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Charles Sheffield: La telaraña entre los mundos

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Charles Sheffield La telaraña entre los mundos

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Charles Sheffield es uno de esos escritores de ciencia ficción que hace que el resto de nosotros piense seriamente en hacer carrera como vendedores de saldos. De hecho, la única razón por la que le permitimos vivir es que también somos lectores de ciencia ficción. Tiene la base científica de un Clarke, la capacidad narrativa de un Heinlein, la aguda ironía de un Pohl o un Kornbluth y la habilidad como constructor de universos de un Niven. Spider Robinson

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Charles Sheffield

La telaraña entre los mundos

Para Linda

PRÓLOGO

NOCHE DE DUENDES

La voz volvió a sonar en su oído mientras entraba deprisa en el aeropuerto. Era un hilo de sonido que venía a través del receptor implantado.

«Espero que ya estés en el avión, Julia. Al parecer ha sido la mejor decisión. Yo aún estoy en el laboratorio, pero todas las salidas están cubiertas. Todavía no he podido enviar ningún mensaje por los intercomunicadores normales. Veré si puedo comunicarme con Morrison, que está en el Edificio Dos. Tú sigue adelante y cuídate.»

Dejó de oír la voz de Gregor. Entró en la principal terminal aérea de Christchurch y miró a su alrededor. Eran casi las dos de la madrugada. Había pocos vuelos a esa hora, y muy poca gente. Esto era bueno y malo al mismo tiempo. Podría descubrir a cualquiera que la siguiera, pero quizá no habría nadie para protegerla, a ella y a su carga. Se dirigió con cautela hacia el mostrador y miró el cartel de salidas. Había un vuelo dentro de una hora. Era el que ella quería y no se anunciaba retraso. Se acercó sin prisa al mostrador, donde un empleado joven, con cara de cansado, estaba de guardia.

El muchacho bostezó.

—¿En qué puedo ayudarla, señora?

—¿Tiene una reserva a nombre de Merlin, Julia Merlin?

¿No habría sido un error que Gregor y ella hicieran la reserva bajo su verdadero nombre? Volvió a mirar a su alrededor. El aeropuerto estaba vacío, a excepción de dos muchachos que dormían sobre un banco largo.

—Aquí está. —El empleado introdujo en el ordenador la confirmación del vuelo—. Vuelo 157, transpolar hasta Ciudad del Cabo. Billete para un pasajero, pagado por adelantado. —Miró su abultado vientre y sonrió—. Aunque en realidad es para dos, ¿no?

Ella asintió y se obligó a esbozar una sonrisa.

—Falta un mes. Pero no crea lo que dicen de que un embarazo dura nueve meses. Parece cinco veces más.

Él asentía, sin prestar demasiada atención.

—Embarcan dentro de veinte minutos. El tiempo de vuelo será de tres horas y media. —La miró como pidiendo disculpas—. No es el aparato más rápido en esta ruta, menos de Mach Tres. Los pasajeros que viajan en plena noche no tienen demasiada prisa, supongo. Serán sólo cincuenta a bordo, al menos podrá estirarse y hasta dormir un poco. ¿Equipaje? ¿Factura los dos bultos?

—No. —La respuesta de ella había sido demasiado ansiosa, demasiado rápida—. La maleta sí, pero necesito llevar la caja conmigo. —La apretaba con fuerza contra el pecho, sin poder evitarlo.

—Muy bien. —La miró con ojo experto—. No creo que quepa debajo del asiento, pero es igual, tendrá sitio de sobra en la cabina. —Revisó los papeles que ella le presentaba, controlando las fechas—. Veo que los Laboratorios Antigeria han pagado su pasaje. ¿Trabaja allí?

Un error. Si sus temores eran ciertos, ella y Gregor no deberían haber usado el nombre del laboratorio para reservar los billetes.

—Sí —dijo tragando saliva—. Mi esposo es el director.

Vaciló, preguntándose si debía añadir algo más, pero el joven asentía distraído. Para él, en realidad, no era más que una aburrida conversación mantenida a medianoche por cortesía, no porque sintiera el menor interés por ella. Tomó el billete y se volvió para irse.

—Un momento, señora Merlin.

Se quedó paralizada al sentir la voz del empleado a sus espaldas. Se giró despacio. Él le sonreía, tendiéndole un pedacito de papel amarillo.

—Se olvida de la tarjeta de embarque.

