John Darnton - Ánima

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Nueva York: un chico de trece años yace en la cama de un hospital con el cerebro dañado a causa de un accidente. Dos científicos se hacen cargo de su destino. Ambos médicos alcanzarán juntos un resultado que superará todas las expectativas de la ciencia médica.

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Descubrió con alivio que era la voz de una mujer. Se volvió lentamente, tanto para serenarse como para evitar cualquier movimiento brusco que pudiera alarmar a quienquiera que estuviese allí. Disponía de unos diez segundos para inventar una historia que resultara verosímil. «Diez segundos… mierda, ni siquiera diez minutos serían suficientes», pensó.

La mujer era joven y de espaldas anchas, con el pelo muy corto, en absoluto la clase de persona que Kate esperaba encontrar en ese lugar.

Ambas se miraron durante varios latidos.

– Soy la doctora Willet-dijo Kate, hablando pausadamente. No tuvo tiempo de decir nada más.

– He oído hablar de usted -respondió la joven. Kate estaba sorprendida.

– ¿Sí? ¿Y cómo es eso? -Trabajo para el doctor Cleaver.

Kate sintió que se le erizaban los pelos al oír ese nombre y se preguntó si la mujer se habría dado cuenta. Hizo un gesto vago con la mano y dijo:

– Sólo estaba echando un vistazo.

Y mientras trataba de enfatizar la explicación mirando efectivamente a su alrededor, y veía que la joven fijaba la vista en la papelera que había encima de la lámpara, comprendió lo absurdo de la situación.

– Escuche, eh, por cierto, ¿cómo se llama? -Felicity. Felicity Barrington.

El hecho de dar su nombre y apellido hizo que, de pronto, sonara como una jovencita que trataba de mostrarse complaciente, aunque no actuara de ese modo.

– Felicity. -Kate pronunció el nombre claramente y con seguridad, tratando de llevar la voz cantante-. Intentaré explicárselo.

La joven se acercó al escritorio, quitó la papelera de la lámpara y volvió a colocarla en el suelo, revelando bajo el haz de luz que era muy guapa; luego cogió una silla y se sentó, cerca de Kate. Parecía un gesto, de intimidad que Kate encontró alentador.

– Sí -dijo-. Adelante.

– Muy bien -continuó Kate-. No tengo necesidad de decirle, o tal vez deba hacerlo, que aquí han estado ocurriendo cosas muy extrañas. Y creo que su doctor Cleaver está implicado en ello.

– ¿Mi doctor Cleaver? Difícilmente podría considerarle mi doctor Cleaver.

Kate estaba asombrada.

– Entonces debo suponer que no le cae bien. -¿Caerme bien? Es un cabrón. ¿Responde eso a su pregunta?

No podía creer en su buena suerte. -Sí, Felicity, creo que sí.

Y sin necesidad de que se lo pidiese, Felicity le contó prácticamente todo lo que sabía, que era mucho: cómo había utilizado Cleaver a los pacientes para sus experimentos, cómo había empleado una máquina especial para separar sus cuerpos de sus mentes, cómo incluso uno de los pacientes había muerto en uno de los experimentos. Habló también de sus teorías excéntricas, sus hábitos de trabajo, incluso de su insomnio. Y especialmente sobre lo detestable que era.

– Además de tratarme como a un felpudo -dijo ella finalmente. Luego miró a Kate fijamente y le hizo una pregunta-: Supongo que quiere delatarlo porque la despidió, ¿no es así?

– No, no exactamente. Quiero decir, sí, me gustaría pillarlo, pero ésa no es la única razón. Verá, estoy tratando de ayudar a un amigo, alguien cuyo hijo sufrió un terrible accidente y estaba en estado crítico y virtualmente muerto. Y creo que, hace un par de semanas, su cuerpo fue sacado del hospital St. Catherine y quizá trasladado a este lugar.

Kate miró a Felicity con una expresión esperanzada, preguntándose si ella sabría algo.

Y efectivamente lo sabía.

– Se refiere a Tyler -dijo Felicity rápidamente-. Está aquí, en el sótano.

No sabía cómo había llegado hasta allí. La puerta se abrió, eso era todo lo que recordaba. Luego se hizo la oscuridad y sintió que se deslizaba dentro de una especie de vacío o quizá un túnel, y ahora estaba allí. El día, la hora, el año, la estación, nada de eso podía saber. Pero tampoco nada de eso tenía importancia. El mundo donde se encontraba era intemporal.

