Kim Robinson - Marte rojo

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Siglo XXI. Durante eones, las tormentas de arena han barrido el estéril y desolado paisaje del planeta rojo. Ahora, en el año 2026, cien colonos, cincuenta mujeres y cincuenta hombres, viajan a Marte para dominar ese clima hostil. Tienen como misión la terraformación de Marte, y como lema: “Si el hombre no se puede adaptar a Marte, hay que adaptar Marte al hombre”. Espejos en órbita reflejarán la luz sobre la superficie del planeta. En las capas polares se esparcirá un polvo negro que fundirá el hielo. Y grandes túneles, de kilómetros de profundidad, atravesarán el manto marciano para dar salida a gases calientes. En este escenario épico, habrá amores y amistades y rivalidades, pues algunos lucharán hasta la muerte para evitar que el planeta rojo cambie.

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Era un día oscuro. El viento arrastraba nubes de arena parda. Otra tormenta de polvo, no cabía duda. Las temperaturas caían. Sax frunció la nariz cuando una voz en la radio afirmó que estaba levantándose una tormenta planetaria. Sin embargo, Michel estaba contento. Significaba que también podrían viajar de día, lo que reduciría a la mitad la duración del viaje.

De modo que junto con Kasei comenzó a conducir sin parar, en turnos de tres horas, seguidos de media hora de descanso. Otro día y dejaron atrás Compton Break y entraron al fin en las paredes estrechas de Ius Chasma.

Ius era el más estrecho de los cañones del sistema Marineris sólo tenía veinticinco kilómetros de ancho cuando salía de Compton Break, y separaba Sinai Planum de Tithania Catena. Las redes laterales tenían tres kilómetros de alto: una gigantesca hendidura larga y angosta, visible sólo a veces entre nubes de polvo en movimiento. A lo largo de todo aquel lóbrego día continuaron por una ruta llana aunque salpicada de rocas. En el rover todos estaban en silencio, y mantuvieron bajo el volumen de la radio; la estática era irritante. En las vistas que proporcionaban las cámaras sólo se veía el polvo que los dejaba atrás, y tenían la impresión de que apenas se movían. Otras veces parecía como si marcharan de costado. Conducir era agotador; Simón y Sax relevaron a Michel y a Kasei. Ann seguía sin hablar. Sax condujo con un ojo en la pantalla de su IA, que le proporcionaba lecturas atmosféricas. Desde el otro lado del coche, Ann pudo ver que la IA indicaba que el impacto de Fobos estaba espesando la atmósfera, un incremento de cincuenta milibares, extraordinario. Y los cráteres recientes todavía emitían gases. Sax comentó ese cambio con una mueca de satisfacción, ajeno a la muerte y la destrucción que la acompañaban. Advirtió la mirada colérica de Ann y dijo: —Supongo que es como en la antigüedad—. Estuvo a punto de añadir algo más, pero Simón lo hizo callar con una mirada de reojo.

En el otro vehículo, Maya y Frank pasaban las horas ante la radio y haciendo preguntas a Michel sobre la colonia oculta, o discutiendo con Sax los nuevos cambios físicos, o especulando sobre la guerra. Discutiendo interminablemente, intentando encontrarle algún sentido, entender qué había pasado. Hablando, hablando, hablando. El Día del Juicio Final, cuando vivos y muertos caminaran juntos, Maya y Frank seguirían hablando, tratando de entender.

En la tercera noche, bajaron por el extremo inferior de Ius y llegaron a una larga aleta lemniscata que dividía el cañón. Siguieron la autopista de Marineris por la bifurcación sur. En la hora que precede al alba vieron algunas nubes en lo alto, y luego la claridad fue mucho más viva que en los días anteriores. Eso bastó para que buscaran donde esconderse. Se detuvieron junto a un montón de rocas apiladas contra la pared sur y se reunieron en el coche de vanguardia para pasar el día.

Desde allí alcanzaban a ver la ancha extensión de Melas Chasma, el cañón más grande. La roca de Ius era áspera y oscura comparada con el suelo de Melas, liso y rojo. A Ann le parecía imposible que las rocas de los dos cañones procedieran de las antiguas placas tectónicas, que en un tiempo se habían desplazado juntas y ahora estaban yuxtapuestas para siempre.

No se movieron en todo aquel largo día, tensos, extenuados, las caras tiznadas por la ubicua arena roja de la tormenta. A veces había nubes, a veces neblina, a veces súbitos claros.

