Kim Robinson - Marte rojo

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Siglo XXI. Durante eones, las tormentas de arena han barrido el estéril y desolado paisaje del planeta rojo. Ahora, en el año 2026, cien colonos, cincuenta mujeres y cincuenta hombres, viajan a Marte para dominar ese clima hostil. Tienen como misión la terraformación de Marte, y como lema: “Si el hombre no se puede adaptar a Marte, hay que adaptar Marte al hombre”. Espejos en órbita reflejarán la luz sobre la superficie del planeta. En las capas polares se esparcirá un polvo negro que fundirá el hielo. Y grandes túneles, de kilómetros de profundidad, atravesarán el manto marciano para dar salida a gases calientes. En este escenario épico, habrá amores y amistades y rivalidades, pues algunos lucharán hasta la muerte para evitar que el planeta rojo cambie.

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Siguieron adelante. Frank, Maya, Simón y Nadia estaban detrás de Michel y Kasei, mirando mientras conducían. Sax se quedo ante la pantalla, estirándose como un gato y observando con ojos de miope las minúsculas imágenes de la inundación. La superficie se calmó un instante, y se congeló, y el estrépito se convirtió en un bramido sordo.

—Es como el Gran Cañón en la escala de un super Himalaya —dijo Sax, al parecer entre dientes, aunque Ann podía oírlo—. El desfiladero Kala Gandaki tiene unos tres kilómetros de profundidad, ¿no es así? Y entre Dhaulagiri y Annapurna sólo hay una separación de cuarenta o cincuenta kilómetros. Llena ese espacio con un caudal como… —No consiguió recordar ninguna inundación comparable.— Me pregunto qué estaría haciendo toda esa agua tan arriba en la Protuberancia Tharsis.

Unos estampidos como de disparos anunciaron otra oleada. La superficie blanca se quebró y se alejó corriente abajo. El ruido los envolvió de nuevo y ahogó todo lo que pensaban o decían, como si el universo vibrara. Un bajo afinándose…

—Se purifica de gases —dijo Ann—. Se purifica de gases.

—Tenía la boca rígida, y sintió en el rostro que no hablaba desde hacía tiempo.

—Tharsis descansa sobre una corriente de magma. La roca sola no podría sostenerse; la protuberancia se habría hundido sin una corriente ascendente del manto.

—Creí que no había manto.

Ella apenas oyó a Sax a través del ruido.

—No, no. —No le importó si Sax la oía o no.— Se ha hecho más lento. Pero las corrientes siguen ahí. Y desde la última gran inundación han vuelto a llenar los acuíferos altos de Tharsis y han mantenido los de Compton en estado líquido. Con el tiempo, las presiones hidrostáticas fueron extremas. Pero con una actividad volcánica menor, y menos impactos de meteoritos, no llegó a estallar. Quizá estuvo lleno mil millones de años.

—¿Crees que Fobos lo hizo estallar?

—Tal vez. Me parece más probable una especie de fusión de reactor.

—¿Sabías que Compton era tan grande? —preguntó Sax.

—Sí.

—Yo no tenía ni idea.

—No.

Ann lo miró. ¿La había oído?

Sí, la había oído. Ocultación de datos… Sax estaba conmocionado, era evidente. No imaginaba ninguna razón que justificara la ocultación de datos. Quizá por eso no se entendían. Sistemas de valores basados en suposiciones muy distintas. Disciplinas científicas independientes.

Sax se aclaró la garganta.

—¿Sabías que era líquido?

—Lo imaginaba. Pero ahora lo sabemos.

La cara de Sax se crispó y puso en pantalla la imagen de la cámara izquierda. Agua negra burbujeante, escombros grises, hielo destrozado, rocas grandes que giraban como dados; olas verticales congeladas que se colapsaban y desaparecían en nubes de vapor de escarcha…

—¡Yo no lo habría hecho así! —exclamó Sax. Ann lo miró, él no apartó la vista de la pantalla.

—Lo sé —dijo ella. Y entonces volvió a estar cansada de hablar, cansada de la inutilidad de las palabras. Nunca había sido diferente: susurros contra el gran bramido del mundo, a medias oídos y menos aun comprendidos.

