Kim Robinson - Marte rojo

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Siglo XXI. Durante eones, las tormentas de arena han barrido el estéril y desolado paisaje del planeta rojo. Ahora, en el año 2026, cien colonos, cincuenta mujeres y cincuenta hombres, viajan a Marte para dominar ese clima hostil. Tienen como misión la terraformación de Marte, y como lema: “Si el hombre no se puede adaptar a Marte, hay que adaptar Marte al hombre”. Espejos en órbita reflejarán la luz sobre la superficie del planeta. En las capas polares se esparcirá un polvo negro que fundirá el hielo. Y grandes túneles, de kilómetros de profundidad, atravesarán el manto marciano para dar salida a gases calientes. En este escenario épico, habrá amores y amistades y rivalidades, pues algunos lucharán hasta la muerte para evitar que el planeta rojo cambie.

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Se encaminaron a las oficinas de la ciudad y allí encontraron a Frank y a Maya, y también a Mary Dunkel y a Spencer Jackson. Frank estaba ocupado ante una pantalla, al parecer hablando con alguien en órbita, y desechó con un ademán los abrazos de los viajeros, aunque poco después los saludó agitando una mano. Según parecía, estaba conectado a un sistema de comunicaciones, o quizá a más de uno, pues no dejó de hablar durante las siguientes seis horas, y sólo se detuvo para beber agua o hacer otra llamada, sin volverse nunca hacia sus viejos compañeros. Parecía poseído por una furia permanente, la mandíbula tensa y luego relajada y luego tensa otra vez. En verdad estaba en su elemento: daba explicaciones y conferencias, halagaba y amenazaba, hacía preguntas y después comentaba con impaciencia las respuestas. En otras otras llevaba los negocios y las transacciones al viejo estilo, pero con un filo airado, amargado, incluso asustado, como si hubiera caminado más allá del borde de un abismo y negociara ahora la vuelta a tierra firme.

Cuando por fin cortó, se reclinó en la silla y suspiró. Luego se levantó tiesamente, se acercó a saludarlos, y apoyó un instante una mano en el hombro de Nadia. Aparte de eso, estuvo muy brusco y no mostró ningún interés por averiguar como habían conseguido llegar a Cairo. Sólo quería saber a quiénes habían visto, cómo les iba a esos grupos desperdigados y qué intenciones tenían. Una o dos veces volvió a la pantalla y se puso en contacto inmediato con esos grupos, una capacidad que asombró a los viajeros; habían dado por hecho que todo el mundo estaba tan aislado como ellos.

—Enlaces de la UNOMA —explicó Frank, pasándose una mano por la cetrina mandíbula—. Mantienen abiertos para mí algunos canales.

—¿Por qué? —preguntó Sax.

—Porque intento detener lo que pasa. Estoy tratando de conseguir un alto el fuego, luego una amnistía general y después la reconstrucción con la colaboración de todos.

—¿Bajo la dirección de quién?

—De la UNOMA, por supuesto. Y de las oficinas nacionales.

—Pero la UNOMA sólo acepta el alto el fuego —aventuró Sax—.

Mientras que los rebeldes sólo aceptan la amnistía, ¿verdad? Frank asintió.

—Y a ninguno le gusta la reconstrucción con la colaboración de todos. Pero la situación se ha deteriorado demasiado. Otros cuatro acuíferos más han estallado desde que cayó el cable. Todos son ecuatoriales y algunos opinan que es cuestión de causa y efecto. —Ann asintió y Frank pareció complacido.— Tengo la certeza de que los reventaron. Volaron uno en la boca de Chasma Borealis y el caudal está inundando las dunas.

—El peso del casquete polar puede haber aumentado la presión hidrostática —dijo Ann.

—¿Sabes algo del grupo de Acheron? —preguntó Sax a Frank.

—No. Han desaparecido. Temo que hayan corrido la suerte de Arkadi. —Miró a Nadia y frunció los labios en una mueca de tristeza.— Tengo que volver al trabajo.

—Pero ¿qué pasa en la Tierra? —preguntó Ann—. ¿Qué dice la UN?

—«Marte no es una nación, sino una fuente de recursos para el mundo» —citó Frank con ironía—. Dicen que no se puede permitir que la pequeña fracción que vive aquí controle los recursos que necesitan en la Tierra.

—Seguramente tienen razón —se oyó decir Nadia. La voz le salió ronca, como un graznido. Como si llevara días sin hablar. Frank se encogió de hombros.

