Christopher Priest - La máquina espacial

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Un encuentro casual en un sórdido hotel y un incidente comprometedor en un dormitorio conduce a una aventura imprevista en el tiempo y en el espacio. Es el año 1893, y la prosaica vida de un joven viajante comercial es animada solamente por su ferviente (aunque un tanto distante) interés por el nuevo deporte del automovilismo. Es a través de él como conoce a su amiga, y ella le conduce al laboratorio de Sir William Reynolds, uno de los más eminentes científicos de Inglaterra.
Sir William está construyendo una máquina del tiempo, y desde este descubrimiento hay, sin embargo, un pequeño paso al futuro. Cuando la joven pareja emerge en el siglo XX descubre que una feroz guerra devasta a Inglaterra. Realmente, la guerra mundial de 1903 es sólo el comienzo de una serie de aventuras que culminan en una violenta confrontación con el más cruel intelecto del Universo.

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Amelia y él habían construido un pequeño aparato en el banco. Consistía en una pequeña rueda apoyada sobre una tira de metal. A ambos lados de la rueda habían fijado dos trozos pequeños de la sustancia cristalina. Mr. Wells había conectado varios trozos de alambre a los cristales, y los extremos desnudos de ellos descansaban en la superficie del banco.

—Ahora conectaré los cables que tengo aquí y verán lo que sucede—. Mr. Wells tomó más pedazos de alambre y los colocó haciendo contacto con los diversos extremos desnudos. Al cerrarse el último contacto, todos vimos con claridad que la pequeña rueda había comenzado a girar lentamente—. Como ven, con este circuito los cristales proporcionan fuerza motriz.

—¡Igual que las bicicletas! —dije.

Mr. Wells no sabía de qué estaba hablando yo, pero Amelia asintió con un enérgico movimiento de cabeza.

—Es cierto —dijo—. Pero en las bicicletas se usan más cristales porque el peso que se debe mover es mayor.

Mr. Wells desconectó el aparato, porque la rueda, al girar, se enganchaba con los alambres que estaban conectados a ella.

—Ahora, en cambio —dijo— si cierro el circuito de esta forma... —Se inclinó sobre su obra, observando primero los planos y luego el aparato—. Observen con cuidado, porque sospecho que veremos algo espectacular.

Ambos nos quedamos junto a él y observamos mientras conectaba un alambre tras otro. Pronto sólo quedó uno sin conectar.

—¡Ahora!

Mr. Wells unió los dos últimos alambres y en ese mismo instante todo el aparato —rueda, cristales y alambres— se esfumó de nuestra vista.

—¡Funciona! —exclamé entusiasmado, y Mr. Wells me miró con una amplia sonrisa.

—Así es como entramos en la dimensión atenuada —dijo—. Como ustedes saben, tan pronto como se conectan los cristales todo el aparato entra en atenuación. Al conectar el artefacto de esa forma, hice uso de la energía que reside en esa dimensión y mi pequeño experimento se ha perdido para siempre.

—Pero, ¿dónde está?

—No puedo decirlo con seguridad, ya que sólo era un aparato experimental. Evidentemente, se está moviendo por el Espacio a una velocidad muy reducida, y continuará haciéndolo por siempre. No tiene importancia para nosotros, porque el secreto del viajar en la dimensión atenuada reside en la forma en que podamos controlarla. Esa será mi próxima tarea.

—¿Entonces cuánto tiempo pasará antes de que podamos construir una nueva máquina? —dije.

—Unos días más, creo.

—Debemos apresurarnos —dije—. Cada día que pasa los monstruos afianzan su dominio de nuestro mundo.

—Trabajo lo más rápido que puedo —dijo Mr. Wells sin resentimiento, y noté entonces las profundas ojeras que rodeaban sus ojos. A menudo se había quedado trabajando en el laboratorio largo tiempo después de que Amelia y yo nos retirábamos a dormir. —Necesitaremos un bastidor donde transportar el mecanismo y que sea suficientemente grande como para llevar pasajeros. Creo que Miss Fitzgibbon ya tiene alguna idea, y si ustedes dos se concentraran en ese trabajo nuestra tarea terminaría pronto.

—¿Pero será posible construir una nueva máquina?

—No veo razón para que no lo sea —dijo Mr. Wells—. Nosotros no tenemos ahora deseos de viajar al futuro; nuestra máquina no tiene por qué ser tan complicada como la de Sir William.

IV

Pasaron otros ocho días con una lentitud angustiosa, pero por fin vimos que la Máquina del Espacio tomaba forma.

