Kim Robinson - Marte rojo

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Siglo XXI. Durante eones, las tormentas de arena han barrido el estéril y desolado paisaje del planeta rojo. Ahora, en el año 2026, cien colonos, cincuenta mujeres y cincuenta hombres, viajan a Marte para dominar ese clima hostil. Tienen como misión la terraformación de Marte, y como lema: “Si el hombre no se puede adaptar a Marte, hay que adaptar Marte al hombre”. Espejos en órbita reflejarán la luz sobre la superficie del planeta. En las capas polares se esparcirá un polvo negro que fundirá el hielo. Y grandes túneles, de kilómetros de profundidad, atravesarán el manto marciano para dar salida a gases calientes. En este escenario épico, habrá amores y amistades y rivalidades, pues algunos lucharán hasta la muerte para evitar que el planeta rojo cambie.

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Tras una incómoda pausa, Kasei dijo:

—Tiene cientos de kilómetros de largo.

—Bueno… ¿no podríamos esperar a que esta inundación pare? Quiero decir, ¿cuánto puede seguir como hasta ahora?

—Varios meses —repuso Ann.

—¿Y no podemos esperar ese tiempo?

—Se nos acaba la comida —explicó Michel.

—Tenemos que continuar —dijo Frank con aspereza—. No seas tonta.

Maya le echó una mirada de fuego y le dio la espalda. De repente el rover pareció demasiado pequeño, como si hubieran metido dentro un grupo de tigres y leones. Simón y Kasei, agobiados por la tensión, se pusieron los trajes y salieron a reconocer el terreno.

Más allá de lo que llamaron Isla Cresta, Coprates se abría como un embudo, con profundas depresiones entre las paredes del cañón. La depresión norte era Capri Chasma, y la del sur, Eos Chasma, continuaba los cañones de Coprates. No tenían otra alternativa que atravesar Eos, pero Michel dijo que de todos modos era el camino que tendrían que haber tomado. Ahí el acantilado sur bajaba un poco al fin, cortado por hondas ensenadas y destrozado por un par de cráteres de meteoritos de buen tamaño. Capri Chasma doblaba hacia el nordeste y se perdía de vista; entre las dos depresiones había una mesa baja y triangular que dividía la inundación en dos. Por desgracia, el grueso del agua desembocaba en Eos, ligeramente más bajo, de modo que aun fuera de los estrechos cañones de Coprates, todavía tenían que apretarse contra la pared del risco y avanzaban despacio, con provisiones de comida y carburantes cada vez más escasas.

Estaban cansados, muy cansados. Hacía veintitrés días que habían escapado de Cairo, ahora 2.500 kilómetros cañón arriba; y en todo ese tiempo habían dormido por turnos y habían conducido casi sin interrupción, envueltos en el fragor de un mundo que se hacía pedazos.

Eran demasiado viejos para eso, como había dicho Maya en más de una ocasión, y tenían los nervios desquiciados; decían tonterías, cometían pequeños errores, dormitaban en cualquier momento.

El reborde por el que iban, entre el risco y la inundación, se convirtió de pronto en un inmenso campo de rocas, deyecciones de cráteres próximos o detritos arrastrados por las aguas. A Ann le pareció como si las ensenadas estriadas que había en el risco sur fueran trabajos de sapa que abrirían cañones tributarios de desagüe; pero no tuvo tiempo de mirar con mucha atención. Parecía a menudo que las rocas iban a bloquear el camino por completo, que después de todos estos días y kilómetros, después de franquear casi totalmente Marineris en medio del cataclismo más violento, iban a quedarse allí retenidos por los últimos derrumbes en la desembocadura de los cañones.

Entonces buscaron un camino y lo encontraron, y al rato no pudieron seguir, y así una vez y otra, día tras día. Redujeron las raciones a la mitad. Ann estaba a menudo al volante, pues parecía menos cansada que los otros. Era una buena conductora, casi tanto como Michel, y ahora siempre quería ayudar, hacer algo, y cuando no conducía, salía a reconocer el camino. Fuera seguía el ruido aturdidor y el suelo que temblaba bajo los pies. Era imposible acostumbrarse, aunque ella trató de pasarlo por alto. La luz del sol atravesaba la niebla y la bruma en amplias manchas mortecinas, y en el crepúsculo y alrededor del sol opaco aparecían hieloiris y parelios, y anillos de luz. A menudo el cielo entero parecía en llamas, una escena del apocalipsis visto por Turner.

