—Decidí que el único lugar donde podían estar era aquí, dentro de este laboratorio —prosiguió Rob. Para su consternación, el ojo y el tentáculo de la ventana habían desaparecido, como si la escena que transcurría en el interior le resultara de poco interés. ¿No habría reconocido a Morel desde atrás?
Rob estaba convencido de que su interés en la ventana sería evidente. Por el rabillo del ojo vio cómo un par de tentáculos volvían a aparecer flotando despacio y apoyaban las ventosas sobre la superficie del panel transparente.
—¿Y ha averiguado lo que condujo a alguien a cometer un múltiple asesinato? —preguntó Morel.
La ventana hizo un ruidito cuando los poderosos brazos probaron su resistencia.
—La verdad, no —contestó Rob. Se detuvo, ya sin palabras. Seguramente Morel había oído el ruido de la ventana. Por fortuna, no le fue necesario seguir inventando nada. Caliban había decidido que este panel era diferente. Morel oyó el ruido a sus espaldas, pero era demasiado tarde. Cuando se volvió, la ventana ya había sido agarrada por tres tentáculos más, arrancada sin esfuerzo de su marco y arrojada a la esfera de agua como una hoja arrastrada por el viento. Tres largos brazos de un verde oscuro entraron tanteando por la abertura, buscando a Morel. Uno de ellos lo agarró de una pierna, otro se le enroscó con firmeza alrededor de la gruesa cintura y comenzaron a arrastrarlo hacia el agua.
Morel no perdió el control. Levantando el láser, le cortó dos brazos, cerca del punto donde entraban en la habitación. E hizo frente al animal, rojo de ira, mirando a la gigantesca figura de Caliban al otro lado de la ventana. La diferencia de presión entre el agua y el aire era mínima, y la superficie entre los dos se iba haciendo convexa. Rob se acurrucó contra la pared más alejada, hipnotizado por esos tremendos tentáculos, cada uno de los extremos más grueso que su propia cintura. Los dos brazos cortados, todavía en las convulsiones de los espasmos musculares, escupían una sangre azul verdosa sobre el suelo de la habitación.
—Atrás. —La voz de Morel sonó triunfante. Apuntó con el láser a Caliban, mientras el calamar azotaba el agua—. Retrocede si no quieres que te queme los brazos.
El calamar no retrocedió. Morel se llevó la mano al bolsillo y sacó el delgado comunicador negro. Oprimió un botón.
—Retrocede, o de lo contrario te enseñaré lo que puede ser el dolor.
Rob no sabía hasta qué punto Caliban comprendía la situación, pero al ver el comunicador el calamar apartó su tercer brazo hacia la esfera de agua. Siguió allí afuera, al otro lado de la ventana, cuando Rob se puso de pie, llegó al control de las luces y las apagó del todo.
Hubo un momento de oscuridad total, luego un relámpago color rubí y el estallido de metal derretido cuando el láser quirúrgico se descargó contra una pared, cerca de Rob. Él sintió gotas de aluminio y acero derretido salpicarle los brazos y la cara. Se tiró al suelo y comenzó a arrastrarse hacia la puerta. Junto a la ventana sonó un súbito quejido de dolor o de sorpresa de Morel, y el rayo del láser salió disparado a tontas y a locas atravesando suelo y techo. El pesado cilindro se estrelló contra la pared, a treinta centímetros por encima de la cabeza de Rob. Rob lo buscó, lo encontró y lo sostuvo debajo del brazo derecho, al tiempo que llegaba al control de las luces que había junto a la puerta.
Las luces se encendieron justo a tiempo para que Rob viera a Morel, con un tentáculo alrededor del cuello y otro alrededor de las caderas, en el momento en que era arrastrado sin piedad hacia la esfera de agua. Todavía sostenía el comunicador, y oprimía una secuencia de señales y órdenes. Al otro lado de la ventana, Caliban se estremecía y retorcía, y la piel tenía un profundo color púrpura. Pero seguía atrayendo al hombre hacia sí.
