Robert Heinlein - Viernes

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Viernes: краткое содержание, описание и аннотация

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Viernes es su nombre. Es una mujer. Y es un mensajero secreto. Está empleada por un hombre al que únicamente conoce como "Jefe". Operando desde y a través de una Tierra de un futuro próximo, en la cual Norteamérica ha sido balcanizada en docenas de estados independientes, en donde la cultura ha sido extrañamente vulgarizada y el caos es la norma feliz, se enfrenta a una sorprendente misión que la hace ir de un lado para otro bajo unas órdenes aparentemente absurdas. De Nueva Zelanda al Canadá, de uno a otro de los nuevos estados desunidos de América, mantiene ingeniosamente su equilibrio con rápidas y expeditivas soluciones, de una calamidad y embrollo a otro. Desesperada por la identidad y las relaciones humanas, nunca está segura si se halla un paso por delante, o un paso por detrás, del definitivo destino de la raza humana. Porque Viernes es una Persona Artificial… la mayor gloria de la ingeniería genética.
Una de las mejores obras de Heinlein, lo cual es lo mismo que decir una de las mejores de toda la ciencia ficción…

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— Jefe, las leyes para hacer retroceder una marea nunca funcionan; eso es lo que dijo el Rey Canuto. Seguro que conoces eso.

— Quería asegurarme de que lo conocías tú.

— Pensaba que me estabas insultando. Encontré algo bueno. En la Confederación de California va contra la ley negarle un crédito a una persona únicamente porque esta persona haya ido a la quiebra. El crédito es un derecho civil.

— Supongo que eso tampoco funciona, pero ¿qué forma toman los incumplimientos?

— Aún no lo he investigado, Jefe. Pero pienso que cualquiera que intente aprovecharse de ello se verá en desventaja intentando sobornar a un juez. Quiero mencionar uno de los síntomas obvios: la violencia. Asaltos callejeros. Francotiradores. Pirómanos. Bombas.

Terrorismo de cualquier clase. Disturbios, por supuesto… pero sospecho que los pequeños incidentes de violencia, picoteando a la gente día tras día, daban a una cultura incluso más que los disturbios que surgen de pronto y se apagan en seguida. Creo que eso es todo por ahora. Oh, reclutamientos y esclavismo y las compulsiones arbitrarias de todo tipo y la prisión sin fianza y sin un juicio rápido… pero esas cosas son obvias; todas las historias las listan.

— Viernes, creo que has olvidado el síntoma más alarmante de todos.

— ¿De veras? ¿Vas a decírmelo? ¿O debo tantear en la oscuridad buscándolo?

— Hummm. Esta vez te lo diré. Pero luego búscalo. Examínalo. Las culturas enfermas muestran un complejo de síntomas tales como los que has nombrado… pero una cultura agonizante exhibe invariablemente una rudeza personal. Malos modales. Falta de consideración hacia los demás en asuntos sin importancia. Una pérdida de educación, de modales gentiles, es más significativo que un disturbio.

— ¿Realmente?

— Uf. Hubiera debido obligarte a descubrirlo por ti misma; entonces te hubieras dado cuenta. Este síntoma es especialmente serio en tanto que ningún individuo piensa nunca en él como una señal de mala salud sino como prueba de su fuerza. Míralo. Estúdialo.

Viernes, es demasiado tarde para salvar a esta cultura… esta cultura mundial, no sólo el fenómeno que tenemos aquí en California. Por consiguiente debemos empezar a preparar ya los monasterios para la próxima Edad Oscura. Las grabaciones electrónicas son demasiado frágiles; debemos tener de nuevo libros, hechos con tinta estable y papel resistente. Pero puede que eso no sea suficiente. La reserva para el próximo renacimiento puede que tenga que venir de más allá del cielo. — El Jefe se detuvo, respirando pesadamente —. Viernes…

— ¿Sí, señor?

— Memoriza este nombre y dirección. — Sus manos avanzaron hacia su consola; la respuesta apareció en su pantalla. Lo memoricé.

— ¿Lo tienes?

— Sí, señor.

— ¿Debo repetirlo para comprobación?

— No, señor.

— ¿Estás segura?

— Repítelo si quieres.

— Hummm. Viernes, ¿serás tan amable de prepararme una taza de té antes de irte? Mis manos no están muy firmes hoy.

— Encantada, señor.

24

Ni Rubia ni Anna aparecieron al día siguiente para el desayuno. Comí sola, y en consecuencia rápidamente; me demoraba con la comida tan sólo cuando la compartía con alguien. Por eso estaba ya levantándome, una vez hube terminado, cuando la voz de Anna brotó por el sistema de altavoces:

— Atención, por favor. Tengo el triste deber de anunciar que durante esta noche nuestro Presidente ha muerto. Cumpliendo con su voluntad, no habrá ningún servicio funerario. El cuerpo ha sido incinerado. A las nueve horas, en la sala de conferencias grande, habrá una reunión para liquidar los asuntos de la compañía. Se ruega que todo el mundo asista y sea puntual.