Muy pronto también Ann estuvo extenuada. Ahora comprendía a sus compañeros. Michel había sido incapaz de localizar los últimos tres depósitos de suministros; estaban enterrados o anegados, poco importaba. La mitad de las raciones representaban 1.200 calorías diarias, mucho menos de lo que consumían. Falta de comida, falta de sueño; y para Ann al menos, la misma y vieja depresión, implacable como la muerte, que crecía en ella como una negra masa de barro, vapor, hielo.

El camino se hizo más difícil. Un día sólo avanzaron un kilómetro. Al día siguiente pareció que no se movían. Una hilera de grandes rocas eran una especie de línea Maginot marciana. Un plano fractal perfecto, señaló Sax, de 2.7 dimensiones. Nadie se molestó en contestarle.

Kasei descendió y descubrió un paso posible justo en el borde del torrente. Por el momento, toda la inundación estaba congelada, como durante los últimos dos días. Se extendía hasta el horizonte, una superficie revuelta como la del Océano Glacial Ártico, sólo que mucho más sucia, un gran revoltijo de bloques negros, blancos y rojos. Sin embargo, junto a la orilla el hielo era llano, y en muchos sitios transparente. Miraron y comprobaron que era una capa congelada de unos dos metros de profundidad. De modo que bajaron a la orilla y marcharon junto a ella, y cuando encontraban un grupo de rocas, Ann giraba a la izquierda y viajaban sobre la dura capa de hielo. Nadia y Maya se burlaron del temor que esa ruta provocaba en los otros.

—En Siberia conducíamos todo el invierno por los ríos —dijo Nadia—. Eran los caminos mejores.

De modo que durante todo un día Ann marchó por el borde mellado de la inundación y a veces sobre la superficie, y avanzaron ciento sesenta kilómetros, el mejor día en dos semanas.

Cerca del atardecer empezó a nevar. El viento del oeste venía de Coprates y traía unas grandes y arenosas masas de nieve que pasaban velozmente sobre ellos. Llegaron a una avalancha reciente que caía justo sobre el hielo. Las inmensas rocas dispersas le daban el aire de una vecindad abandonada. La luz era gris oscura. A través de ese laberinto necesitaban un guía que fuera delante a pie, y Frank se presentó como voluntario. A esas alturas era el único de ellos al que le quedaba todavía algo de fuerza, más incluso que al joven Kasei; Frank aún hervía con el calor de su cólera, una fuente de combustible que nunca se agotaría.

Caminaba despacio delante del coche, examinaba las rutas posibles y regresaba sacudiendo la cabeza, o indicándole a Ann que continuara. Unos delgados velos de vapor de escarcha se elevaban alrededor hacia la nieve que caía, y se alejaban en ráfagas impulsadas por el poderoso viento de la noche, adentrándose en la oscuridad. Contemplando este sombrío espectáculo, Ann dejó de ver la línea del hielo; el rover subió por una roca redonda y la rueda izquierda trasera quedó en el aire. Ann aceleró para pasar por encima de la roca, pero las ruedas delanteras se hundieron en arena y nieve. Había atascado el rover.

Ya había sucedido otras veces, pero se irritó consigo misma, le había distraído el irrelevante espectáculo del cielo.

—¿Qué diablos haces? —gritó Frank por el intercomunicador. Ann se sobresaltó; nunca se acostumbraría a la cáustica vehemencia de Frank—.

¡Muévete!

—Lo he encallado en una roca —dijo ella.

—¡Maldita seas! ¿Por qué no miras por dónde andas? ¡Ya, para las ruedas, páralas! Pondré unas telas metálicas bajo las ruedas de delante. Cuando salgas de esa roca sube rápido por la pendiente, ¿entendido?

¡Viene otra oleada!

—¡Frank! —gritó Maya—. ¡Entra!

—¡En cuanto coloque las jodidas bandas debajo! ¡Prepárate para acelerar!

Las bandas eran tiras de red metálica que se colocaban debajo del vehículo y luego se estiraban para que las ruedas tuvieran algo que morder. Era un antiguo método del desierto, y Frank corrió alrededor del rover maldiciendo en voz baja y escupiendo órdenes. Ann obedecía con los dientes apretados y el estómago hecho un nudo.

—¡De acuerdo, en marcha! —gritó Frank—. ¡En marcha!

—¡Primero sube al rover! —gritó Ann.

—¡No hay tiempo, vete, ya casi lo tenemos encima! ¡Me agarraré a un lado, vete, maldita sea, vete!

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