Kim Robinson - Marte rojo

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Siglo XXI. Durante eones, las tormentas de arena han barrido el estéril y desolado paisaje del planeta rojo. Ahora, en el año 2026, cien colonos, cincuenta mujeres y cincuenta hombres, viajan a Marte para dominar ese clima hostil. Tienen como misión la terraformación de Marte, y como lema: “Si el hombre no se puede adaptar a Marte, hay que adaptar Marte al hombre”. Espejos en órbita reflejarán la luz sobre la superficie del planeta. En las capas polares se esparcirá un polvo negro que fundirá el hielo. Y grandes túneles, de kilómetros de profundidad, atravesarán el manto marciano para dar salida a gases calientes. En este escenario épico, habrá amores y amistades y rivalidades, pues algunos lucharán hasta la muerte para evitar que el planeta rojo cambie.

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Y ahora había sucedido. No podía creerlo. Sacó la caja del bolsillo de la pierna. Fobos subía a toda velocidad por el horizonte occidental, como una patata gris. El sol acababa de ponerse y el resplandor rojizo era tan intenso que parecía como si estuviera envuelto en su propia sangre, como si fuera una criatura tan pequeña como una célula, mientras alrededor los vientos barrían un plasma polvoriento. Había cohetes aterrizando al norte de la ciudad. Los espejos del crepúsculo brillaban en el cielo como un cúmulo de estrellas vespertinas. Un cielo alborotado. Pronto descenderían naves de la UN.

Fobos cruzaba el ciclo cada cuatro horas y cuarto; no tuvo que esperar mucho. Había subido como una media luna, y ahora, casi llena, a medio camino del cénit, corría a través del cielo coagulado. Pudo distinguir un débil punto de luz dentro del disco gris: las bóvedas de los dos pequeños cráteres Semenov y Leveikin. Alzó el transmisor y tecleó el código de ignición: MÁNGALA. Era tan simple como utilizar un telecomando cualquiera.

Una luz brillante llameó en el borde del pequeño disco gris. Las dos débiles luces se apagaron. La luz brillante resplandeció todavía más.

¿Percibirían la deceleración? Probablemente no, pero ya estaba ocurriendo.

Había empezado la caída de Fobos.

De vuelta en Cairo descubrió que las noticias se habían extendido. El brillante resplandor había llamado la atención de todos, y después, por costumbre, se habían agrupado ante las pantallas apagadas de los televisores y habían discutido lo que había pasado. Nadia dejó atrás un grupo tras otro, y oyó a la gente que decía: —¡Han atacado Fobos! ¡Han atacado Fobos!—. Y alguien rió: —¡Lo han acercado al límite de Roche!

Nadia pensó que se había extraviado en la medina, pero de pronto se encontró delante de las oficinas de la ciudad. Maya estaba fuera.

—¡Eh, Nadia! —gritó—. ¿Viste lo de Fobos?

—Sí.

—¡Roger dice que cuando estuvieron allí arriba en el año Uno pusieron dentro un sistema de explosivos y cohetes! ¿Te habló alguna vez Arkadi?

—Sí.

Entraron en las oficinas, Maya pensando en voz alta:

—Si consiguen frenarlo, bajará. Me pregunto dónde. Aquí estamos demasiado cerca del ecuador.

—Seguramente estallará y caerá sobre un montón de lugares.

—Es cierto. Me pregunto qué pensará Sax del asunto.

Encontraron a Sax y a Frank juntos delante de una pantalla, Yeli, Ann y Simón delante de otra. Un telescopio satélite de la UNOMA rastreaba a Fobos, y Sax medía la velocidad de la luna a través del paisaje marciano. En la imagen de la pantalla, la cúpula de Stickney brillaba como un huevo de Fabergé, pero unos fogonazos blancos de deyecciones y gases veteaban el borde frontal.

—Miren lo equilibrada que es la propulsión —dijo Sax a nadie en particular—. Una propulsión demasiado brusca y se habría despedazado. Y una desequilibrada lo habría hecho rotar fuera de control.

—Veo señales de impulsos laterales de estabilización —anunció su IA.

—Toberas de posición —dijo Sax—. Convirtieron Fobos en un gran cohete.

—Lo hicieron el primer año —dijo Nadia. No estaba segura de por qué hablaba, aún le parecía que estaba viéndose desde fuera—. Gran parte del grupo de Fobos procedía de los sistemas de cohetería y dirección. Procesaron las vetas de hielo, las transformaron en oxigeno y deuterio, y los almacenaron en columnas dentro del condrito. Los motores y el complejo de control los enterraron en el centro.