A media tarde, sin previa advertencia, el rover se sacudió. Sobresaltados, corrieron a mirar los monitores. La cámara trasera del rover enfocaba Ius, y Sax señaló la pantalla.

—Escarcha —dijo—. Me pregunto si…

La cámara mostró el vapor de escarcha espesa que bajaba por el cañón hacia ellos. La autopista corría allí afortunadamente por el terreno elevado de la bifurcación sur de Ius; con un bramido que sacudió al rover, el suelo del cañón desapareció de pronto, cubierto por un muro bajo de aguas negras y espumas blanquecinas. Era una fuerza irresistible de pedazos de hielo, rocas, espuma, barro y agua, una masa rugiente que se precipitaba por el centro del cañón.

Debajo de la autopista, el suelo del cañón tenía unos quince kilómetros de ancho. La inundación cubrió todo ese espacio en unos pocos minutos, y empezó a subir por un largo talud que nacía de la pared del acantilado frente a ellos. La superficie de la crecida se aquietó al tropezar con ese dique, y mientras miraban se congeló y solidificó: un grumoso y descolorido caos de hielo, extrañamente inmóvil. Entonces pudieron oírse gritando por encima de los estampidos y explosiones y del omnipresente fragor, pero no había nada que decir. Mudos de asombro, sólo pudieron mirar por las ventanillas bajas o por las pantallas. El vapor de escarcha que se elevaba de la corriente se convirtió en una niebla ligera. Pero no más de quince minutos después, el extremo inferior del lago de hielo estalló y se desgarró en una oleada de agua negra y humeante que hizo pedazos el dique del talud, con el rugido explosivo de una avalancha de rocas. La inundación avanzó de nuevo cañón abajo hasta perderse de vista en la gran pendiente que descendía de Ius a Melas Chasma.

Ahora había un río que corría por el Valle Marineris, un torrente ancho, humeante y cuajado de hielo. Ann había visto vídeos de las inundaciones del norte, pero era la primera vez que observaba una directamente. El mismo paisaje hablaba ahora en una especie de glosolalia. El bramido rudimentario destrozaba el aire y le sacudía el estómago como desgarrando la materia misma del mundo. Y también era un caos visual, un torrente de torbellinos y corrientes que subían y bajaban, oscuros y claros, desconcertantes y vertiginosos. Ann no alcanzaba a entender lo que decían sus compañeros. No soportaba mirar a Sax, aunque al menos lo comprendía. Él intentaba escondérselo, pero era evidente que estaba excitado. El hieratismo de Sax enmascaraba una naturaleza apasionada; ella siempre lo había sabido. Ahora se lo veía muy sonrojado, como si tuviera fiebre, y esquivaba los ojos de Ann, sabía que a ella no podía mentirle. Ella lo despreciaba por esta actitud siempre esquiva, y porque se pasaba las horas delante de los monitores… en realidad no había mirado ni una sola vez por las ventanillas para ver la inundación con sus propios ojos. Las cámaras ofrecían una vista mejor, dijo con suavidad cuando Michel lo instó a echar un vistazo. Y después de observar sólo durante media hora la primera embestida de la inundación en los televisores, había vuelto a la pantalla de su IA. El agua se precipitaba por Ius, se congelaba, reventaba y volvía a correr cañón abajo; sin duda para desembocar en Melas. Que hubiera allí suficiente agua como para que llegara a Coprates, y luego bajara a Capri y Eos, y luego a Aureum Chaos… parecía improbable a primera vista, pero el acuífero Compton era grande, uno de los más grandes jamás encontrados. Era muy posible que Marineris hubiera nacido de surgimientos tempranos del mismo acuífero, y la Protuberancia de Tharsis nunca había dejado de emitir nubes de gases… Se descubrió tendida en el suelo del rover, observando la inundación y tratando de comprenderla. Sólo como una manera de concentrarse mejor en lo que veía, de rescatarlo de todo aquel sinsentido, intentó calcular mentalmente el caudal de la inundación. Estaba fascinada: aquello había sucedido en Marte mucho antes, miles de millones de años atrás, y sin duda de la misma manera. Había señales de inundaciones catastróficas todo alrededor: playas escalonadas en terrazas, islas lemniscatas, lechos de canales, tierras costrosas… Y los antiguos acuíferos reventados habían vuelto a llenarse con el agua que ascendía de Tharsis, y el calor y las emisiones de gas vinieron después. Tenía que haber sido muy lento… pero en dos mil millones de años…

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