John Darnton - Ánima
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– Apoyó los brazos sobre el grueso antepecho de piedra y se impulsó hacia arriba. Se raspó la rodilla contra la piedra pero apenas lo notó. Se irguió y se inclinó hacia la ventana, curvando los dedos debajo del marco de madera y haciendo fuerza para levantarla. Pero no cedió. Colocó las manos a los costados de la cara y miró hacia dentro. El cerrojo estaba echado.
Pensó rápidamente pero con calma. Tenía la mente despejada, ni preguntas, ni dudas ni vacilaciones. El tiempo fluía lentamente. Tenía mucho tiempo para considerar sus opciones; enfocó cada una de ellas como si fuese un haz de luz. Se quitó la camisa, la envolvió alrededor de la mano derecha y golpeó el cristal de la ventana. El ruido de los cristales cayendo al suelo por la parte de dentro fue suficiente para que se quedara inmóvil, pero sólo un instante. Aguzó el oído un momento para comprobar si se acercaba alguien. No había nadie.
Metió la mano y descorrió el cerrojo. Luego levantó la ventana, haciendo temblar el cristal roto. Un triángulo de cristal se inclinó lentamente hacia dentro, se precipitó al suelo y se rompió en varios pedazos. Rápidamente, se agachó debajo del marco, saltó al suelo y aterrizó sobre los cristales rotos. Se puso la camisa y examinó el lugar; una oficina de suministros de alguna clase, desordenada. No había nadie. Se movió en silencio hacia la puerta cerrada y apoyó la oreja. Alcanzó a oír un sonido extraño, como un burbujeo apagado, subiendo y bajando. Unos momentos después casi se detuvo, pero volvió a comenzar. Escuchó. Voces, muchas voces. Pero sonaban de un modo extraño, como una torre de Babel, muchas conversaciones al mismo tiempo.
Apoyó una mano en el picaporte y lo hizo girar lentamente. El mecanismo era viejo y cedió con un chirrido. Empujó la puerta, pero no se abrió. Acto seguido tiró hacia sí y pareció como si alguna fuerza la estuviese empujando desde el otro lado. La luz entró por la abertura junto con un estallido de sonidos misteriosamente cacofónicos. Entonces descubrió de qué se trataba: hombres hablando consigo mismos, algunos de forma monótona y repitiendo lo mismo una y otra vez, algunos en susurros, otros airadamente o de forma vacilante. Asomó la cabeza y miró hacia el otro extremo del pabellón. La vista era impresionante. A ambos lados, la larga sala tenía camas de metal pintadas de blanco cuyas sábanas estaban desordenadas y dejaban ver los colchones de rayas azules y grises. Acostados o de pie entre ellas, caminando por el pasillo, había pacientes en camiseta y bata. Un puñado de ellos sólo llevaba la parte inferior de los pijamas -los cuerpos delgados o repulsivamente gordos, pálidos como la cera- y uno de los hombres estaba completamente desnudo, el pene colgando hacia un lado. En mitad del pabellón, ahora que miraba con mayor detenimiento, un grupo caminaba arriba y abajo más o menos en fila; se movían como si siguieran una especie de ritual, como los habitantes de una aldea italiana que salen de paseo al atardecer, excepto, por supuesto, que algunos balbuceaban y otros parecían tan impasibles como zombis.
Contuvo el aliento y entró en la sala, y se sintió aliviado al comprobar que su presencia no provocaba ninguna alteración en aquel lugar. No sonó ninguna alarma que provocase la llegada de los enfermeros. Un hombre, que enrollaba un rizo de su pelo alrededor del índice y pronunciaba un discurso a la pared como si se encontrase delante de un público de zopencos, guardó silencio para estudiarlo con ligero interés.