—Así que es un gran cohete. —Sax asentía mientras tecleaba—. Período de Fobos, 27.547 segundos. Avanza… a unos 2.146 kilómetros por segundo, y para caer necesita desacelerar a… a 1561 kilómetros por segundo. Por lo tanto, 585 kilómetros por segundo más despacio. Para una masa como la de Fobos… caramba. Es un montón de combustible.

—¿A cuánto ha descendido ya? —preguntó Frank. Tenía una expresión sombría, las mandíbulas apretadas… Furioso, notó Nadia, por no ser capaz de prever qué pasaría ahora.

—Más o menos uno punto siete. Y esos grandes propulsores todavía arden. Caerá. Pero no en una sola pieza. El descenso la destruirá, estoy seguro.

—¿El límite de Roche?

—No, por la presión del aerofrenado, y todos esos depósitos de combustible vacíos…

—¿Qué ha pasado con la gente que había allí? —preguntó Nadia con aire ausente.

—Alguien dijo que parecía como si toda la población se hubiera tirado en paracaídas. No quedó nadie para frenarlo.

—Bien —dijo Nadia, dejándose caer en el sillón.

—Entonces, ¿cuándo caerá? —preguntó Frank. Sax parpadeó.

—Imposible saberlo. Depende de cuándo se desintegre y cómo. Pero creo que muy pronto. En el plazo de un día. Y entonces habrá una franja a lo largo del ecuador, probablemente muy extensa, que estará en apuros. Habrá toda una lluvia de meteoritos.

—Eso limpiará parte del cable —dijo Simón débilmente.

Estaba sentado junto a Ann y la miraba con preocupación. Ella observaba la pantalla de Simón con aire inexpresivo. Todavía no habían tenido noticias de Peter. ¿Era eso mejor o peor que un montón de hollín, que un nombre en código de puntos apareciendo en un ordenador de muñeca? Mejor, decidió Nadia. Pero también muy duro.

—Miren —dijo Sax—. Se está desintegrando.

La cámara telescópica del satélite mostró la cúpula sobre Stickney que estallaba en grandes fragmentos, y las líneas de cráteres que se abrían y vomitaban polvo. Luego el pequeño mundo que parecía una patata floreció y se desintegró en pedazos irregulares. Media docena de los grandes se alejaron despacio, el mayor por delante. Un fragmento se desvió a un costado, al parecer impulsado todavía por uno de los cohetes del interior de la luna. El resto de las rocas se diseminó, cada una cayendo a diferente velocidad.

—Bueno, me parece que estamos en la línea de fuego —dijo Sax alzando la cabeza y mirando—. Los fragmentos más grandes pronto entrarán en la atmósfera superior y entonces todo sucederá muy deprisa.

—¿Puedes determinar donde?

—No, hay demasiadas incógnitas. A lo largo del ecuador, eso es todo. Quizá estamos bastante al sur como para que no nos alcance directamente, pero habrá efectos de dispersión.

—La gente en el ecuador tendría que desplazarse hacia el norte o hacia el sur —dijo Maya.

—Es probable que ya lo sepan. En cualquier caso, la caída del cable ya habrá despejado la zona.

Frank recorría inquieto la sala. Al fin, no pudo contenerse, regresó al monitor y envió una secuencia de breves y mordaces mensajes. Uno obtuvo respuesta y Frank bufó:

—Disponemos de un período de gracia. La policía de la UN no bajará hasta que haya caído toda esa mierda. Después, se lanzarán como halcones sobre nosotros. Aseguran que la orden que inició las explosiones en Fobos partió de aquí, y están cansados de que una ciudad neutral esté al servicio de la insurrección.

—De modo que esperarán al fin de la caída —dijo Sax.

Entró en la red de la UNOMA y consiguió una imagen de radar compuesta de fragmentos. Después de eso había poco que hacer. Se sentaron; se levantaron y dieron vueltas; miraron las pantallas; comieron pizza fría; dormitaron. Nadia esperaba encorvada sobre el vientre.

Cerca de la medianoche y en el lapso marciano, algo en las pantallas atrajo la atención de Sax: tecleando furiosamente en los canales de Frank, consiguió conectar con el observatorio del Monte Olimpo. Allí faltaba poco para el amanecer y una de las cámaras del observatorio transmitió una imagen del horizonte sur: la curvatura negra del planeta bloqueaba las estrellas. Unos meteoritos centellearon mientras caían oblicuamente en el cielo occidental, veloces y brillantes como rayos recios, o titánicas balas rastreadoras. Se dispersaban en el este y estallaban justo antes impacto, dejando manchas fosforescentes en cada punto de colisión, como minúsculas explosiones nucleares. En menos de diez segundos el ataque había terminado. Una línea de refulgentes burbujas amarillas punteaban el campo oscuro.

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