Ted Dekker - Rojo

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Todo gira en torno a Thomas Hunter, un escritor de poco éxito que sobrevive trabajando en el café Java Hut, en Denver. Pero su aparentemente monótona vida sufrirá un vuelvo radical cuando fuerzas desconocidas liberen un arma bacteriológica en la atmósfera. Al final de la jornada, tres millones de personas serán portadoras del virus más letal que haya conocido la humanidad, y en sólo un par de días habrá noventa millones de infectados.
El punto es que no existe ninguna vacuna… pero extrañamente, la única esperanza es Thomas Hunter. ¿Cómo? ¿Por qué? Él no lo sabe, pero su existencia amenaza importantes planes y por eso debe morir.

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– ¡Nunca aceptarán!

– Ya lo hicieron. China y Rusia. Estados Unidos se está preparando para acceder -comunicó él, luego pestañeó y ella se preguntó cuan cierto era eso-. Otros. Israel podría ser un problema, pero quizás acepten bajo bastante presión. La posibilidad de que toda la población muera en cuestión de semanas supera a cualquier otra lógica. Todo esto es cuestión del antivirus.

– ¿Y mi padre? ¿Está la compañía buscando un camino?

– Tu padre está poniendo el grito en el cielo en Bangkok, pero aparte de tratar de descubrir un antivirus, no hay mucho que pueda hacer. Todo el mundo busca una manera… otra razón para retrasar la comunicación al público. Si encuentran una forma de detener el virus, el pánico no tendrá oportunidad de ganar velocidad.

– Tienen opciones, entonces.

– No. No que yo haya oído. No aparte de ti.

– Te refieres a la puerta trasera.

– Supongo que por eso Svensson te agarró en primera instancia. ¿Sobrevivió tu clave a la mutación?

Era obvio que lo habían puesto al corriente.

– Sí. Y creo que yo podría crear un virus con capacidad para anular la variedad Raison. Espero.

– Gracias a Dios -exclamó él cerrando los ojos.

– Por desgracia estoy aquí. Y ahora tú también.

– ¿Se lo diste a Svensson? ¿Y qué quieres decir con esperó!

– Espero, como si en realidad no lo hubiera intentado aún. Se lo di hace veinticuatro horas.

– ¿Me puedes decir a qué se parece este virus asesino?

Ella sabía lo que él estaba preguntando. Si se separaban, o si él escapaba pero ella no, él podría llevar la información al mundo exterior. Pero el antivirus en la mente de ella era demasiado complejo para que cualquiera sin una formación en genética lo recordara, mucho menos para que lo entendiera.

– No lo creo.

– ¿No lo crees porque no sabes cómo o porque es demasiado complicado?

– Necesitaría escribirlo.

– Entonces escríbelo.

– Está escrito.

– ¿Dónde?

– En la computadora -reveló ella mirando por sobre el hombro de él a la estación de trabajo-. Preferiría que me sacaras de aquí.

– Créeme, no voy a ir a ninguna parte sin ti. Nunca me dejaría olvidarme de esto.

– ¿Quién?

– Rachelle -declaró él.

***

LA CABEZA de Thomas se despejó lentamente. Las esposas apretaban un poco… no había nada que pudiera hacer al respecto. Tenían que salir con el antivirus, pero por el momento él tampoco podía hacer nada. Lo único acerca de lo que podía hacer algo ahora mismo era con Monique. El miró dentro de los ojos café de Monique y se preguntó si su esposa se hallaba en alguna parte, ahora, en ese mismo instante. Sinceramente, al mirarla, no estaba seguro de que ella fuera Rachelle.

Él le miró el índice derecho a Monique. Allí estaba la cortada, exactamente igual a la de Rachelle. La volvió a mirar a los ojos. La última vez que había visto a Monique fue en Tailandia la semana pasada. Pero eso fue hacía quince años, antes de casarse con Rachelle. Extraño.

Sin embargo, que Monique comprendiera totalmente la situación podría tener valor crítico y práctico. Si ellos se llegaran a separar y Monique supiera que se podría conectar con Rachelle, podría encontrar una manera de hacer lo que Rachelle había hecho. Podría soñar como Rachelle si tuviera que hacerlo.

Thomas consideró eso mientras la miraba a los ojos.

– ¿Quién es Rachelle? -preguntó ella, interrumpiendo la mirada. Ambas mujeres tenían el mismo espíritu impetuoso. La misma nariz fina. Pero, hasta donde él podía ver, allí terminaban las similitudes.

