John Darnton - Ánima
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Quincy lo llamó y cuando el perro no lo obedeció, suspiró y dejó los alicates sobre la mesa. Se levantó, arrastrando las patas de la silla sobre el suelo de madera, y fue a ver qué era lo que estaba molestando al animal.
Al hacerlo pasó junto a la pantalla del ordenador. Le echó un vistazo y lanzó un silbido.
– ¡joder! -dijo, con un tono de auténtico asombro. Cleaver se detuvo de golpe, súbitamente nervioso. -¿Qué ocurre?
– Será mejor que vengas a ver esto.
Cleaver se acercó al escritorio, olvidando por un momento el dolor agudo en el pecho. En la pantalla podía leerse:
TYLER, AHORA VOY. PAPÁ.
Ambos se quedaron un momento en silencio. Quincy fue el primero en hablar.
– ¿Qué interpretación le das?
– Es un mensaje. De su padre. Para él.
– Obviamente. Pero ¿desde dónde? ¿Cómo ha conseguido acceder al sistema? ¿Cómo piensa llegar hasta él, como dice?
Por una vez, Cleaver iba por delante de Quincy. Pero no tenía ganas de explicárselo todo: que él había deducido que, con la ayuda de esa mujer, el padre de Tyler estaba al corriente del experimento, que de alguna manera había conseguido la contraseña, que había ido al laboratorio instalado en el sótano de Pinegrove para tratar de contactar con su hijo, en el sitio que Cleaver había utilizado, y que ahora estaba a punto de embarcarse en un viaje en el interior del ERT, probablemente con la ayuda de Félix.
Cleaver no quería explicarle todo eso porque su propia mente ya corría a toda velocidad por un sendero sinuoso. Era un sendero que estaba plagado de peligros y obstáculos, pero que a su vez -tuvo que admitirlo mientras miraba la máquina-, había estado contemplando durante algún tiempo.
Scott se reclinó en la camilla y sintió el frío de la barandilla metálica en los hombros incluso a través de la camisa. Levantó las manos y las colocó por fuera, apoyándolas a los costados de la máquina. Sus dedos se deslizaron sobre la superficie brillante. No tardó en sentir una pátina de humedad y se dio cuenta de que era su propio sudor. Un indicio más del miedo que lo atenazaba, miedo a deslizarse dentro de la máquina, y la claustrofobia de quedar encerrado en el interior del cilindro metálico. Y luego, por supuesto, había también otro temor que superaba a todo lo demás y en el que ni siquiera quería pensar, temor de lo que pudiera sucederle una vez que su mente fuera extraída del cuerpo y enviada al éter.
Se deshizo de ese pensamiento. En su situación, acostado en la máquina y a punto de ser introducido en ella, a punto de ser atado y quedar indefenso, el miedo era una emoción inútil y sólo podría distraerlo de su misión.
Sus manos. ¿Dónde debería ponerlas? ¿Entrelazadas sobre el pecho como un cadáver en un ataúd? Eso parecía bastante natural.
¿Cómo se llamaba ese lugar que estaba ahí fuera? ¿Universo paralelo? ¿Espacio mental? ¿Purgatorio, acaso? ¿El lugar adonde van a parar las almas perdidas convertidas en famosas por los poetas y los videntes? Muy pronto descubriría lo buenas que eran sus artes adivinatorias.
Félix no le indicaba demasiado bien qué debía hacer, lo cual no sirvió para que Scott se sintiera seguro. Ese hombre era un chapucero, eso había quedado muy claro, y hacía que todo resultara mucho más amenazador. ¿Qué pasaría si Félix hacía algo mal, bajaba la palanca equivocada, giraba el dial erróneo? Entonces Scott jamás viajaría al lugar adecuado, jamás sería capaz de encontrar a Tyler y llegar hasta él para traerlo de vuelta o, si no lo conseguía, al menos estar con él y consolarlo dondequiera que se encontrara.
