– ¿Qué clase de mentiras? -exigió saber bruscamente Patricia.
– Mentiras de toda clase. Me acusó de capturarla cuando, desde luego, fueron los albinos quienes la capturaron. Afirmó que la golpeé y la arrastré del cabello, algo que no pensaría en hacerle a mi novia. Cree que los albinos son sus amigos y que nosotros somos sus enemigos.
– No sea ridículo -objetó la esposa-. Si ella afirma que usted la golpeó, ¡yo creería a mi hija! ¿A cuántas mujeres ha golpeado antes, Woref?
Él miró a Qurong, asombrado por la acusación.
– Eso apenas importa, se lo aseguro. ¡Ella está hechizada! -exclamó con el rostro enrojecido-, ¡Cómo se atreve a acusarme de maltratar a la mujer por la que moriría!
Ellos se miraron fijamente, desconcertados.
– Ciphus, ¿qué piensas de este hechizo? -intervino Qurong- ¿Es posible?
– La mente es un asunto delicado, propenso al engaño. Sí, creo que es posible. No me sorprendería en absoluto. Dele tiempo a ella y volverá en sí. Su corazón está en algo más, por supuesto. Los pecados de la mente son domables. No así los del corazón.
– Yo todavía no confío en usted -dijo Patricia, mirando a Woref-• usted ha de tener algo de paz como mi yerno, más le valdría aprender cómo corregir eso. Y si alguna vez llega a tratar a mí hija como hace con otras mujeres, yo misma me encargaré de que lo ahoguen.
Por un momento Qurong se preguntó si Woref perdería el control de sí mismo. Esto era lo que su esposa quería, desde luego. Ella haría lo que fuera necesario porque el hombre le debiera gratitud; luego usaría la ventaja como quisiera.
– Bienvenido a la familia -declaró Qurong sonriendo-. Y que conste, concuerdo con mi esposa. Si le tocas un cabello, te ahogaré, Woref.
Hizo una pausa.
– Pero estoy seguro de que no vinieron simplemente por preocupación hacia Chelise. ¿Por qué exactamente estamos aquí? Yo creería que ustedes dos estarán tan contentos como yo. Tenemos a Thomas, y ahora que sabernos cómo piensan los albinos, influiremos en él para poner de rodillas a todo el Círculo. Chelise está a salvo. Todo está bien.
Woref parecía no poder hablar. Ciphus contestó por él.
– Mi señor, hay otro asunto que usted debería considerar. La mente de su hija es una cosa, como digo. Pero si ella ha cometido traición…
– ¡No quiero oír esto! -vociferó Patricia, empezando a irse hacia la cocina; luego se volvió-. Si se atreven a sugerir que mi hija siente algo por esa bestia espantosa, les cortaré la lengua. Ella nunca podría amar a un albino. ¡Nunca!
– Por supuesto que no. Porque si lo hiciera tendría que pagar el precio requerido por la ley.
– ¡Ya oyeron a mi esposa! -exclamó Qurong-. ¡Chelise es incapaz de amar a un albino! Si lo hiciera, yo mismo la ahogaría. ¿Van a continuar con esta ridiculez?
– Solo estoy cumpliendo con mi deber como sacerdote real, mi señor ^manifestó Ciphus haciendo una reverencia-. También para que recuerde que ninguna ley está por sobre la ley de Elyon, como lo saben todos en las hordas.
– Muy bien. ¿Terminaron?
Woref estaba furioso, lo que le extrañó a Qurong. Sin duda él había sido ^y comunicativo. Ninguno de los dos le contestó.
– ¡Entonces Riera! ¡Los dos! No quiero volver a oír una palabra de esto. Ellos retrocedieron, hicieron una reverencia y salieron del salón.
– ¿Cómo se atreven? -cuestionó bruscamente la esposa de Qurong,
– Se atreven porque son más poderosos de lo que podrías comprender -contestó el líder-. Esta religión y este Elyon de él podrán ser un montón de tonterías, pero solíamos usarlos a nuestro favor para controlar al pueblo Esto o pena de muerte, eso o pena de muerte… todo un sistema único de amenazas y recompensas dictado por algún dios que no podemos ver, Ciphus es lo único que las personas ven. Su palabra es casi tan poderosa como la mía.
