John Darnton - Ánima
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– Bien, Félix -dijo-. Suponga que empezamos con esto.
Félix lo miró, dispuesto a complacerlo. Scott hizo una seña con la cabeza en dirección a la gran ventana y la cama con la figura inmóvil que había del otro lado. Trató de mantener el tono de voz tranquilo.
– ¿Por qué no me dice exactamente qué está haciendo mi hijo en este lugar?
El taxi en el que viajaba Kate comenzó a reducir la velocidad en la Tercera Avenida con la calle Veintiocho y, cuando llegaron a la Treinta y dos, marchaba a velocidad de peatón. Confinada detrás de una mampara de plástico a prueba de balas, sentía oleadas de ansiedad que le recorrían el cuerpo.
– ¿Qué sucede? -le gritó al conductor.
Un ruso de edad avanzada que parecía llevar el peso del mundo sobre su cabeza inclinada se volvió y se encogió de hombros.
– ¿Quién sabe? Tal vez haya llegado un tipo importante a la ciudad. O tal vez haya ocurrido un accidente. El hombre se inclinó hacia la derecha, cogió un termo y se sirvió una taza de café humeante. Bebió un trago y luego volvió a mirar a través del parabrisas, indiferente. Kate se sintió invadida de pronto por una sensación de urgencia.
– Pero tengo prisa. ¿No hay otro camino? Esta vez el hombre ni siquiera se volvió.
– Señora, si quiere llegar a Roosevelt Island, sólo hay un camino. Tomo por Queensboro y vuelvo al punto de partida. Si voy por el Triborough hago el doble de recorrido. Mi consejo, inténtelo otro día.
Buscó el teléfono móvil en su bolso. Pulsó el dial de llamada automática al loft de Scott. El teléfono sonó y sonó, exactamente lo que había esperado. ¿A quién más podía llamar? ¿A la policía, a ese sargento… Paganelli? «No-seas absurda, ¿qué esperas, balbucear algo acerca de ambulancias, colores y pacientes desaparecidos y que él deje todo lo que tiene entre manos y te recoja en un coche patrulla y te lleve a Pinegrove para arrestar a Cleaver? ¡Ni en sueños! ¿Saramaggio? No seas ridícula. Ese tío te despidió de tu trabajo. Despedida no, suspendida. Hay una gran diferencia. Por lo que sabes, él podría formar parte de todo eso, sea lo que sea. Y aunque no fuera así, ¿piensas que él te creería? ¿Quién más queda? Nadie.»
Se percató, con una punzada de dolor, de que nunca se había sentido tan completa, abrumadoramente sola. Su corazón se aceleró, y sentía las palmas de las manos húmedas. La sensación dentro del taxi era claustrofóbica, sin espacio para los pies y con las ventanillas cerradas. Abrió una.
Entonces se dio una lección, una de las lecciones de su madre. «En momentos de crisis, debes respirar profundamente, no una vez, sino dos, tres, cuatro veces. Relajarte y pensar con claridad. Visualiza qué es lo que quieres hacer y luego hazlo. Nada de tonterías, nada de demoras, nada de compadecerse de uno mismo. Eso es para los débiles, no para nosotros, que somos de la helada Groenlandia.»
Comprobó el taxímetro, metió la mano en el bolso y encontró un billete de cinco dólares, que lanzó sobre el asiento del conductor.
– Quédese con el cambio -dijo, bajando del taxi.
El hombre se encogió de hombros y bebió otro trago de café.
Caminó dos manzanas y se metió en la boca de metro de la calle Treinta y cuatro. Podía bajarse en la Cincuenta y nueve, caminar un par de manzanas hacia el este y coger el funicular hasta la isla.
En la calle, caminando con un objetivo, haciendo algo, comenzó a sentirse mejor. Su madre siempre sabía lo que había que hacer para salir de un embrollo.
Scott acabó el cigarrillo al mismo tiempo que Félix su historia. El relato había sido desarticulado pero breve y conciso; de hecho, el auxiliar de laboratorio no parecía saber demasiado, más allá de que Tyler era «un paciente muy especial», en palabras de Cleaver, y que el médico parecía estar dispuesto a saltarse todas las reglas para mantenerlo con vida. Félix lo dijo con la ingenua esperanza de que Scott pudiese sentirse agradecido al oírlo.
Luego reconoció su complicidad en haber traído a Tyler desde el St. Catherine. Describió cómo había recibido una llamada de Cleaver a altas horas de la noche, cómo un amigo y él habían ido a Pinegrove a recoger la ambulancia y se habían puesto las chaquetas de médico siguiendo las instrucciones de Cleaver.