Rob levantó el láser y apuntó a Caliban. Antes de que afinara la puntería, el calamar descargó de pronto su bolsa de tinta en el agua. La esfera de agua se convirtió en un vertiginoso torbellino sepia, oscuro e impenetrable. En algún lugar dentro de él, Joseph Morel y su criatura libraban el último combate.
El horror mantuvo a Rob inmovilizado, hasta que vio otro largo tentáculo en el agua ennegrecida. Dejando el láser, se arrastró hasta cruzar la puerta, la cerró, pasó la barra de metal y corrió todos los cerrojos. Sólo cuando hubo pasado el último, se apoyó contra ella para descansar unos minutos.
Cuando por fin se incorporó y miró el reloj, vio que habían pasado casi diez horas desde que saliera a explorar los secretos del laboratorio de Morel. A menos que hubiera ocurrido algo que cambiara sus planes, Regulo estaría en su estudio, ocupado con los últimos preparativos para trabajar en Lutecia.
Rob, atontado por una sensación desconocida, comenzó a trastrabillar hacia la zona de las habitaciones.
17
«ENTONCES VI QUE HABÍA UN CAMINO HACIA EL INFIERNO, INCLUSO DESDE LAS PUERTAS DEL CIELO»
Antes de que Rob llegara al estudio de Regulo, el brazo izquierdo había comenzado a dolerle con un dolor insoportable. Si la energía eléctrica que alimentaba los centros sensoriales estaba cortada, no era posible que las señales pasaran más allá de su mano mutilada. Rob se lo repitió, mientras apretaba los dientes contra las oleadas de dolor que le subían por el brazo. Se metió dentro del estudio y se dejó caer sin hablar en la silla junto al gran escritorio.
Regulo y Corrie estaban sentados frente a él, con las cabezas juntas sobre una imagen. Levantaron la mirada sorprendidos cuando Rob entró.
—¡Rob! —Corrie dio la vuelta al escritorio y apoyó la mano sobre su dañada mano izquierda. Él se apartó de ella, encogiéndose por el dolor que le produjo el contacto.
—No la toques.
—¿Pero qué te ha pasado? —Corrie le miraba la ropa y la cara.
Rob hizo una mueca. Debía de tener un aspecto terrible. La ropa estaba mojada por el agua y la tinta color sepia de Caliban, y la cara y los brazos estaban cubiertos de puntos rojos: pequeñas quemaduras donde el láser había arrojado las gotas de metal derretido de la pared.
—He estado en los laboratorios. Caliban ha cogido a Morel. ¿Se puede conectar una pantalla para ver qué ha ocurrido?
—¡A Morel! —Regulo hablaba por primera vez, con los ojos muy abiertos de la impresión—. ¿Qué significa que Caliban lo ha cogido? Joseph no se acercaría a la esfera de agua.
—A través de la ventana. Se lo ha llevado a través de la ventana. —Rob se reclinó en la silla—. Corrie, ¿quieres traer un inyector y ponerme una dosis de anestesia local en el brazo izquierdo? No puedo seguir hablando con este dolor.
—Traeré un botiquín de primeros auxilios —Corrie miró con horror los extremos destrozados de la mano artificial—. ¿Qué te has hecho?
Sin esperar la respuesta, salió corriendo de la habitación. Rob se sentía como pegado al asiento, atado por la mínima gravedad de Atlantis. Miró sin ver cómo Regulo pasaba la mano rápidamente por el panel de control. Una serie de imágenes de la esfera de agua pasaron deprisa por la gran pantalla, y se fijó en una que mostraba la esfera interior. Rob vio el agujero donde había estado la ventana, las luces resplandecientes dentro de la habitación. Flotando frente a ellos vieron el destrozado cuerpo de Morel. Los miembros, el cuello y el torso estaban retorcidos hasta un extremo inimaginable. La lucha final había terminado. El vencedor había desaparecido a curar sus heridas en las profundidades de la esfera de agua.
Regulo aumentó la imagen y la concentró en la ventana, desde afuera.
—¿Está sellada esa puerta? Si no lo está, será mejor que cerremos los accesos próximos a esta zona.
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