– Usted gana.
La pistola bajó y se sacudió en la mano del hombre. Una bala se abrió paso por el muslo de Tom. Se tambaleó hacia atrás, entumecido.
– Siempre gano -se jactó el hombre.
– ¡Thomas! -exclamó Monique mirando aterrorizada-. ¡Thomas!
– Tiéndase sobre la cama -ordenó el hombre.
– No le haga daño.
– Cállese y tiéndase sobre la cama.
Tom cojeó hacia delante. Su mente ya se le estaba debilitando. Quiso decir algo, pero no vino nada. Sorprendentemente, ya no le importó lo que el hombre le hiciera ahora. Pero estaba Kara, además de Monique, y estaba su madre, y todas ellas iban a morir.
Además estaba su padre. Quería hablar con su padre.
Se oyó quejarse cuando caía en la cama.
¡Plas! Una bala se le incrustó en el estómago.
¡Plas! Una segunda bala le perforó el pecho.
La habitación se desvaneció.
Tinieblas.
***
EL SUBSECRETARIO de estado Merton Gains se agachó debajo del para-guas y se deslizó dentro del Lincoln. Se había acostumbrado a los aguacero desde que se mudó de Arizona a Washington. En realidad los encontraba refrescantes.
– Vaya, está lloviendo de verdad -comentó.
– Así es, señor -asintió George Maloney detrás del volante. El irlandés no mostró ni un indicio de emoción. Nunca lo hacía. Gains ya no lo intentaba. Le pagaban por pasear en coche y por proteger.
.-Llévame al aeropuerto, George. Llévame a la parte más seca de la tierra.
– Sí señor.
Miranda había insistido en vivir en su hogar en Tucson al menos durante los inviernos, pero después de dos años ya no soportaba vivir en Washington, y encontraba excusas para regresar a casa incluso en los meses más calientes. La verdad es que Merton haría lo mismo, si le daban a elegir. Los dos fueron criados en el desierto, para el desierto. Punto.
La lluvia salpicaba las ventanillas de manera implacable. El tráfico estaba casi paralizado.
– Señor, ¿estará de regreso el jueves?
– Hoy Tucson, mañana California, de vuelta el jueves -suspiró Gains-. Así es.
Su teléfono celular le vibró en el bolsillo superior de la chaqueta.
– Muy bien, señor. Quizá esta lluvia haya amainado para entonces. Gains extrajo el teléfono.
– Me gusta la lluvia, George. Mantiene todo limpio. Algo que siempre podemos usar aquí, ¿no es cierto?
– Sí señor -llegó la respuesta sin sonrisa alguna. Contestó el teléfono.
– Habla Gains.
– Sí, Sr. Gains, tengo en el teléfono a Bob Macklroy. Dice que podría ser importante.
– Páselo, Venice.
– Está bien.
A veces Washington le parecía a Gains una reunión universitaria. Asomara cómo muchos empleos habían ido a parar a manos de graduados de Princeton desde que eligieran presidente a Blair. Todas personas capacitadas, desde luego; no se podía quejar. Él mismo había hecho su parte en hacer subir la cuota Princeton, principalmente por medio de recomendaciones. Aquí, por ejemplo, no era exactamente alguien con influencia en Washington, pero en parte estaba trabajando como secretario adjunto en la oficina, e1 Bureau for International Narcotics and Law Enforcement Affairs porque había jugado basquetbol con el ahora ministro de estado Merton Gains.
– Hola, Bob.
– Hola, Merton. Gracias por contestar la llamada.
– De nada. ¿Te está tratando bien Tim allá?
Bob no se molestó en contestar directamente la pregunta.
– Él está en Sao Pablo por algunos días. No estamos seguros si eres la persona adecuada. Esto es un poco extraño, y no sabemos con seguridad hacia dónde dirigirlo. Tim pensó que el FBI podría ser…
– Cuéntamelo, Bob. ¿De qué se trata?
– Bueno… -vaciló Bob.
– Sólo dime. Y sube el tono de la voz, aquí llueve muy duro. Pareciera que está pasando un tren por aquí.
