Ted Dekker - Blanco

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Nunca rompa el círculo.
En esta tercera parte de la innovadora Serie del círculo, Thomas Hunter sólo tiene días para sobrevivir en dos mundos diferentes, llenos de peligro, engaño y destrucción. El destino de ambos mundos depende de su singular habilidad de cambiar realidades por medio de sus sueños. Ahora, guiando un pequeño grupo multiforme conocido como El Círculo, Thomas se encuentra enfrentando nuevos enemigos, desafíos interminables y el amor prohibido de una mujer de lo más insólita.
Entre a la Gran Búsqueda, donde Thomas y una pequeña banda de seguidores deben decidir rápidamente en quién pueden confiar, tanto con sus propias vidas como con el destino de millones de personas.

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Ella miró a las pobres víctimas. Estos pocos eran una burla de…

Algo en el albino de la izquierda la dejó inmóvil. Le parecía vagamente conocido. Imposible, desde luego… los únicos albinos que ella había visto eran los que arrastraran como prisioneros en estos últimos meses. Un par de docenas a lo sumo. Este hombre no era uno de ellos. Los ojos verdes de él parecían mirar a través de ella. Desconcertante. Ella apartó la mirada.

Los prisioneros tenían las manos atadas a la espalda y los tobillos encadenados. A no ser por los taparrabos, todos estaban desnudos menos uno… una mujer. Los habían cubierto de ceniza, pero el sudor la había quitado casi por completo, revelando amplias franjas verticales de piel rolliza.

– ¿A que no sabes a quién estás mirando, querida?

– ¿Qué es esto? -preguntó una voz detrás de Chelise; mamá había entrado-. ¿Cómo te atreves a traer a mi casa estas inmundas criaturas?

– Cuida tus palabras, esposa -objetó bruscamente Qurong.

Para nadie era un secreto que Patricia gobernaba el castillo, pero Qurong no toleraría ningún atrevimiento en frente de sus hombres.

– Saca por favor a estos albinos de mi casa -pidió Patricia deteniéndose al lado de Chelise y mirando a su esposo.

– Gracias por venir, querida mía. Tu casa estará pronto libre de enfermedad. Primero ustedes dos, por favor, miren detenidamente y díganme qué ven.

Chelise miró a su madre, quien atravesaba a Qurong con la mirada. Sus ojos eran tan blancos como la luna, pero hoy la luna estaba ardiendo.

– ¡Por Elyon, mujer! ¡Verlos no te matará! ¡Míralos! Finalmente la madre de la joven obedeció.

Algo extraño estaba sucediendo con esta ceremoniosa demostración, pero Chelise no sabía qué hacer. Ellos solo eran cinco albinos encadenados, a quienes llevarían a los calabozos y luego los ahogarían. ¿Por qué su padre exhibiría tanto orgullo?

Lo adivinó en el momento en que Qurong habló.

– Miren, hasta el gran Thomas de Hunter no es nada más que un albino encadenado.

¡Thomas de Hunter!

– ¿Cuál? -inquirió Patricia.

Pero Chelise ya sabía cuál. Él una vez grandioso comandante de los temidos guardianes del bosque era el hombre que la miraba fijamente. Ella parpadeó y volvió a evitar la mirada. Él la miraba como si la reconociera.

– Llévenselos -pidió Chelise.

– Así que capturaste al líder -comentó su madre-. Esta es una buena noticia, pero su presencia en nuestra casa es desagradable. Estoy segura de que hallarás muchísimos plebeyos que se alegren de tu victoria.

Los músculos de la mandíbula de Qurong se tensaron. Madre lo estaba presionando demasiado.

– No es la victoria de los plebeyos -objetó él con brusquedad-. Es tuya. Y de tu hija.

¿De ella? El rostro de Qurong volvió a sonreír.

– ¿De nuestra hija? -preguntó Patricia.

– Sí, de nuestra hija -contestó Qurong, mirando ahora a Chelise-. Hoy estoy anunciando el matrimonio de mi única hija. La madre de la joven lanzó un grito ahogado.

Se necesitó un momento para comprender las palabras. Chelise sintió que la mano de Elison le tocaba el codo. ¿Pero qué tenía que ver su matrimonio con estos albinos?

– ¿Me debo casar?

– Sí, mi amor.

– Bueno, esa en realidad es una buena noticia -opinó su madre.

– ¿Casarme con quién? -cuestionó Chelise, sintiendo una momentánea ola de pánico.

– Con el hombre que realizó la captura, por supuesto -contesto Qurong al tiempo que iba a la izquierda y ponía una mano en el hombro del general-. Con Woref, comandante de mis ejércitos.