Pasé el tiempo hasta las nueve llorando. ¿Por qué? Sintiendo pena por mí misma, supongo. Estoy segura de que eso es lo que pensaría el Jefe. No sentiría pena por sí mismo, no sentiría pena por mí, y me regañaría más que nunca por mis sentimientos. La compasión por uno mismo, diría, es el más desmoralizador de todos los vicios.

No importaba, yo sentía pena por mí misma. Yo siempre había reñido con él, incluso mucho antes de que rompiera mi contrato e hiciera de mí una Persona Libre después de que yo me escapara de él. Me encontré lamentando cada vez que le había respondido mal, había sido desvergonzada, le había llamado cosas feas.

Luego me recordé a mi misma que el Jefe no me hubiera apreciado en absoluto si yo hubiera sido un gusano, siempre obediente, sin opiniones propias. Él tenía que ser lo que era y yo tenía que ser lo que era y habíamos vivido durante años en una íntima asociación que nunca, ni una sola vez, había implicado el contacto de nuestras manos. Para Viernes, eso es un récord. Uno que no estoy interesada en superar.

Me pregunté si había llegado a saber alguna vez, hacía años, cuando acudí por primera vez a trabajar para él, lo rápido que me hubiera sentado en su regazo si él me hubiera invitado a ello. Probablemente sí que lo sabía. Como sabía que, aunque yo nunca había llegado a tocar su mano, él era el único padre que había tenido nunca.

La gran sala de conferencias estaba realmente atestada. Nunca había visto ni la mitad de tanta gente en las comidas, y algunos de los rostros me eran completamente desconocidos. Llegué a la conclusión de que algunos habrían sido llamados de fuera y habían podido llegar rápidamente. En una mesa en la parte delantera de la habitación, Anna estaba sentada con una completa desconocida. Anna tenía junto a sí un montón de hojas de papel, una formidable terminal de computadora, y utensilios de oficina. La desconocida era una mujer de aproximadamente la misma edad que Anna pero con la severa mirada de una maestra de escuela en vez de la calidez de Anna.

A las nueve y dos segundos la desconocida golpeó fuertemente sobre la mesa.

— ¡Silencio, por favor! Soy Rhoda Wainwright, Vicepresidente Ejecutivo de esta compañía y Consejero Jefe del difunto doctor Baldwin. Como tal soy ahora Presidente pro tem y liquidadora de todos nuestros asuntos. Cada uno de ustedes sabe que estaba ligado a esta compañía a través de un contrato personal con el doctor Baldwin…

¿Había firmado yo alguna vez un tal contrato? Me sentía absorta por lo de «el difunto doctor Baldwin». ¿Era ese realmente el nombre del Jefe? ¿Cómo era que este nombre era idéntico al de mi más común nom de guerre? ¿Lo había elegido él? Hacía tanto tiempo de eso.

— …por lo que todos ustedes son a partir de ahora agentes libres. Somos un equipo de élite, y el doctor Baldwin anticipó que cualquier compañía libre de Norteamérica estaría dispuesta a reclutarnos para sus filas en el momento mismo en que su muerte nos dejara libres. Hay agentes reclutadores en cada una de las salas de conferencias pequeñas y en el salón. A medida que vayan siendo llamados sus nombres, por favor vengan hasta aquí para recibir su paquete correspondiente y firmar por él. Luego examínenlo inmediatamente pero no, repito no, se queden delante de esta mesa e intenten discutirlo.

Para discutirlo deberán aguardar hasta que todos los demás hayan recibido su paquete.

Por favor, recuerden que he permanecido en vela toda la noche…

¿Contratarme en alguna otra compañía libre inmediatamente? ¿Debía hacerlo?

¿Estaba sin un céntimo? Probablemente, excepto lo que quedara de aquellos doscientos mil oseznos que había ganado en aquella estúpida lotería… y probablemente la mayor parte de esa suma se la debía a Janet de su tarjeta Visa. Veamos, había ganado 230,4 gramos de oro fino, depositados en la MasterCard como 200,00 oseznos pero acreditados como oro al cambio del día. Había retirado treinta y seis gramos en efectivo y… pero debía contar también mi otra cuenta, la del Banco Imperial de Saint Louis. Y el dinero en efectivo y la tarjeta de crédito Visa que le debía a Janet. Y Georges debía dejarme pagar la mitad de…

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