Cruzaron rápidamente la Puerta de Dover, siguiendo la Rampa de Calais, como Michel llamaba al reborde. Había piedras por doquier y la inundación ya estaba devorando la orilla del reborde. Los fragmentos de las paredes caían delante, detrás y sobre ellos. Era muy posible que cayera una roca mayor y los aplastara como a cucarachas. La perspectiva los preocupaba a todos, y eso le convenía a Ann. Hasta Simón la dejaba en paz, entregado al esfuerzo de navegación o en salidas de reconocimiento con Nadia, Frank o Kasei, contento, pensó Ann, de tener una excusa para alejarse de ella. ¿Y por qué no?

Traqueteaban a un par de kilómetros por hora. Viajaron durante la noche y el día siguientes, aunque había menos neblina y era posible que los vieran desde los satélites. No tenían ninguna otra elección.

Y al fin cruzaron la Puerta de Dover, y Coprates volvió a abrirse delante de ellos. La inundación se desvió algunos kilómetros hacia el norte.

Al anochecer detuvieron el vehículo. Llevaban conduciendo casi cuarenta horas. Se pusieron de pie y se estiraron, movieron los pies, y luego volvieron a sentarse y comieron juntos. Maya, Simón, Michel y Kasei estaban de buen humor, contentos de haber atravesado la Puerta; Sax era el mismo de siempre; Nadia y Frank parecían un poco menos sombríos. La superficie de la inundación estaba congelada de momento, y podían hacerse oír sin desgañitarse. Y así cenaron, concentrados en las pequeñas raciones de comida, hablando sin orden ni concierto.

Durante esa tranquila comida, Ann observó a todos con curiosidad, asombrada de pronto por el espectáculo de la adaptabilidad humana. Allí estaban, cenando y hablando por encima del estruendo sordo que llegaba del norte, como si estuvieran haciendo vida social; podría haber sido cualquier lugar en cualquier época, las caras cansadas animadas por el éxito colectivo, o por el mero placer de comer juntos… mientras fuera de la habitación el mundo destrozado rugía y las avalanchas amenazaban aniquilarlos en cualquier momento. Se le ocurrió que el placer y la estabilidad de los comedores siempre tenían ese telón de fondo, el escenario catastrófico del caos universal; esos momentos de calma eran tan frágiles y fugaces como pompas de jabón, destinados a estallar casi en cuanto se formaban. Grupos de amigos, habitaciones, calles, años, nada duraría. La ilusión de la estabilidad nacía de un esfuerzo concertado por ignorar el caos. Y así comieron, y hablaron, y disfrutaron de la compañía de los otros; así había sido en las cavernas, en la sabana, en las vecindades y en las trincheras en las ciudades, encogidos bajo el bombardeo.

Y por esa razón, en ese momento de la tormenta, Ann Clayborne hizo un esfuerzo. Se levantó y se dirigió a la mesa. Recogió el plato de Sax, y luego el de Nadia y el de Simón. Llevó los platos a la pequeña pila de magnesio, y mientras los fregaba sintió que la garganta se le distendía; habló entonces y la voz le salió como un graznido, pero con esa pequeña hebra había ayudado a tejer la ilusión humana.

—¡Una noche tormentosa! —le dijo Michel secando los platos junto a ella, sonriendo—. ¡Una noche en verdad tormentosa!

A la mañana siguiente despertó antes que los demás, y observó los rostros de sus compañeros dormidos: sucios, hinchados, con las negras mordeduras de la escarcha, las bocas abiertas en un sueño de completa extenuación. Parecían muertos. Y ella no había intentado ayudarlos. Había sido una carga para el grupo; cada vez que entraban al coche habían tenido que pasar por encima de la loca que yacía en el suelo, y se negaba a hablar, y lloraba día y noche. ¡Justo lo que necesitaban!

Avergonzada, se levantó y trabajó en silencio ordenando el cuarto y la zona del conductor. Y ese día estuvo seis horas al volante. Terminó exhausta; pero llegaron sanos y salvos al otro lado de la Puerta de Dover.

Sin embargo, los problemas no habían terminado. Coprates se había abierto un poco, sí, y la pared sur resistía. Pero en esta zona había una cresta larga, una isla ahora, que bajaba por el centro del cañón y lo dividía en dos; y por desgracia el canal del sur era más bajo que el del norte, de modo que el grueso de la inundación fluía por él, y los obligaba a aplastarse contra los riscos. Por suerte la terraza del reborde tenía aquí unos cinco kilómetros de ancho, aunque con el torrente tan cerca a la izquierda, y con los careados riscos a la derecha, nunca se sentían fuera de peligro.

Un día Maya dio un puñetazo sobre la mesa.

—¿No podríamos esperar a que la inundación arranque la isla y se la lleve?

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