– Bueno, pero todo el asunto es muy extraño. Sólo te estoy informando lo que sé. Parece relacionado con tu participación en la Ley Gains.
Gains se irguió un poco. Bob no acostumbraba estas evasivas. Algo no andaba bien, no sólo en su voz sino en esta mención del proyecto de le\ derrotado por escaso margen que Merton presentara dos años antes cuando era senador. La volvieron a presentar, con algunas alteraciones y su nombre aún en ella. El proyecto de ley impondría estrictas restricciones a la inundación de nuevas vacunas que llegan al mercado, exigiéndoles que las sometan a una serie completa de pruebas. Ya habían pasado dos años desde que muriera su hija menor, Corina, de una enfermedad autoinmune después di que se le administrara erróneamente una nueva vacuna contra el SIDA. La vacuna tenía aprobación de la FDA. Gains logró que la prohibieran, pero cada mes entraban al mercado otras vacunas, y cada vez eran más las víctimas.
– Si no desembuchas, voy a enviar allí algún poder efectivo para obligarte -amenazó Gains.
Esto era algo que sólo podía decir a un hombre como Bob, el macho presuntuoso que una vez ostentara el record de lanzamientos de tres puntos en el basquetbol universitario. Todos sabían que Merton Gains se saldría de su camino para no pisar a una hormiga que vagara por la acera.
– Te recordaré que mantengas mi nombre en reserva -siguió evadiendo Bob. Luego suspiró-. Hace un par de días recibí una extraña llamada de un hombre que dice llamarse Thomas Hunter. El…
– ¿El mismo Thomas Hunter de la situación en Bangkok? -interrumpió Gains.
Hoy día le habían asignado el incidente. Un ciudadano estadounidense identificado en registros de vuelo como Thomas Hunter había secuestrado a Monique de Raison y a otra mujer no identificada en el vestíbulo del Sheraton. Los franceses estaban furiosos, los tailandeses exigían intervención, y hasta el mercado de valores había reaccionado. Farmacéutica Raison no era precisamente desconocida. El momento no pudo haber sido peor… acababan de anunciar su nueva vacuna.
A juicio de Gains el momento era muy oportuno.
– Sí, creo que podría ser -respondió Bob.
– ¿Te llamó? ¿Cuándo?
– Hace unos días. Desde Denver. Aseguró que la vacuna Raison muta-ría en un virus mortífero que acabaría con la mitad de la población. Puras chifladuras.
No necesariamente.
– Bueno, así que tenemos un chiflado que se las arregló para volar hasta Tailandia y secuestrar a la hija de Jacques de Raison. Eso es lo que el mundo ya sabe. ¿Dijo algo más?
– En realidad, sí. No pensé en el asunto hasta que vi hoy su nombre en las noticias. Como dijiste, un chiflado, ¿no es verdad?
– Correcto.
– Bueno, me dijo que el ganador del Derby de Kentucky iba a ser Volador Feliz.
– ¿Y? ¿No fue el Derby hace tres días?
– Sí. Pero me lo dijo antes de la carrera. Obtuvo su información de sus sueños, el mismo lugar donde supo que la vacuna Raison…
– ;Te dijo de veras el nombre del ganador antes de la carrera? -Eso es lo que estoy diciendo. Absurdo, lo sé.
Gains miró por la ventanilla lateral. No se veía nada por los raudales de agua que bajaban por el vidrio. En su época había sabido de algunas ridiculeces, pero esta sería exclusiva como disertación principal de cantina.
– ¿Apostaste?
– Desgraciadamente saqué la llamada de mi mente hasta hoy, cuan volví a ver su nombre. Pero hice algunas averiguaciones. Su hermana, Hunter, ganó más de trescientos mil dólares en la carrera. Estuvieron en Atlanta donde armaron un poco de escándalo en los CDC.
Definitivamente algo no estaba bien aquí.
– Así que tenemos dos chiflados. No he visto la reseña de ella.
– Es enfermera. Se licenció con honores. Una chica lista, por lo que veo. No el típico caso de excentricidad.
– No me digas que estás creyendo de veras que este muchacho sabe algo.
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