adelaide, mientras que la mía es toda corrupción y obscuridad. Es un sacerdote anglicano. Nicholas, el reverendo Nicholas Bedwell… ¿Tienes hermanos?

– No, señor. Ninguno.

– ¿Está viva tu madre? ¿Tu padre, quizá?

– No tengo madre. Pero tengo padre. Es sargento del Ejército.

Era mentira. Nadie sabía quién era el padre de Adelaide, ni siquiera su madre, que también había desaparecido quince días después de su nacimiento; pero Adelaide se había inventado un padre, y se había creado la imagen de que era el más maravilloso y galante de los hombres que jamás había visto en su desgraciada vida.

En una ocasión, uno de esos hombres arrogantes, que llevaba una gorra graciosa ladeada y tenía un vaso en la mano, le guiñó el ojo mientras estaba con unos compañeros en la entrada de un pub y se rió escandalosamente de algún chiste grosero. Ella no había oído el chiste. Lo único que retuvo su mente fue la imagen de un hombre, de esplendor heroico, apareciendo súbitamente en su obscura e insignificante vida como un rayo de sol. Ese guiño ya había sido suficiente para inventarse un padre.

– Buena gente -murmuró Bedwell-. Un buen grupo de gente.

Sus ojos se cerraron.

– Debería dormir, señor -susurró Adelaide.

– No se lo digas, Adelaide. No le digas nada de lo que te he contado. Es una mujer malvada.

– Sí, señor…

Y entonces, de nuevo empezó a delirar y la habitación se llenó de fantasmas y demonios chinos, y visiones de torturas y éxtasis envenenados, y abismos que se abrían angustiosamente bajo sus pies. Adelaide permaneció a su lado, cogiéndole la mano, y se puso a pensar.

Mensajes

Desde la muerte de Higgs, la vida en la oficina se había vuelto aburrida. Las rencillas entre el conserje y Jim, el chico de los recados, se habían diluido; el conserje ya no tenía más escondites y el muchacho ya no tenía más revistas baratas. Jim no tenía nada mejor que hacer esa tarde, de hecho, que lanzar trocitos de papel con una goma elástica al retrato de la reina Victoria, que estaba encima de la chimenea, en conserjería.

Adelaide llegó y dio un golpecito en el cristal, pero Jim al principio no se dio cuenta. Estaba enfrascado intentando mejorar su puntería. El viejo conserje abrió la ventanilla y le dijo:

– ¿Sí? ¿Qué quieres?

– ¿Está la señorita Lockhart? -susurró Adelaide.

Jim aguzó el oído y la miró.

– ¿La señorita Lockhart? -dijo el conserje-. ¿Estás segura?

Ella asintió.

– ¿Por qué la buscas? -dijo Jim.

– ¡Y a ti qué te importa, energúmeno! -dijo el anciano.

Jim lanzó una bolita de papel a la cabeza del conserje luego esquivó el cachete que éste pretendía propinarle como respuesta.

– Si tienes un mensaje para la señorita Lockhart, yo se lo haré llegar -dijo el chico-. Ven aquí un momento.

Llevó a Adelaide al pie de la escalera, fuera del alcance del oído del conserje.

– ¿Cómo te llamas? -le preguntó.

– Adelaide.

– ¿Por qué buscas a la señorita Lockhart?

– No lo sé.

– Vale, ¿quién te envía?

– Un señor.

Se agachó hacia ella, muy cerca, para escuchar lo que le iba decir, y percibió el aroma de la Pensión Holland en su ropa, y en ella, que iba muy sucia. Pero no era quisquilloso y se había acordado de algo importante.

– ¿Has oído alguna vez hablar -dijo él- de algo llamado Las Siete Bendiciones?

En las últimas dos semanas se lo había preguntado a varias personas, excepto a Selby; y siempre había obtenido la misma respuesta: no, no lo habían oído.

Pero ella sí. Estaba asustada. Pareció encogerse dentro de su raída capa y sus ojos se tornaron más obscuros que nunca.

– ¿Sabes algo? -susurró ella.

– Tú sí, ¿verdad?

Ella asintió.

– Bueno, ¿qué es? -prosiguió el chico-. Es importante.

– No lo sé.

– ¿Dónde has oído hablar de eso?

Torció la boca y apartó la mirada. Dos empleados salieron de sus despachos en la parte superior de las escaleras y los vieron.

– ¡Eh! -dijo uno de ellos-. Mira cómo liga Jimmy.

– ¿Quién es tu amorcito, Jim? -dijo el otro.

Jim miró hacia arriba y disparó tal ráfaga de insultos y palabrotas que habría hundido incluso a un acorazado. El chico no respetaba a los oficinistas; eran una clase de gente muy baja y vulgar.

– Cor, escucha eso -dijo el primer empleado, mientras Jim retomaba el aliento-. ¡Qué elocuencia!

– Esa forma de expresarse es lo que más admiro -añadió el otro-. ¡Le pone una pasión tan inhumana!

– Inhumano, tú lo has dicho -dijo el primero.

– Cállate la boca, Skidmore, y ocúpate de tus asuntos -dijo Jim-. No puedo perder el tiempo escuchándoos. ¡Ejem! -carraspeó, dirigiéndose a Adelaide-, vayamos fuera.

Ante los silbidos e insultos crecientes de los dos oficinistas, cogió la mano de Adelaide y tiró de ella violentamente mientras atravesaban el pasillo, hasta que salieron a la calle.

– No les hagas caso -dijo Jim-. Oye, me tienes que contar lo de Las Siete Bendiciones. Un hombre murió aquí dentro por eso.

Jim le contó lo que había sucedido. Ella no alzó la mirada, pero sus ojos se abrieron, sorprendidos.

– Tengo que encontrar a la señorita Lockhart, porque él me lo dijo -dijo ella cuando el chico había acabado-. Pero no le tengo que contar nada a la señora Holland; si no, me matará.

– Cuéntame qué diantres te dijo, ¡venga! Ella se lo contó, vacilante, poco a poco, ya que no tenía la fluidez verbal de Jim y, como no estaba acostumbrada a que la escucharan, no sabía el tono de voz que debía usar. Jim le tuvo que pedir varias veces que le repitiera lo que decía.

– De acuerdo -dijo al fin-. Iré a buscar a la señorita Lockhart y así podrás hablar con ella. ¿Vale?

– No puedo -dijo ella-. No puedo salir nunca. Sólo cuando la señora Holland me manda a buscar algo.

– ¡No digas tonterías! Quizá tengas que volver a salir…

– No puedo -dijo la niña-. Mató a la última chica que tuvo. Le arrancó todos los huesos. Me lo dijo.

– Bueno, y entonces ¿cómo vas a encontrar a la señorita Lockhart?

– No lo sé.

– ¡Maldita sea! A ver… Pasaré por Wapping por las noches cuando vuelva a casa; nos encontraremos en algún sitio y entonces me cuentas lo que sepas. ¿Dónde quedamos?

– Junto a las Escaleras Viejas -contestó ella.

– Vale. Al lado de las Escaleras Viejas, todas las noches, a las seis y media.

– Me tengo que ir ya -dijo ella.

– No te olvides -insistió el chico-. A la seis y media.

Pero Adelaide ya se había ido.

J 3, Fortune Buildings

Chandler 's Row

Clerkenwell

Viernes, 25 de octubre de 1872

Señorita S. Lockhart 9, Peveril Square Islington

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