– ¡Entonces es hora de deshacerse de él!
– ¿Para que el pueblo se deshaga de mí?
– ¡Tú tienes un ejército! Somete al pueblo.
– ¡El ejército es el pueblo! He puesto a Elyon por encima de mí, y así lo prefieren ellos. Se sienten menos cautivos. Están sirviendo a un dios, no a un hombre -dijo Qurong, luego agarró una pera verde y le dio un mordisco-. El poder siempre está en la balanza, esposa mía. Ya no tengo el poder de alterar ese equilibrio. No, si eso actúa en mi contra.
EL GUARDIA abrió la puerta que conducía al calabozo mientras Woref aún estaba a más de tres metros de distancia. Cincuenta antorchas resplandecían en la medianoche, iluminando el perímetro de la estructura y el sendero hacia la única entrada. Si los albinos vinieran ahora por Thomas deberían enfrentar a más de trescientos de los mejores guerreros de las hordas. Aun así, no había manera de entrar a la celda de Thomas, Woref tenía la única llave, y ninguna clase de pólvora que los guardianes del bosque usaran una vez haría volar los barrotes.
El general se detuvo bajo el grueso dintel de la puerta y descendió el largo tramo de escaleras, el guardia detrás de él.
– Espere aquí -ordenó, agarrando una antorcha; recorrió el estrecho corredor, pisando fuerte sobre el suelo de piedra.
Había un terrible riesgo en este plan que se le ocurrió, pero en el momento en que Chelise había pronunciado esas palabras, Perdóname, mi amor, perdóname, Woref juró hacerla cambiar. O matarla.
Thomas ya no le preocupaba. Lo utilizarían, lo destrozarían, lo ahogarían. Nada de eso cambiaría nada. El amor de su novia era lo único que importaba ahora. Comprendió que todo su propósito de vida estaba dirigido hacia este día. Toda su vida se reduciría a ganar y perder amor.
Con el tiempo podría persuadir a Chelise para que se sometiera a él. ^ro mientras esta amara a Thomas, el afecto de ella estaría comprometido. Y si mataba ahora al albino, solamente conseguiría que él viviera en la mente de ella, persiguiendo a Woref por siempre.
No podía matar a Thomas. No todavía.
Pero podía usar al albino para asegurar el amor de Chelise. Woref descendió rápidamente y con ansiedad el segundo tramo de escalones. Ciphus había aprobado el plan por sus propios motivos, concretamente para salvarle la vida a Chelise. Si ella rechazaba públicamente a Thomas y abiertamente aceptaba a Woref, estaría resuelto el asunto del corazón de la joven.
El general oyó que el prisionero arrastraba los pies en medio de su celda. ¿Esperando tal vez otro vislumbre de su querido amor? Tú y los de tu ciase son lo peor que la vida tiene para ofrecer. Y cuando haya terminado de avasallarte bajo mis pies dedicaré mi vida a acabar con los demás.
Thomas se hallaba en medio de la celda, mirando expectante cuando Woref se detuvo detrás de los barrotes. Su mirada se dirigió a la derecha de Woref, luego regresó al ver que el corredor estaba vacío.
Woref caminó de un lado al otro, principalmente para sofocar su impulso de abrir la puerta y matar al hombre allí mismo. Parpadeó para quitarse el sudor que se le filtraba a los ojos.
– Tú y tu precioso Círculo están acabados, Thomas. Estoy seguro de que ahora comprendes eso -expresó Woref; el albino solamente lo miró-. El problema es que malinterpretas sentimientos enfocados simplemente en satisfacción personal. Afecto, lealtad, amor. Tus amigos vendrán a ayudarte, ligados por el honor, pero solo hallarán sus propias muertes. Usaremos esa equivocada sensación del deber para nuestro beneficio.
Aún no hubo reacción.
– No puedes salvar a tus amigos, pero puedes salvar a Chelise.
A Thomas se le movieron los ojos.
– La amas. Puedo ver eso -expresó Woref sintiendo náuseas por sus propias palabras, pero continuó-. Y si la amas, me gustaría creer que te interesaría salvarle la vida.
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