Encontramos un lugar desocupado en uno de los bancos y los extendimos. De inmediato mi entusiasmo se enfrió, porque Sir William —a pesar de todo su genio inventor— no había sido un hombre muy metódico. Apenas había una hoja que tuviera sentido a primera vista, ya que había multitud de correcciones, borraduras y dibujos al margen, y en la mayoría de las hojas los dibujos originales habían sido corregidos trazando sobre ellos las modificaciones.
Mr. Wells conservaba su tono optimista de la noche anterior, pero sentí que había perdido algo de su confianza previa.
Amelia dijo:
—Evidentemente, antes de comenzar a trabajar tenemos que asegurarnos de que disponemos de todos los materiales necesarios.
Al observar a mi alrededor la suciedad y el caos que reinaba en el laboratorio, vi que, a pesar de que había muchos componentes eléctricos y varillas y barras de metal desparramados —como también trozos de la sustancia cristalina dispersos por todo el lugar— se necesitaría una prolija búsqueda para determinar si teníamos suficiente material para construir una máquina completa.
Mr. Wells había acercado algunos de los planos más a la luz del sol y los examinaba con detenimiento.
—Necesitaré varias horas —dijo—. Parte de éste me resulta familiar, pero no puedo decir con certeza...
No quise infundirle mis temores, de modo que, con la intención de mostrar que hacía algo útil —y asegurar a la vez que no me convertía en un obstáculo— me ofrecí a revisar fuera de la casa para ver si encontraba más componentes útiles. Amelia sencillamente asintió con un gesto de cabeza, porque ya estaba afanosamente ocupada en revisar el cajón de uno de los bancos, y Mr. Wells estaba absorto con sus planos, de modo que me fui del laboratorio y salí de la casa.
Primero, caminé hasta la colina.
Era un hermoso día de verano, y el sol brillaba con intensidad sobre la campiña devastada. La mayor parte de los incendios se habían apagado solos durante la noche, pero los densos mantos de los vapores negros que cubrían a Twickenham, Hounslow y Richmond todavía eran impenetrables. Sus formas de cúpula se habían achatado considerablemente, y largos jirones de ese humo negro se extendía por las calles que al principio se habían salvado de ser asfixiadas.
De los invasores marcianos en sí no había traza alguna. Sólo hacía el Sudoeste, en Bushy Park, pude ver elevarse nubes de humo verde, y supuse que había sido allí donde había aterrizado el cuarto proyectil.
Me alejé de esa escena y caminé más allá de la casa, hacia el otro lado, donde el terreno daba hacia Richmond Park. Aquí, podía verse sin obstáculos hasta Wimbledon, y, salvo por la ausencia total de gente, el parque estaba exactamente tal como había estado cuando visité por primera vez Reynolds House.
Cuando volví a la casa, descubrí repentinamente un problema apremiante, aunque de ninguna manera constituía una amenaza para nuestra seguridad. Junto a un galpón, donde habían estado maniatados los caballos de los artilleros, encontré los cadáveres de los cuatro animales que habían muerto cuando los marcianos atacaron. Durante la noche estival, la carne había comenzado a descomponerse, y en las heridas abiertas pululaban las moscas y un hedor malsano llenaba el aire.
Posiblemente yo no podría mover los cadáveres, y quemarlos resultaba imprudente, de modo que la única alternativa era sepultarlos. Afortunadamente, hacía poco que los soldados habían excavado las trincheras y había mucha tierra suelta en derredor.
Encontré una pala y una carretilla, y comencé la tarea larga y desagradable de cubrir los cuerpos en putrefacción. Dos horas después había terminado el trabajo y los caballos habían quedado bien enterrados. Esta obra dio también un beneficio inesperado, ya que mientras la realizaba encontré que, en su apresuramiento, los soldados habían abandonado parte de su equipo en las trincheras. Encontré un fusil y muchos cartuchos... pero, lo que resultaba más prometedor, descubrí dos cajas de madera, en cada una de las cuales había veinticinco granadas de mano.