Scott examinó el lugar. No vio ningún uniforme, nadie que estuviese a cargo de esos pobres diablos. Avanzó por el pasillo que había entre las camas para unirse a la marcha. Ahora dos o tres hombres lo miraron; uno de ellos comenzó a gemir como un perro herido y otro lo imitó, profiriendo un sonido igualmente agudo. Miró a Scott y siguió gimiendo, y pronto la cola se deshizo, los hombres se volvieron para mirarlo y otros retrocedieron a sus camas. Todos se esfumaron en un instante de su alrededor. Dos hombres comenzaron a empujarse y pronto el nivel de ruido aumentó notablemente, como si una mano estuviese accionando el dial del volumen. Scott pasó rápidamente junto a un hombre que yacía en posición fetal en el suelo y se cubría la cabeza con ambas manos. Ahora el ruido era tan fuerte que Scott estaba seguro de que alguien tenía que oírlo en el edificio. Echó a correr hacia las puertas del pabellón.
Justo cuando llegó a ellas vio, a través de las pequeñas ventanas, que dos hombres con uniforme azul claro se acercaban a la carrera. No sabía si lo habían visto, pero se apartó rápidamente hacia la derecha y se ocultó detrás de la puerta con la espalda apoyada contra la pared. Las puertas se abrieron violentamente y los enfermeros irrumpieron en la sala haciendo que la conmoción aumentara. Los pacientes se apartaron como una piara de cerdos y parecieron olvidarse por completo de que Scott estaba allí. Los enfermeros se dirigieron hacia el centro de la sala para separar a los dos hombres que ahora rodaban por el suelo cogidos de los brazos. Scott aprovechó ese momento para escabullirse por las puertas giratorias. Por el rabillo del ojo alcanzó a ver que cada uno de los enfermeros se hacía cargo de uno de los hombres que estaban enzarzados en la pelea y, detrás de él, mientras las puertas se abrían y se cerraban una y otra vez, oyó que el tumulto aumentaba y disminuía como el oleaje en una playa cercana.
Llegó a una oficina abierta. Dentro se oía el sonido de risas enlatadas, un televisor sintonizado en un canal donde un cómico estaba desarrollando su espectáculo con el micrófono pegado a la boca. Sobre una mesa había unos cuantos periódicos y una columna de humo ascendía desde un gran cenicero de cristal. El olor a marihuana saturaba el aire de la habitación.
Pasó rápidamente ante la oficina mientras sus ojos examinaban todo lo que tenían por delante, esperando algún movimiento, tratando de encontrar la puerta que estaba buscando. La halló en el extremo del corredor, una puerta gruesa con una pequeña ventana en forma de diamante. La abrió y entró. La escalera estaba débilmente iluminada. Comenzó a bajar.
La escalera giraba en una esquina, y Scott continuó velozmente, superando su precaución por la sensación de que estaba acercándose a su objetivo. Al llegar abajo encontró otra puerta, la abrió y se deslizó hacia el corredor del sótano. Era ancho y estaba recién pintado con un blanco aséptico que contribuyó a aumentar aún más su decisión. Alzó la vista y allí vio algo que golpeó sus ojos como si fuesen flechas y envió una oleada de calor a través de todo su cuerpo. Tuberías. Recorrían todo el techo del sótano, gruesas y cubiertas de pintura desconchada, exactamente las mismas que había visto en la imagen del ordenador y que le habían quemado en el cerebro.
Estaba allí. Cerca.
Un ruido extraño llegó hasta él y escuchó con atención. Una especie de zumbido, como un latido constante. Parecía surgir de una puerta que había a la derecha. Se movió como una sombra por el corredor, sus pasos amortiguados como los de un cazador, hasta llegar a esa puerta. Echó un vistazo al interior de la habitación: un resplandor, máquinas, una cortina de plástico claro. Y allí, justo detrás del plástico, ligeramente distorsionada por la cortina, una cama, y acostada sobre ésta, inmóvil bajo las sábanas blancas, una figura, una figura familiar.
«Tyler.»
Scott se quedó paralizado. Lo había deseado, imaginado, había soñado con ello durante algún tiempo. Pero ahora que se estaba enfrentando realmente a ello, comprendió que nunca lo había creído de verdad; la conmovedora posibilidad de que su hijo estuviese vivo, ahora una realidad que determinaría todo lo que habría en su existencia. Aún vivo.
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