John Darnton - Ánima
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Mientras el taxi avanzaba por la Segunda Avenida, miró a la gente que iba de compras, los mensajeros en sus raudas bicicletas, las mujeres jóvenes, altas y delgadas elegantemente vestidas. Y por primera vez en mucho tiempo sintió la enfermedad de Nueva York: la soledad. Tal vez no fuese tan fuerte como había creído; tal vez no fuese capaz de lograrlo en esa ciudad, después de todo. Quizá pertenecía a las legiones que habían sido seducidas por Frank Sinatra y su famosa canción y que habían fracasado y regresado a casa, a las pequeñas y remotas ciudades, con el rabo entre las piernas. Era curioso, pero nunca se oía hablar de ellos; solamente se hablaba de los héroes conquistadores.
Sintió una súbita urgencia de llamar a Scott. Necesitaba saber qué había descubierto. Y quizá, al mismo tiempo, se dijo, sintiéndose culpable por pensar en sí misma, él pudiese ayudarla de alguna manera; necesitaba la fuerza de Scott para no derrumbarse.
Pagó y bajó del taxi. El ascensorista le llevó amablemente la caja hasta el ascensor y le sonrió al depositarla delante de la puerta de su apartamento. Una vez dentro, la dejó sobre la mesa del comedor, y estaba a punto de continuar hacia la cocina para prepararse una taza de café cuando algo que había en la caja llamó su atención. Era una tarjeta comercial, blanca, con letras azules en relieve, que decía:
FREDERICK BUTTERWORTH
Corporación de suministros para hospitales Flushing, Queens, NY
Desde ambulancias hasta máquinas de rayos X. Si no lo tenemos, sabemos dónde encontrarlo.
Cogió la tarjeta, fue hasta el teléfono y marcó el número que figuraba en la esquina inferior derecha.
Le sorprendió que respondiese Butterworth personalmente, ni secretaria, ni buzón de voz ni contestador automático. No había esperado contactar directamente con él y no había tenido siquiera tiempo de preparar un breve discurso. Le dijo su nombre y le recordó dónde se habían conocido. Al principio pareció buscar en su memoria, pero tuvo el buen gusto de simular que se acordaba de ella. Luego lo hizo realmente.
– Oh, sí -dijo-. Usted es la cirujana. Qué lugar tan siniestro, ¿verdad? Me puso los pelos de punta.
Ambos continuaron con una charla igualmente intrascendente durante unos minutos y luego Kate fue al grano. -Señor Butterworth, me gustaría que me ayudase con un pequeño problema.
– Sólo tiene que decirme de qué se trata. Soy su hombre.
– Bien, he visto en su tarjeta que proporciona ambulancias.
– Así es, desde ambulancias hasta máquinas de rayos X. Me alegro de que aún la conserve.
– ¿Perdón?
– La tarjeta. Me alegro de que aún la tenga.
– Oh, sí. Así es como he conseguido su número de teléfono. En cualquier caso, pensé que ya que ustedes proporcionan ambulancias…
– En realidad no proporcionamos ambulancias, pero podemos tramitar su pedido. Operamos como intermediarios en la transacción.
– Comprendo. Bien, lo que me estaba preguntando era, ¿existe algún tipo de directorio donde conste qué clase de ambulancias tienen los hospitales, ya sabe, qué modelos son y qué aspecto tienen? '
– Por supuesto.
Y entonces ella le explicó lo que estaba buscando: el nombre de cada hospital y compañía en la ciudad cuyas ambulancias tuviesen marcas blancas y rojas. Y él le dijo:
– Puedo conseguirle esa información en un santiamén. Ni siquiera tengo que volver a llamarla.
Sin embargo, Butterworth abandonó el teléfono durante seis o siete minutos. Y cuando volvió, dijo: -¿Tiene algo con qué escribir? Me temo que la lista es bastante larga. Es una combinación muy popular. -¿Cuántas?
– Siete.
Butterworth comenzó a leer los nombres en voz alta y Kate fue anotándolos en una hoja de papel, pero cuando llegó a una que ella conocía, supo que ya no tenía que continuar. Lo dejó terminar, sólo para no defraudarlo. Luego le dio las gracias por la información y colgó. Él pareció lamentar que la conversación hubiese terminado.
