Kim Robinson - Marte rojo

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Siglo XXI. Durante eones, las tormentas de arena han barrido el estéril y desolado paisaje del planeta rojo. Ahora, en el año 2026, cien colonos, cincuenta mujeres y cincuenta hombres, viajan a Marte para dominar ese clima hostil. Tienen como misión la terraformación de Marte, y como lema: “Si el hombre no se puede adaptar a Marte, hay que adaptar Marte al hombre”. Espejos en órbita reflejarán la luz sobre la superficie del planeta. En las capas polares se esparcirá un polvo negro que fundirá el hielo. Y grandes túneles, de kilómetros de profundidad, atravesarán el manto marciano para dar salida a gases calientes. En este escenario épico, habrá amores y amistades y rivalidades, pues algunos lucharán hasta la muerte para evitar que el planeta rojo cambie.

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—No, en absoluto. Es sólo que… estamos dejando huellas en la nieve. No sé cuánto van a durar, o si son muy visibles, pero sí… Bueno, por si acaso duran, quiero que abandonemos el coche y hagamos a pie la última parte del camino. Y antes quiero estar seguro de dónde estamos. Hay piedras y dólmenes que nos ayudarían, pero primero tenemos que verlos. Se recortarán en el horizonte; son piedras o columnas un poco más altas.

—Será más fácil localizarlas de día —dijo Simón.

—Cierto. Echaremos un vistazo mañana, y con eso bastará… estaremos en la zona apropiada. Fueron pensadas para ayudar a gente perdida como nosotros. Estaremos bien.

Con la excepción de que sus amigos habían muerto. Su único hijo había muerto. Y su mundo había desaparecido para siempre, tumbada al amanecer junto a las ventanas, Ann intentó imaginarse la vida en el refugio escondido. Bajo tierra durante años y años. No podría hacerlo.

¡Vete, idiota, vete! ¡Maldita seas!

Al alba Kasei soltó un ronco grito de triunfo: en el horizonte septentrional había un trío de piedras erguidas. Un dintel que unía dos columnas, como si un único fragmento de Stonehenge hubiera volado hasta allí. El hogar estaba cerca, dijo Kasei.

Pero primero esperarían a que pasara el día. Michel era cada vez más cauto para evitar la vigilancia de los satélites y quería proseguir de noche. Se acomodaron para dormir un poco.

Ann no pudo dormir. Se sentía fortalecida por una nueva determinación. Cuando los demás cayeron rendidos, Michel roncando felizmente, dormidos todos por primera vez en casi cincuenta horas, se metió en el traje y entró sigilosamente en la antecámara. Miró atrás y los observó: un grupo hambriento y andrajoso. La mano tullida de Nadia asomaba a un lado. Hizo algunos ruidos inevitables al salir de la antecámara, pero todos estaban acostumbrados a dormir en medio de los zumbidos y clics del sistema de soporte vital. Salió sin despertar a nadie.

El frío básico del planeta. Tembló, y se dirigió al oeste, caminando sobre las huellas del rover para que no pudieran seguirla. El sol atravesaba la bruma. La nieve caía de nuevo, teñida de rosa por los rayos del sol. Caminó trabajosamente hasta llegar a una empinada ladera libre de nieve. Hacía mucho frío, y la nieve caía en copos diminutos, probablemente porque los cristales se habían acumulado sobre granos de arena. En la cima de la pequeña colina había una roca baja y ancha. Se sentó al abrigo del viento. Apagó la unidad de calefacción del traje, y cubrió la luz de alarma del ordenador con un poco de nieve.

El frío se agudizó rápidamente. El cielo ahora era de un gris opaco, teñido débilmente de rosa. Los copos se le posaban sobre el visor del casco.

Había dejado de temblar y empezaba a sentir un frío agradable, cuando una bota le pateó con fuerza el casco y sintió que la obligaban a ponerse de rodillas; le zumbaba la cabeza. Una figura enfundada en un traje golpeó violentamente su visor contra el de ella. Luego unas manos como tenazas la agarraron por los hombros y la devolvieron al suelo.

—¡Eh! —gritó Ann con voz débil.

La aferraron por los hombros, la levantaron a la fuerza, le retorcieron hacia atrás el brazo izquierdo, y la obligaron a avanzar. Sintió que la estructura de diamante del traje le calentaba de nuevo la piel. Cada pocos pasos recibía un golpe en el casco.

La figura la llevó directamente al rover, lo que la sorprendió. La empujó a la antecámara y gateó detrás de Ann, cerró y presurizó la cámara y le arrancó el casco y luego se quitó el suyo, y ella vio sorprendida que era Simón, la cara roja; le gritaba, golpeándola todavía, el rostro empapado en lágrimas… Simón, el hombre tranquilo, que ahora le gritaba: —¿Por qué? ¿Por qué? ¡Maldita seas, siempre haces lo mismo, siempre eres tú, tú, tú, aislada en tu mundo, eres tan egoísta. …!—. La voz se elevó hasta convertirse en un gritó de dolor… Simón que jamás decía nada, que nunca alzaba la voz, ahora la golpeaba y le gritaba a la cara, escupiendo literalmente, jadeando; y de repente Ann se sintió furiosa.