– ¿Y no le pareció extraño, tener que salir de ese modo en plena noche? ¿Sacarlo de un hospital que estaba mejor equipado para tratarlo?
Félix se encogió de hombros con una expresión estúpida. De hecho, en aquel momento la situación le había molestado, y por esas mismas razones, aunque había tratado de no pensar demasiado en ello.
– No, no tenía ninguna razón para pensar que algo no estaba bien. Aquí pasan muchas cosas raras.
– ¿Como qué?
Félix le habló de los experimentos, del anciano que se estaba muriendo y de la mujer que afirmaba haberlo visto en el preciso momento de su muerte, aunque ambos estaban separados por toda la extensión del corredor del hospital. Le explicó la teoría de Cleaver acerca del ánima, el asiento del alma, y de su creencia de que residía en una región particular del cerebro donde podía ser registrada y medida como cualquier otra actividad eléctrica.
– ¿Y qué me dice de eso? -Preguntó Scott, haciendo un gesto hacia la máquina y encendiendo otro cigarrillo-. ¿Qué es?
– Es un ERT. -¿Y…?
– Significa estimulador-receptor transcraneal. Se llama así porque interactúa con el cerebro en ambos sentidos, puede estimularlo para enviar mensajes hacia el interior y recibir los mensajes que salen de él.
Se volvió para mirar a Scott, como si el tema estuviese cerrado.
– ¿Y para qué se utiliza? Veo que está diseñado para seres humanos. ¿Lo han usado con personas?
La expresión en el rostro de Félix le confirmó que había dado en el blanco.
– ¿Pacientes? -preguntó Scott, casi sin poder creerlo. Nuevamente, lo supo. Había dado en el blanco, y menudo blanco. Apenas podía creer las profundidades a las que estaba llegando, las cosas monstruosas de las que Cleaver era capaz. Dio una calada al cigarrillo, tranquilamente, como si la conversación girase sobre la cosa más natural del mundo.
Félix dudó, como si se encontrase ante un dilema, y, cuando habló, las palabras salieron de su boca como si finalmente hubiese tomado una decisión.
– Sí, la hemos usado en pacientes. El doctor Cleaver dijo que era por el progreso del conocimiento humano, que algún día el mundo volvería la vista atrás sobre lo que estábamos haciendo y vería realmente de qué se trataba. Algo importante, algo audaz. Y dijo que, de todos modos, los pacientes no se darían cuenta de la diferencia, porque la mayoría de ellos ya estaban muy mal. Y dijo también que no les haría daño y, en cualquier caso, tenía formularios de consentimiento firmados por todos ellos, o sea, que todo era perfectamente legal.
– Comprendo. Y dígame una cosa, Félix, ¿la máquina funcionó? ¿Hubo problemas alguna vez?
– Funcionó.
A Scott no se le pasó por alto que Félix sólo había contestado la primera de las dos preguntas, no parecía dispuesto a hablar de los problemas; pero decidió no insistir en ese tema por el momento. Una nueva e inquietante idea había comenzado a apoderarse de él y no había espacio para nada más.
Volvió a bajar la máscara de un para disfrazar sus pensamientos.
– ¿Alguna vez hizo funcionar usted la máquina, Félix? ¿La utilizó, digamos, con alguien mientras el doctor Cleaver no estaba aquí?
– No.
– Pero sabe cómo hacerlo, ¿verdad? Quiero decir, usted lo ayudó muchas veces, usted estaba aquí cuando él trabajaba con esta máquina.
La respuesta fue un sí a regañadientes.
Scott comenzó a pasearse por la habitación, fumando mientras caminaba. Estaba cogiendo velocidad, como una locomotora que se acerca a una curva colina abajo. -Bien, Félix, a mi modo de ver, y odio tener que ser yo quien se lo diga, está usted un verdadero aprieto. Está metido en un buen lío. Experimentar con pacientes, utilizar a seres humanos como conejillos de Indias… Me pregunto cómo se calificaría esa conducta según la ley; asalto con agravantes, como mínimo. Y eso suponiendo que a ninguno de los pacientes con los que estaban experimentando le quedaran lesiones permanentes, pero ¿quién sabe? Homicidio sin premeditación, tal vez, conspiración para cometer un homicidio; un fiscal inteligente puede cambiar muchas cosas, ¿sabe? Un caso como éste tiene todos los números para convertirse en materia política e implicar al alcalde, incluso al gobernador. Yo diría que le esperan unos cuantos años entre rejas una vez que este caso llegue a la oficina del fiscal del distrito, y la prisión es un lugar donde un individuo como usted no lo pasaría nada bien. -Miró a Félix a los ojos con indiferencia, casi como si realmente no le importase-. Supongo que habrá oído las historias que se cuentan por ahí, no tengo que explicárselas.
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