«Por supuesto», pensó ella. Había sido algo evidente desde el principio y tendría que haberlo visto al instante. Tal vez, como en La carta robada, de Edgar Allan Poe, era simplemente demasiado obvio, tanto que le había pasado desapercibido.
De pronto supo a ciencia cierta dónde había llevado la ambulancia a Tyler aquella noche lluviosa, cuando abandonó el St. Catherine.
A Pinegrove.
A Gully le sorprendió que Scott no quisiera tomar café en la cafetería del hospital y, en cambio, insistiera en ir a un bar. Advirtió, además, mientras pasaban ante la sala de enfermeras, donde Saramaggio estaba dándole instrucciones a un enfermero, que Scott caminaba junto a él por el lado más alejado de la sala, con la cabeza gacha, como si estuviese manteniendo una animada conversación que no tenía mucho sentido. En realidad, el hombre parecía tan agitado y excitado que Gully se preguntó si no estaría un poco desequilibrado.
En el ascensor, Scott dejó de hablar de golpe. Luego cruzó el vestíbulo a grandes zancadas, llevando a Gully por el codo y apretándolo con tanta fuerza que casi le hizo daño mientras se dirigían hacia la puerta principal. La recepcionista pareció fruncir el ceño cuando pasaron delante de ella, una vez fuera del edificio, pareció perder todo interés en esa taza de café. En cambio, llevó al cirujano a una esquina del hospital, y antes de hablar miró en derredor. -Qué diablos… ¿adónde vamos? -preguntó Gully.
Pero Scott ignoró la pregunta, volviéndose hacia él con una mirada rabiosa en los ojos.
– ¿Es capaz de guardar un secreto? -le preguntó a bocajarro.
Gully pensó un momento antes de responder. -Bueno, sí -dijo-. Pero no alcanzo a comprender… -Prométame que lo hará.
Gully dudó, desconcertado.
– Prométalo -insistió Scott, con tanta urgencia que Gully comenzó a asentir al tiempo que decía:
– Lo haré, lo haré. Lo prometo.
– Bien. Ahora quiero que me escuche con mucha atención. Voy a hacerle una pregunta y quiero que lo piense muy bien y me dé una respuesta. ¿De acuerdo?
– Sí, sí.
Esta vez Gully no necesitaba que lo espolearan. Debía admitir que su nerviosismo estaba dejando paso a la curiosidad. ¿Qué podía querer ese hombre de él, y por qué estaba tan alterado?
– Muy bien. Allá vamos. Voy a mostrarle una fotograba, una fotografía en la que se ven unas tuberías y quiero que me diga si las ha visto antes, si le resultan familiares en algún sentido.
– De acuerdo -dijo Gully con cierta vacilación.
Scott metió la mano en el bolsillo interior de su abrigo y sacó una hoja de papel doblada, la desplegó con mucho cuidado y se la enseñó. Los ojos de Gully se fijaron inmediatamente en el primer plano, en la cabeza oscura cortada a la altura de la boca.
– ¿Quién es ése? ¿No es…?
– No importa quién pueda ser -lo interrumpió Scott bruscamente-. Sólo tiene que echar un vistazo a las tuberías que se ven en el fondo. ¿Las había visto alguna vez?
Gully examinó atentamente la imagen. Luego negó con la cabeza.
– ¿Está seguro? ¿Podrían estar aquí, en este hospital? ¿En el sótano del St. Catherine?
El tono de voz era tan suplicante que Gully quiso darle la respuesta que él parecía estar esperando, pero no pudo. -No, creo que no. Es difícil decirlo con seguridad, por supuesto, pero he estado en el sótano y no las reconozco. -¿Nunca las había visto antes, aquí o en cualquier otra parte?
– No, estoy casi seguro de que nunca las había visto. Scott parecía decepcionado, de modo que Gully añadió:
– Pero todas las tuberías se parecen mucho entre sí. Da la impresión de que éstas parecen muy viejas. ¿Alcanza a ver cómo tienen la pintura desconchada en algunas partes? En el St. Catherine las instalaciones son bastante más nuevas. No creo que haya nada parecido en el sótano de este edificio.
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