– ¿Thomas?

– ¿Rachelle?

– Sí, Rachelle -repitió Monique.

– Lo siento. Bueno, tú sabes cómo te he hablado de mis sueños. Cómo supe sobre la variedad Raison por los libros de historias en mis sueños.

– ¿Cómo podría olvidarlo?

– Exactamente. Cada vez que me quedo dormido despierto en otra realidad con personas y… y con todo. Estoy casado allí.

– Rachelle es tu esposa -declaró ella. ¡Ella lo sabía!

– ¿Recuerdas?

Monique lo miró y él pensó por un momento que ella recordaba.

– ¿Recordar qué?

¿Por qué había dicho él eso?

– No sé exactamente cómo funciona, pero Rachelle soñó que eras tú. Ella me dijo dónde encontrarte -manifestó él, e hizo una pausa-. Tú podrías ser Rachelle. Yo… no lo sabemos.

Monique se puso de pie. Thomas no sabría decir si estaba ofendida o solo asombrada.

– ¿Y cómo diablos llegaste a esa conclusión?

– Tienes una cortada de papel en tu índice derecho. Lo sé porque Rachelle despertó con una cortada hecha por un papel en su dedo índice derecho. Si tú y Rachelle no son las mismas, al menos Rachelle está participando de tus experiencias.

Monique levantó el dedo y observó la minúscula marca roja. Luego bajó la mano y miró lentamente a Thomas.

– Tu esposa está en peligro.

El pasador de la puerta se abrió de repente. Monique abrió bien los ojos y los movió por sobre el hombro de él.

***

MIKE OREAR había estado seguro de que Theresa reaccionaba de forma exagerada. Ella había sido la que más sufrió de frente la amenaza del virus y salió tambaleándose. El no dudaba de ninguno de los datos de ella. Era verdad, un hombre llamado Valborg Svensson había liberado un virus que mutó de la vacuna Raison. El virus era indudablemente peligrosísimo y mataría a millones, quizás miles de millones, si no lo detenían. Pero lo detendrían. El mundo no se acababa solo porque algún grupo de anormales pusiera las manos en un frasquito de gérmenes. La vida de Mike no se acabaría solo porque Svensson o quienes lo manipularan quisieran algunas bombas nucleares. Sencillamente, las cosas no funcionaban así.

Eso fue hace tres días. En total estaban a dieciocho del final, días más o días menos, si creían en los modelos de los CDC. Ahora quedaban quince días, y Mike Orear se estaba convirtiendo a la religión de temor de Theresa.

Se hallaba en su oficina y analizaba el despliegue de notas legales frente a él. Todas increpaban lo mismo, y él sabía por qué increpaban, pero también sabía que en alguna parte había una equivocación. Debía haberla. Simplemente tenía que haberla.

Había hablado con Theresa una docena de veces en los últimos tres días, y en cada ocasión él quiso saber si alguien había avanzado algo en un antivirus, esperando que al fin ella respondiera afirmativamente; que dijera que uno de los laboratorios de Hong Kong, de Suiza o de la UCLA había logrado un progreso.

Pero ella no lo hacía. Al contrario, los laboratorios que trabajaban en el problema sabían que sería muy poco probable hallar algún antivirus en menos de dos meses.

La mañana del día anterior los teletipos dieron la noticia de un estallido sumamente infeccioso de una vacuna viral mutada, apodada Variedad Raison, sobre una pequeña isla al sur de Java, y los teletipos estaban que ardían. Los habitantes de la isla apenas eran doscientos mil, pero no había aeropuerto y habían suspendido el servicio de barcazas transportadoras. La isla se hallaba aislada y el virus contenido. No se habían hecho más envíos de la vacuna.

Dada la naturaleza del virus, la Organización Mundial de la Salud, junto con los Centros para el Control de Enfermedades, habían aportado fondos ilimitados y enormes recompensas por un antivirus que salvara a las doscientas mil personas que de otro modo morirían en menos de tres semanas. El gobierno estaba ofreciendo contratos para dejar libres a todos los principales laboratorios del país. La asistencia médica comunitaria se había enfurecido.

Una pista falsa, pensó Mike, sin duda una pista falsa. Aun así, las cadenas reportaban una versión atenuada de la historia. Comprendían la amenaza del pánico y jugaban limpio.

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