¿Por qué no antes, por qué no cuando ella lo había necesitado? ¿Por qué había hecho falta esto para que él despertase? Lo golpeó en medio del pecho con fuerza y él se tambaleó.

—¡Déjame en paz! —le gritó—. ¡Déjame en paz! —Y entonces la angustia la recorrió con un temblor, el gélido estremecimiento de la muerte marciana.— ¿Por qué no me dejaste en paz?

Simón recuperó el equilibrio, se abalanzó hacia ella y la agarró por los hombros, y la sacudió. Ella nunca había advertido que él tuviera manos tan fuertes.

—Porque — gritó Simón, e hizo una pausa para humedecerse los labios y recuperar el aliento-…porque… —Y los ojos se le desorbitaron y el rostro se le ensombreció aún más, como si mil frases se le hubieran atragantado a la vez, y entonces el manso Simón rugió, y la sacudió, y gritó:— ¡Porque no! ¡Porque no! ¡Porque no!

Nevaba. Aunque era temprano por la mañana, apenas había luz. El viento barría a través del caos y arrastraba la cellisca sobre la tierra quebrada. Rocas tan grandes como manzanas de ciudad yacían amontonadas unas junto a otras, y el paisaje se fragmentaba en un millón de pequeños riscos, hondonadas, mesas, picos, crestas… también había unas extrañas barras, torres y piedras que sólo el kami mantenía en equilibrio. Todas las piedras oblicuas o verticales en ese terreno caótico eran todavía oscuras, mientras que las zonas más llanas ya habían sido cubiertas de blanco por la nieve. Las olas y los velos de nieve pasaban veloces y borraban todas las formas.

Entonces dejó de nevar. El viento amainó. Los negros verticales y los blancos horizontales daban al mundo un aspecto desconocido. En el día encapotado no había sombras, y el paisaje brillaba como si la luz se derramara a través de la nieve hasta las nubes bajas y crepusculares. Todo era aguzado y nítido, como cristal tallado.

En el horizonte asomaron unas figuras en movimiento. Aparecieron una a una, hasta que hubo siete en una fila irregular. Avanzaban despacio, los hombros encorvados, los cascos inclinados hacia adelante. Se movían como si fueran sin rumbo. Las dos de vanguardia alzaban la cabeza de vez en cuando, pero no se detenían ni hacían señas indicando el camino.

Las nubes occidentales centellearon como el nácar; única señal en ese día opaco de que el sol empezaba a bajar. Las figuras subieron por una larga loma que emergía del destrozado paisaje.

Tardaron bastante en trepar a la loma. Al fin llegaron a un montículo pedregoso al borde de la cima. Una gran roca de se alzaba allí en el aire sobre seis delgadas columnas de piedra.

Las siete figuras se aproximaron a este megalito. Se detuvieron y lo contemplaron un rato bajo las oscuras y moradas nubes. Luego avanzaron entre las columnas y se colocaron bajo la gran piedra, que se levantaba muy por encima de ellos como un enorme techo. El suelo circular era de piedra tallada y pulida.

Una de las figuras caminó hasta la columna más alejada y la tocó con un dedo. Los otros observaron el caos nevado e inmóvil. Una puerta trampa se deslizó en el suelo y descubrió una abertura. Las figuras se acercaron y una a una bajaron al interior de la loma.

Cuando desaparecieron, los seis delgados pilares comenzaron a hundirse, y el gran dolmen que sostenían en alto descendió sobre ellos. Al fin las columnas desaparecieron y la gran roca descansó sobre la loma como una vasta superficie de piedra. Detrás de las nubes el sol se había puesto, y la luz se desvaneció en la tierra vacía.

Fue Maya quien los obligó a seguir, Maya quien los empujó hacia el sur. El refugio bajo el dolmen sólo era una serie de pequeñas cavernas con alimentos y reservas de gases, aunque por lo demás vacías. Tras unos pocos días que dedicaron a dormir y comer, Maya empezó a quejarse. No era manera de vivir, dijo, sólo una especie de muerte en vida; ¿dónde estaban todos los demás? ¿Dónde estaba Hiroko? Michel y Kasei volvieron a explicarle que la colonia oculta estaba en el sur, que hacia tiempo que se habían mudado allí. Muy bien, dijo Maya, entonces también nosotros iremos al sur. Había otros rovers-roca en el garaje del refugio, viajarían de noche, dijo, y fuera de los cartones estarían a salvo. Además, el refugio ya no era autónomo; las provisiones se agotarían, y tarde o temprano tendrían que irse. Mejor hacerlo bajo la cobertura de la tormenta de polvo. Mejor irse ya.

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