¡Woref!

Chelise sintió que se le escapaba el aire de los pulmones. Las manos del general colgaban libres a sus costados… manos grandes, gruesas y con dedos nudosos. El hombre tenía el doble de la talla de ella. Él levantó una mano}' se echó la capucha hacia atrás para dejar ver la cabeza. Sus largos rizos le cayeron sobre los hombros. No podía haber confusión alguna al respecto; este hombre tenía parte de bestia. Pero también era Woref, el hombre más poderoso en las hordas, después de su padre. Y aún ahora sus ojos grises la miraban ávidamente. Con deseo. Este poderoso hombre la quería como esposa.

Cualquier reserva con que Chelise luchara fue más que compensada por su madre, quien corrió hacia el general y se inclinó en una rodilla. Le agarró la mano y se la besó.

– Mi hija es suya, mi señor -le informó, luego se puso de pie tan rápido como pudo y besó a su esposo en la mejilla-. Me has hecho una mujer muy feliz.

Qurong rió.

– Bueno -siguió diciendo Patricia, mirando ahora a Chelise-. ¿No vas a decir algo?

Chelise aún estaba demasiado asombrada para hablar. Su sirvienta le apretó el codo.

– Es una decisión de lo más excelente -le susurró Elison. La compasiva voz de la sirvienta llenó de valor a Chelise, quien bajó la cabeza y se inclinó sobre una rodilla.

– Estoy honrada de aceptar este regalo, gran Qurong de las hordas. Me has hecho una mujer muy feliz.

Con esas palabras se le desvaneció la aprensión. Una emoción que nunca antes había conocido le inundó las venas. Se iba a casar con el hombre más poderoso de la tierra. Sería la envidia de toda mujer que aún poseyera el fuego para amar. Estaba a punto de hallar una nueva vida.

Ella oyó que él se le acercaba. Abrió los ojos pero no se atrevió a levantar la cabeza. Las enlodadas botas de batalla se detuvieron a un metro de ella. Luego una rodilla. ¡Se estaba arrodillando!

Ella.

La mano de Woref le tocó la barbilla y con ternura le levantó la cabeza, miró dentro de los ojos grises del individuo. Un temor le recorrió los huesos. ¿Era esto terror o deseo? Woref se inclinó hacia delante y le besó la frente. Le habló suavemente, Pero ella logró sentir la gran emoción en la voz de él.

Eres mía. Para siempre, eres mía -declaró y luego se puso de pie.

El patio se había quedado totalmente en silencio. Ahora su madre aspiró profundamente. Chelise nunca antes había oído ese sonido de parte de Patricia.

– ¿Cuándo se casarán? -preguntó la madre.

– En tres días -respondió Qurong-. El mismo día en que ahoguemos a Thomas de Hunter.

11

THOMAS LA reconoció en el momento en que ella entró al patio. Esta ^ era Chelise, la hija de Qurong, a quien una vez conociera en el desierto después de que la enfermedad se apoderara de él. Thomas la había persuadido de que era un verdugo y ella lo había tratado amablemente enviándolo en su camino con un caballo. Él apenas logró volver al lago para bañarse. Nunca olvidaría el dolor que le produjera ese baño.

Tampoco olvidaría la amabilidad de esta mujer que lo miraba con ojos grises apagados. Ella no lo reconoció.

Ahora él acababa de saber que a ella la estaban dando en matrimonio al encostrado más vil que había conocido. Woref. No estaba seguro de si la muchacha quería a Woref o lo detestaba, pero ella había reaccionado con suficiente pasión como para que a Thomas se le hiciera un nudo en la garganta.

Tanto Chelise como su madre habían usado cantidades generosas de morst para cubrir sus rostros y suavizar las rajaduras en la piel. Thomas pensó que no hacían esto solo por comodidad. Para eso no se habría necesitado tanto. El polvo que ellas usaban realmente les cubría la piel. A su manera, la clase alta de las hordas parecía estar distanciándose de la enfermedad. Al menos las mujeres de la realeza.

De no ser por la armadura de Woref y la capa de Qurong, ambas con fundantes botones de bronce pulido, adornos y una placa con una serpiente alada en sus pechos, sería imposible distinguir a ambos hombres de cualquier otro encostrado. Llevaban el cabello largo, anudado en rizos, y piel ajada les caía en pequeñas escamas de sus mejillas y narices. Usaban demasiado morst, pero de la variedad ligeramente empolvada que servía al propósito práctico de mantener seca la piel, si no suave.

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