Kim Robinson - Marte rojo

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Siglo XXI. Durante eones, las tormentas de arena han barrido el estéril y desolado paisaje del planeta rojo. Ahora, en el año 2026, cien colonos, cincuenta mujeres y cincuenta hombres, viajan a Marte para dominar ese clima hostil. Tienen como misión la terraformación de Marte, y como lema: “Si el hombre no se puede adaptar a Marte, hay que adaptar Marte al hombre”. Espejos en órbita reflejarán la luz sobre la superficie del planeta. En las capas polares se esparcirá un polvo negro que fundirá el hielo. Y grandes túneles, de kilómetros de profundidad, atravesarán el manto marciano para dar salida a gases calientes. En este escenario épico, habrá amores y amistades y rivalidades, pues algunos lucharán hasta la muerte para evitar que el planeta rojo cambie.

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Así que puso a todos en movimiento. Cargaron dos coches y de nuevo partieron hacia el sur a través de las grandes y onduladas planicies de Margaritifer Sinus. Libres de las restricciones de Marineris, avanzaron cientos de kilómetros cada noche y durmieron de día, y en un viaje casi silencioso de varias jornadas pasaron entre Argyre y Hellas, a través de la interminable zona de cráteres de las tierras altas del sur. Empezó a parecer que nunca habían hecho otra cosa que conducir esos pequeños vehículos, que el viaje duraría para siempre.

Pero una noche entraron en el terreno estratificado de la región Polar, y cerca del amanecer el horizonte brilló, y luego fue una estrecha franja blanca que se ensanchó y convirtió en un acantilado blanco. El casquete polar sur, evidentemente. Michel y Kasei ocuparon los dos asientos del conductor y conferenciaron en voz baja. Avanzaron hasta que alcanzaron el acantilado blanco y continuaron sobre la costra de arena congelada bajo la mole de hielo. El acantilado era un enorme saliente, como una ola detenida en el momento de romper contra la playa. Había un túnel excavado en el hielo de la base, y de él salió una figura que guió los rovers hacia el interior.

El túnel los condujo a través del hielo al menos por un kilómetro; parecía bajo de techo y bastante ancho como para dos o tres rovers. El hielo estratificado de alrededor era de un blanco inmaculado. Pasaron por dos antecámaras, y en la tercera Michel y Kasei detuvieron los rovers, abrieron las antecámaras y salieron. Maya, Nadia, Sax, Simon y Ann bajaron detrás. Cruzaron la puerta de una antecámara y marcharon en silencio hasta que llegaron a la salida del túnel y todos se detuvieron, paralizados.

Arriba había una enorme cúpula de centelleante hielo blanco; era como si estuvieran debajo de un gigantesco ateneo invertido: la cúpula tenía varios kilómetros de diámetro y por lo menos un kilómetro de altura, quizá más; se dilataba bruscamente en la periferia y luego se curvaba en el centro. La luz era difusa como en un día nublado, y parecía venir de la misma cúpula, blanca y refulgente.

El suelo era de arena rojiza ligeramente apisonada, herbosa en las hondonadas, con bosques de pinos y bambúes. A la derecha había algunas lomas, y en esas pequeñas colinas había un pueblito, con casas de una y dos plantas pintadas de blanco y azul, entremezcladas con grandes árboles que albergaban cuartos de bambú y escaleras.

Michel y Kasei avanzaban hacia ese pueblo, y la mujer que había guiado los coches a la antecámara del túnel corría delante, gritando: —¡Han llegado! ¡Han llegado!—. Bajo el extremo lejano de la cúpula había un lago cubierto por una tenue capa de vapor, surcado por olas que rompían en la orilla cercana. Del otro lado se alzaba la masa azul de un Rickover que se reflejaba sobre el agua blanca. Ráfagas de frío y viento húmedo les mordisqueaban las orejas.

Michel regresó y puso en movimiento a sus amigos, estaban de pie como estatuas.

—Vamos, hace frío fuera —comentó con una sonrisa—. Una capa de hielo recubre la cúpula, y hay que mantener el aire por debajo todo el tiempo.

La gente salía de las casas gritando. Junto al pequeño lago apareció un hombre joven que corría hacia ellos, avanzando por las dunas a grandes saltos, como una gacela. A pesar de los años que llevaban en Marte, para los primeros cien una carrera voladora todavía tenía un aire de ensueño; pasó un rato antes de que Simón aferrara el brazo de Ann y gritara:

—¡Es Peter! ¡Es Peter!

—Peter —dijo ella.Y entonces se encontraron entre un montón de gente, muchos jóvenes desconocidos, pero por doquier había rostros familiares que se abrían paso hasta el centro: Hiroko, Iwao, Raúl, Rya, Gene, Peter que se arrojo a los brazos de Ann y Simon, y también estaban Vlad, Úrsula, Marina y varios más del grupo de Acheron, todos arracimados alrededor, alargando las manos para tocarlos.

—¿Qué lugar es éste? —gritó Maya.

—Es nuestra casa —le dijo Hiroko—. Aquí es donde todo vuelve a empezar.

Agradecimientos

A Lou Aronica, Gregory Benford, Adam Bridge, Michael H. Carr, Roben Craddock, Bruce Faust, Bill Fisher, Hal Handley, Jennifer Hershey, Cecilia Holland, Fredric Jameson, Jane Johnson, Steve McDow, Beth Meacham, Tom Meyer, Lisa Nowell, James Edvard Oberg, Ralph Vicinanza y John B. West.

Y muy especialmente a Charles Sheffield.

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