Pero Scott sabía dónde estaba, y eso lo atemorizaba, lo asustaba profundamente; estaba en la cama, su vieja cama, acostado de espaldas, indefenso. ¿Era un niño otra vez? ¿Un adolescente? No podía decirlo, pero tampoco importaba, porque en cualquier caso el mundo que lo rodeaba lo hacía sentir como un niño, insignificante y desamparado. Todo lo que había a su alrededor parecía enorme y amenazador, objetos inanimados como su cómoda y las cortinas blancas que el aire agitaba dentro de la habitación. Eran siniestros. Y todos esos objetos -parecía (exagerado pensarlo de ese modo, pero lo percibía con una certeza que resultaba alarmante- estaban conspirando contra él.

Alguna vez había oído decir que la mente inconsciente no conoce el tiempo. ¡Un momento! Tal vez el hecho de recordar ese pensamiento significaba que no era un niño; después de todo, era la clase de pensamiento que sólo podía tener un adulto. La «mente inconsciente», ése ni siquiera es un concepto que un niño puede aprehender. Entonces quizá era mayor; no, mayor no, adulto.

Pero entonces ¿por qué se sentía tan indefenso?

¿Y de quién era esa cama en la que estaba tendido, en la que se sentía como si lo hubiesen atado a ella? ¿Acaso era la misma cama en la que hacía mucho tiempo se había acostado todas las noches, esperando oír el espeluznante grito de su madre y su respiración ronca, sosteniendo la fría cuchara que él usaría para mantenerle la boca abierta? Miró cautelosamente a su alrededor. La habitación estaba sumida en la penumbra, era difícil ver a través de la oscuridad. Los objetos eran poco más que formas, era imposible enfocarlos. Lo intentó entrecerrando los ojos, pero aun así no pudo conseguirlo. Aparentemente estaban en el lugar correcto, los muebles, los rectángulos oscuros de los cuadros colgados en las paredes. También estaba la estantería repleta de cómics, el viejo tocadiscos en el que solía escuchar a Tchaikovski y Beethoven a un volumen tan estridente que anulaba cualquier pensamiento. Pero ahora eran formas indefinidas, grandes manchones oscuros contra un fondo gris.

Hacía muchos años, tantos que ojalá pudiera olvidarlo. Pero no lo lograba. Cuando tenía catorce años, su madre había dejado de beber súbitamente. Scott no lo había sabido entonces, o si fue así, no lo recordaba. Todo lo que sabía era que se había metido en la cama en la habitación que había junto a la de él. Apenas podía moverse. Se había roto un dedo del pie al caerse por la escalera, y una escayola sucia le cubría el pie, abierta en la parte superior. Le habían colocado un clavo a través del dedo medio para mantenerlo levantado, sujeto a dos soportes verticales como si fuese una portería. El dedo estaba negro e hinchado. Se había infectado.

Fuera caía una lluvia helada, una tormenta inesperada que lo había cubierto todo de un brillo pringoso que reflejaba débilmente la luz. Era algo mágico y a la vez inquietante, siniestro. Los árboles crujían cuando se agitaban bajo las fuertes ráfagas de viento, y sus ramas golpeaban y rascaban los cristales de las ventanas como dedos secos y marchitos. Las carreteras eran ríos helados, intransitables.

Scott estaba abajo cuando oyó que su madre lloraba.

Era un largo y débil gemido de dolor y temor que aumentó de intensidad y acabó en un sollozo. Algo golpeó el suelo, un cuerpo. Corrió a la habitación de su madre y la encontró tendida en el suelo de madera, vestida con el camisón, agitándose violentamente, la pesada escayola del pie golpeando con fuerza el suelo al ritmo de sus convulsiones. Su cabeza se movía de un lado a otro, el pelo estaba erizado, sus miembros se levantaban y caían pesadamente contra el suelo. Un hilo de saliva cruzaba su mejilla. Corrió escaleras abajo para llamar al médico, una llamada que le pareció eterna. Finalmente ella le atendió, una mujer severa que le dijo que mirase por la ventana. Él alzó la vista y vio el hielo que lo cubría todo -era imposible enviar una ambulancia, dijo ella-, y la mujer le dio unas instrucciones precisas: debía meterle una cuchara en la boca para evitar que se tragase la lengua, pues eso le provocaría la muerte. Entonces corrió nuevamente escaleras arriba; ahora su madre estaba inmóvil, tendida en el suelo con expresión confusa, los ojos muy grandes, mirándolo como si no lo conociera, preguntándose dónde estaba y qué había sucedido.

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