El plan de Amelia había sido utilizar la estructura de una cama como base para la máquina, ya que ella proporcionaría la solidez necesaria y espacio para los pasajeros. En consecuencia, revisamos el ala de la servidumbre, que había sido dañada, y encontramos una cama de hierro de alrededor de un metro y medio de ancho. Aunque estaba sucia como consecuencia del incendio, nos tomó menos de una hora limpiarla. La llevamos al laboratorio y, bajo la dirección de Mr. Wells, comenzamos a conectarle diversas piezas que había fabricado. Gran parte de ese material estaba constituido por la sustancia cristalina, en tales cantidades que pronto se hizo evidente que necesitaríamos toda la que pudiéramos conseguir. Cuando Mr. Wells vio la rapidez con que se gastaban nuestras reservas de la sustancia misteriosa manifestó sus dudas, pero no obstante proseguimos con nuestro trabajo.

Sabiendo que nosotros mismos pretendíamos viajar en esta máquina, dejamos sitio suficiente para sentarnos en algún lugar, y pensando en eso aseguré almohadones en uno de los extremos de la cama.

Mientras nuestro trabajo secreto en el laboratorio proseguía, los marcianos, por su parte, no permanecían inactivos.

Nuestras esperanzas de que refuerzos militares podrían hacer frente a la invasión no habían tenido fundamento, ya que cada vez que veíamos una de las máquinas de guerra o un vehículo de superficie en el valle que se extendía debajo de nosotros, observábamos que se desplazaba arrogante y sin oposición. Los marcianos aparentemente estaban consolidando las posiciones que ocupaban, porque vimos gran cantidad de equipo que era trasladado a Londres desde los diversos fosos de aterrizaje de Surrey, y en repetidas ocasiones vimos grupos de cautivos conducidos como rebaños o transportados en uno de los vehículos de superficie con patas. La esclavitud había comenzado, y todo lo que habíamos temido estaba sucediendo.

Mientras tanto, la maleza escarlata continuaba proliferando: el valle del Támesis era una vasta extensión de rojo brillante, y casi no había quedado ningún árbol con vida sobre el lado de Richmond Hill. Brotes de esa maleza ya habían comenzado a invadir el césped que rodeaba la casa, y yo me había fijado como tarea cotidiana el cortarlos. En el lugar donde el césped se encontraba con la maleza se había formado un pantano cenagoso y resbaladizo.

V

—Hice todo lo que pude —dijo Mr. Wells, mientras observábamos el extraño artefacto que una vez había sido una cama—. Necesitamos más cristales; ya utilicé todos los que pude encontrar.

En ninguna parte de los planos de Sir William había habido siquiera un solo indicio acerca de la composición de los cristales. Por lo tanto, ya que no podía fabricar más, Mr. Wells había tenido que utilizar los que Sir William había dejado. Habíamos vaciado el laboratorio y desmantelado las cuatro bicicletas adaptadas que todavía se encontraban en el galpón, pero aun así Mr. Wells anunció que necesitábamos por lo menos una cantidad dos veces mayor de la sustancia cristalina, que la que teníamos disponible. Explicó que la velocidad de la máquina dependía de la energía que producían los cristales.

—Hemos llegado al momento más crítico —prosiguió Mr. Wells—. Tal como está ahora, la máquina es sólo un conjunto de circuitos y de piezas de metal. Como ustedes saben, una vez que se la activa debe permanecer atenuada continuamente, de modo que he tenido que incorporar una pieza equivalente al volante temporal de Sir William. Una vez que la máquina esté en funcionamiento, esa rueda debe girar continuamente para que no perdamos la máquina.

En ese momento señalaba nuestra instalación improvisada, que era la rueda de la pieza de artillería que había volado con la explosión. La habíamos colocado transversalmente en el frente de la cama.

Mr. Wells sacó de su bolsillo una pequeña libreta de apuntes forrada en cuero y miró una lista de instrucciones manuscritas que había compilado. Se la pasó a Amelia, y a medida que ella las leía, una por una, él inspeccionaba las diversas partes vitales del motor de la Máquina del Espacio. Finalmente, se manifestó satisfecho.

—Ahora debemos confiar en nuestra obra —dijo con suavidad, volviendo a guardar la libreta en su bolsillo. Sin ceremonia, colocó un grueso trozo de alambre junto al bastidor de hierro de la cama y lo aseguró en su lugar con un tornillo. Antes de haber terminado, Amelia y yo vimos que la rueda del cañón giraba lentamente.

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