Scott sentía los costados del casco contra las sienes. No encajaba con facilidad. Félix estaba tratando de colocárselo bien y sus dedos temblaban sin parar. Scott alzó las manos hasta la parte superior del casco y tiró de él hacia abajo con fuerza. Se acomodó limpiamente en su cabeza, como si fuese un jugador de fútbol americano, apretándole las orejas y, en la parte delantera, llegando hasta el borde de las cejas. Olía de una forma extraña, como una mezcla de cuero y sustancias químicas rociadas sobre una hoja de metal.
Ahora Félix estaba tratando de colocarle las cuencas metálicas en los ojos. Cogió el párpado superior del ojo derecho de Scott y lo levantó con la mano aún temblorosa. El mundo se convirtió en una mancha, pero Scott pudo ver el oscuro cuadrado metálico que se aproximaba a su globo ocular.
– Deje que lo haga yo -dijo Scott, apartándole las manos.
No había sido su intención ser brusco. En cierta manera, era consciente de una preocupación que había tratado de reprimir por todos los medios: en pocos minutos estaría a merced de ese asustado ayudante de laboratorio a quien acababa de amenazar con enviarlo a prisión, pero no tenía otra alternativa. Félix era el único que sabía cómo funcionaba esa máquina. Aun así, para Scott pesaba más una sensación de urgencia, y no podía permitirse ninguna demora.
Con mucho cuidado levantó las pestañas, usando la otra mano para bajar el contacto metálico hasta que tocó el globo ocular. El contacto disparó una bola de fuego y luego dardos de un intenso color rojo que perforaron la oscuridad. Colocó la tapa inferior sobre el metal y sintió que el casquete se expandía, cubriendo su ojo ocular tan estrechamente como una huevera y enviando otra lluvia de chispas rojas y amarillas que pasaron delante de su ojo cerrado como una lluvia de meteoros.
Presa del pánico, abrió el otro ojo. Félix se inclinaba sobre él, observándolo atentamente, la boca tensa en una mueca de concentración; Scott podía ver los óvalos oscuros de la nariz e incluso los diminutos pelos interiores que protegían los conductos. Percibió su aliento, rancio, pesado, caliente.
– Ahora vamos con el otro -dijo Scott.
Dio la orden consciente de que no era necesario, para sentir que era él quien controlaba la situación. Pero sus palabras sonaron vacilantes.
Nuevamente, levantó el párpado con los dedos, sintió la pieza de metal que invadía su globo ocular y se expandía hasta cubrirlo por completo y volvió a ver todos esos colores intensos: amarillos, rojos, incluso verdes. Ahora el mundo aparecía negro. Los brazos estaban sujetos a los lados con una gruesa correa que Félix ajustó aún más.
Scott yacía tendido en la camilla: aislado, solo, expuesto y atrapado. Se sentía tan indefenso como un recién nacido envuelto en una manta.
Oía a Félix que se movía alrededor de la máquina. Deseó que hablase, que le explicara lo que estaba haciendo, lo que sucedía. En un momento dado, incluso pensó que lo oía canturrear en voz apenas audible. Luego se dio cuenta de que se trataba del ruido de la máquina.
Oyó los pasos de Félix, que se acercaba a él. El auxiliar de laboratorio estaba de pie a su lado.
– Muy bien -dijo Félix-. Allá vamos.
La camilla comenzó a elevarse y Scott supo que estaba entrando en la boca de la máquina, lo sabía porque, de pronto, los sonidos de la habitación se apagaron como si procedieran de un lugar remoto y alcanzó a oír el remolino de pequeños sonidos resonando en la habitación. Su piel se tensó en el aire ausente. Estaba dentro de un túnel de viento en el que no había viento.
– Creo que es mejor si permanece inmóvil -dijo Félix.
Scott dedujo que estaba hablando en voz alta, pero las palabras sonaban lejanas, como si le estuviese hablando desde la cima de una colina.
– ¡Allá vamos!
Y, súbitamente, se produjo un ruido agudo, como el de una piedra de afilar, que le llenó los oídos y pareció llenarle también los ojos, ya que llegaban hasta él oleadas de colores, alimentando la ilusión de que era él quien se movía, no ellos, y que iba aumentando la velocidad y atravesando el espacio como una nave espacial. Creyó sentir que la cámara se estremecía y la sensación de que estaba viajando era palpable, parecía real porque era real.
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