La tomó sin decir una palabra y se dirigió lentamente hacia la puerta. Al pasar por los controles de seguridad, la voz de Gregor comenzó a sonar otra vez en su oído.

«Julia. Julia. No sé si aún puedes oírme, pero es peor de lo que creíamos. He localizado a Morrison en el Edificio Dos; ya ha hecho la primera prueba al otro Duende y está de acuerdo con tu análisis: hay claros indicios de progeria inducida. Hemos hablado durante un momento a través del vídeo, pero la comunicación se ha cortado enseguida.»

La voz llegaba débil y aguda a través del diminuto micrófono, pero ella percibía la tensión.

«Estoy de pie frente a la ventana en este momento —continuaba él—. Hay un incendio en el Edificio Dos y siguen vigilando las salidas. No veo manera de escapar. Tienes que llevar al otro Duende al Laboratorio Carlsberg, para que lo vea McGill.»

Apretó con más fuerza la caja oblonga. En su vientre, el niño se agitó como reacción a la adrenalina que recorría a su madre.

«Intentaré salir de aquí —continuaba la voz de Gregor—. Me llevaré el transmisor, pero no tiene alcance como para comunicarme contigo cuando te alejes algunos kilómetros del aeropuerto. Según nuestro plan, estarás a punto de despegar. Ojalá pudieras confirmármelo de alguna manera. Escucha, hay otras dos cosas que quiero que le digas a McGill. El Duende que ha examinado Morrison murió de la misma manera que el tuyo: exposición al vacío, lo que significa que los dos murieron en el mismo lugar, un compartimiento de avión no presurizado. Morrison ha calculado la edad: alrededor de doce meses. La masa corporal era de cinco kilos y medio. El largo, de menos de medio metro, casi igual al que tienes contigo. Espero que puedas oírme. Aún no tenemos idea de cómo pudieron llegar al laboratorio, pero ahora estoy seguro de que murieron hace unos dos días, no más.»

Julia Merlin atravesaba la zona de embarque y se dirigía al túnel que conectaba con la nave. Vio que el auxiliar de vuelo le sonreía y hacía un gesto hacia la caja que ella llevaba. Negó con la cabeza, caminó hasta su asiento y se acomodó. La voz de Gregor había cesado. Se inclinó hacia adelante e intentó meter la caja oblonga debajo del asiento, pero no entraba. Estirarse más le costaba un gran esfuerzo. Se incorporó, jadeando ante la súbita punzada de dolor.

—Ahí no va a entrar, señora —dijo el auxiliar de vuelo. Estaba de pie junto a ella, tendiéndole la mano—. Permítame ponerlo atrás, donde hay más sitio. No, no se moleste —agregó cuando ella hizo ademán de ponerse de pie—. Mire, ¿ve aquel hueco atrás? La guardaré allí.

Tomó la caja de sus manos y la llevó a la parte trasera del avión. Julia giró en el asiento, siguiendo la maleta con la mirada hasta verla en lugar seguro. Gregor hablaba otra vez, pero la voz era casi ininteligible por la interferencia.

«…Llegar al piso más bajo… junto al farol de la calle… otra vez…»

El creciente ruido de los motores ahogó sus últimas palabras. El avión, ancho y chato, comenzó a coger velocidad. Hubo una súbita aceleración que la apretó contra el respaldo del asiento. Despegaron enseguida y comenzaron a subir con una inclinación de unos treinta grados, hasta llegar a los veintisiete mil metros de altura y a una velocidad de crucero superior a la de Mach Dos.

Julia se recostó en el asiento, exhausta. No podía tranquilizarse, pero el agotamiento físico y mental comenzaba a mostrar sus efectos. Permaneció allí recostada mientras la nave llegaba a la altura fijada y comenzaba su gran ruta circular hacia Ciudad del Cabo. El dolor que sintió cuando se estiró en el asiento no se le había ido del todo. Era un dolor sordo en el vientre, que de vez en cuando se convertía en una especie de calambre. Pero había escapado. Aquello, fuera lo que fuese, que Gregor temía tanto ya no podía alcanzarla.

Una hora después se acercaban a Commonwealth Bay, en la costa de la Antártida. La voz del piloto acababa de decir por los altavoces que estaban a punto de sobrevolar el polo sur magnético. La violenta explosión en el compartimiento trasero del avión ahogó sus palabras.

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