Con sumo cuidado las llevé a la casa y las guardé bien protegidas en el galpón de leña. Luego regresé al laboratorio para ver cómo iban las cosas.
Esa noche cayó el quinto proyectil, en Barnes, aproximadamente cinco kilómetros al Noreste de la casa. En la noche siguiente, cayó el sexto proyectil en los campos de Wimbledon.
Todos los días, a intervalos frecuentes, caminábamos hasta la colina para ver si había señales de los marcianos. En la noche del día en que comenzamos a trabajar en la nueva máquina, vimos cinco de los relucientes trípodes marchando juntos en dirección a Londres. Sus cañones de calor estaban enfundados, y avanzaban con la seguridad de un vencedor que no tiene nada que temer. Estas cinco máquinas debían ser las ocupantes del proyectil que cayó en Bushy Park, y marchaban a unirse con las otras que, según suponíamos nosotros, estarían asolando Londres.
Se estaban produciendo grandes cambios en el valle del Támesis, y no eran cambios que nos gustaran. Los marcianos estaban eliminando las nubes de vapor negro: durante todo un día, dos máquinas de guerra trabajaron en la limpieza de esa suciedad, utilizando un tubo inmenso que lanzaba un poderoso chorro de vapor de agua. Éste pronto eliminó los gases, dejando un líquido negro y sucio que fluyó hacia el río. Pero el río mismo estaba cambiando.
Los marcianos habían traído con ellos semillas de la omnipresente maleza roja y las sembraban intencionalmente a lo largo de las orillas. Un día vimos a una docena, aproximadamente, de los vehículos de superficie moviéndose con rapidez por los senderos costaneros y lanzando nubes de minúsculas semillas. En poco tiempo, esas plantas foráneas comenzaron a crecer y a difundirse. En comparación con las condiciones espartanas en las cuales sobrevivía en Marte, esa maleza debe haber encontrado que el suelo rico y el ambiente húmedo de Inglaterra le servían de invernadero bien fertilizado. A la semana de haber regresado a Reynolds House, todo el sector del río que se extendía a nuestra vista estaba totalmente cubierto con la maleza rojiza, que pronto comenzó a propagarse a los prados que bordeaban el río. En las mañanas soleadas, los crujidos provocados por este crecimiento prodigioso eran tan fuertes que, a pesar de lo alta y retirada del río que estaba la casa, podíamos oír el ruido siniestro aun con las puertas y ventanas cerradas. Constituía un ruido de fondo que nos perturbaba. La maleza se estaba afirmando hasta en las pendientes secas y arboladas que había detrás de la casa y, a medida que avanzaba, las hojas de los árboles se volvían amarillas, aunque todavía estábamos en pleno verano.
¿Cuánto tiempo pasaría antes de que se pusiera a los cautivos humanos a segar la maleza?
Al día siguiente del descenso del décimo proyectil —éste, como los tres que lo habían precedido inmediatamente, había caído en algún lugar del centro de Londres— Mr. Wells me llamó al laboratorio y anunció que por fin había hecho un adelanto importante.
En el laboratorio se había restablecido el orden. Había sido limpiado y arreglado, y Amelia había colocado grandes cortinas de terciopelo cubriendo los vidrios de todas las ventanas, para que pudiéramos continuar trabajando después de la caída de la noche. Mr. Wells había estado en el laboratorio desde que se levantó y el aire estaba saturado con el agradable aroma del tabaco de su pipa.
—Eran los circuitos de los cristales lo que me tenía confundido —dijo, reclinándose cómodamente en una de las sillas que había traído del salón de fumar—. Como ven, hay algo en su constitución química que genera una, corriente continua de electricidad. El problema no ha sido lograr este efecto, sino aprovecharlo para producir el campo de atenuación. Permítanme mostrarles lo que quiero decir.
Читать дальше