—Por eso han dado carta blanca a las transnacionales —indicó Sax—. Me parece que aquí hay más agentes de las transnacs que policía de la UN.

—Así es. La UN tardó bastante en desplegar sus fuerzas de paz.

—No les importa que otros hagan el trabajo sucio.

—Desde luego que no.

—¿Y qué pasa con la Tierra? —volvió a preguntar Ann.

—Parece que el Grupo de los Siete empieza a controlar la situación —dijo Frank. Sacudió la cabeza—. Desde aquí es muy difícil saberlo.

Volvió a la pantalla para hacer más llamadas. Los otros fueron a comer, a lavarse, a dormir, a ponerse al día sobre amigos y conocidos, sobre los primeros cien, sobre las noticias de la Tierra. Las banderas de conveniencia habían sido destruidas por los ataques de los desposeídos del sur, pero al parecer las transnacionales habían buscado refugio en el Grupo de los Siete y habían sido acogidas y defendidas con un enorme despliegue militar. El duodécimo intento de cese de las hostilidades se había respetado durante varios días.

Así que disponían de cierto tiempo para intentar recuperarse. Pero cuando pasaron por la sala de comunicaciones, Frank seguía ahí, cada vez más sumido en una furia negra y amarga, abriéndose camino entre lo que parecía una interminable pesadilla de diplomacia microtransmitida, hablando continuamente en un tono urgente, desdeñoso, mordaz. Ya había sobrepasado la fase de engatusar a los demás para que hicieran algo, ahora sólo era un puro ejercicio de voluntad: trataba de mover el mundo sin una palanca, o con la más débil de las palancas, siendo su principal punto de apoyo sus viejos contactos norteamericanos y su relación personal con muchos de los líderes rebeldes, y ambos apoyos estaban casi agotados por los acontecimientos y los apagones de televisión. Y tenían cada vez menos importancia en Marte a medida que las fuerzas de la UNOMA y de las transnacionales capturaban una ciudad tras otra. A Nadia le parecía que Frank intentaba manejar el proceso con la fuerza bruta de la cólera. Se dio cuenta de que no soportaba estar cerca de él; las cosas ya iban bastante mal sin esa bilis negra.

Sax le ayudó a conseguir una conexión con Vega para contactar luego con la Tierra. Eso representaba horas entre transmisión y recepción, pero después de dos largos días, envió cinco mensajes codificados, al Secretario de Estado Wu, y mientras esperaba de noche las respuestas, la gente de Vega se entretuvo con cintas de noticias de la Tierra que ellos no habían visto. Todos esos informes, cuando aludían a la situación marciana, retrataban la insurrección como un trastorno menor provocado por elementos criminales, principalmente los prisioneros escapados de Koroliov, dedicados ahora a una destrucción irracional de la propiedad y que habían matado a muchos civiles inocentes. En esos informes se pasaban con insistencia las imágenes de los guardias congelados y desnudos en el exterior de Koroliov, además de telefotografías de satélite de los acuíferos reventados. Los programas más excépticos mencionaban que esas y otras escenas de Marte las proporcionaba la UNOMA, y algunas cadenas de China y Holanda incluso cuestionaban la veracidad de los comunicados. De todos modos, tampoco daban una explicación alternativa de los sucesos y los medios terranos difundían casi todos la versión transnacional. Cuando Nadia se lo dijo, Frank resopló.

—Pues claro —replicó despectivamente—. Las noticias terranas son transnacionales. —Desconectó el sonido.

Detrás de él, Nadia y Yeli se adelantaron instintivamente en el sofá de bambú, como si eso pudiera ayudarlos a oír mejor la toma silenciosa. Las dos semanas que habían pasado aislados del exterior habían parecido un año, y ahora miraban ansiosos la pantalla y se empapaban de noticias. Yeli se levantó para activar de nuevo el sonido, pero vio que Frank estaba dormido en la silla, con el mentón apoyado en el pecho. Cuando llegó un mensaje del Departamento de Estado, Frank despertó con una sacudida, subió el volumen, miró fijamente las diminutas caras en la pantalla, y replicó con aspereza. Luego cerró los ojos y se durmió otra vez.

Al final de la segunda noche del enlace con Vega, había conseguido que el Secretario Wu prometiera presionar a la UN en Nueva York para que restaurara las comunicaciones y detuviera la acción policial hasta que pudieran evaluar la situación. Wu también trataría de conseguir que las fuerzas transnacionales regresaran a la Tierra, aunque eso, apuntó Frank, sería imposible.

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