John Darnton - Ánima

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Nueva York: un chico de trece años yace en la cama de un hospital con el cerebro dañado a causa de un accidente. Dos científicos se hacen cargo de su destino. Ambos médicos alcanzarán juntos un resultado que superará todas las expectativas de la ciencia médica.

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¡Eso era! Y ahora que las líneas comenzaban a moverse violentamente otra vez, la imagen volvió a aparecer en la pantalla y Scott vio algo nuevo: un punto oscuro en la parte izquierda de la pantalla. El punto aumentó de tamaño; al principio, pareció un hongo, y luego cobró forma. Y mientras lo miraba apenas daba crédito a sus ojos. Era la cabeza de alguien entrando en el campo de visión de Tyler, vista desde debajo. ¡La cabeza de un hombre! Allí estaba la frente y la coronilla calva y el pelo sobre las orejas. ¿Era posible acaso… que ese hombre se estuviese inclinando sobre Tyler? Eso explicaría por qué las líneas de los monitores fluctuaban con tanta agitación y -a Scott le asustaba pensarlo- tanto miedo. Pulsó el botón de impresión, esperando poder captar aquella imagen en papel.

Pero un segundo después de pulsar el botón, la forma oscura desapareció y la pantalla volvió a recuperar la imagen de las tuberías. Ahora su definición era más difusa y se convertían en formas indiscernibles y, muy pronto también, las líneas de los monitores volvieron a aparecer, aunque también menos nítidas. Finalmente todas se desvanecieron. La pantalla estaba vacía. Intentó recuperar las imágenes pero fue inútil. Apagó el ordenador y volvió a encenderlo. La máquina aceptó su contraseña pero esta vez no hubo conexión. Nada.

Scott sintió ganas de gritar de impotencia. Su hijo yacía en alguna parte, indefenso, vulnerable y probablemente aterrorizado. Había tenido la suficiente presencia de ánimo como para enviarle un mensaje de socorro a su padre, ¿y el padre qué podía hacer? Nada, nada por ahora, en absoluto… Es decir, no hasta que no fuese capaz de encontrarlo. Entonces quienes lo retenían se enterarían de lo que era capaz.

Su concentración era tan intensa que no oyó los pasos que se acercaban por el corredor, y tampoco cuando se detuvieron ante la puerta de la oficina. Hubo un tintineo de llaves y luego una que hacía girar la cerradura. Scott alzó la vista y se dio cuenta de que allí había alguien. Pero no estaba preocupado. Se reclinó en el sillón, cruzó los brazos y esperó a que la puerta se abriese. Un momento después se encontró ante la boca abierta de un hombre delgado, de piel cetrina, vestido con una bata de médico. Los ojos del hombre denotaban su sorpresa. Scott recordó que se trataba de uno de los médicos que habían operado a Tyler.

– ¿Qué…? ¿Qué está…?

– ¿Sí? -dijo Scott con voz tranquila, como si se encontrase en su propio despacho.

– Usted es el padre de Tyler… el señor Jessup. -Sí.

El hombre seguía estupefacto.

– Soy Gully. Uno de los cirujanos que operaron a su hijo. Pero ¿qué hace en mi despacho?

– He venido a verlo -contestó Scott rápidamente.

El hombre parecía aún más desconcertado.

– Oh, comprendo. Pero ¿cómo ha entrado aquí? -La puerta estaba abierta.

– Sí, entiendo. Es verdad, no siempre echo la llave. -Bueno, pues ya que está usted aquí…

– Y usted ha venido a visitarme porque… -Quiero hablar con usted.

– Por supuesto. ¿Y sobre…?

– Sobre cualquiera que haya tenido algo que ver con el cuidado de Tyler. Me gustaría saber más cosas de todos ellos. Tal vez ahora que nos hemos conocido, ¿querría acompañarme a tomar una taza de café? Ahora.

Gully vio que estaba desesperado.

– Naturalmente, pero antes debería recoger unos papeles.

– No, no hay tiempo para eso. Puede volver a recogerlos más tarde.

– Bien, si eso es lo que quiere. -Eso es lo que quiero.

Y mientras salían de la oficina, mientras Scott hacía que Gully girase y lo empujaba ligeramente en dirección a la puerta con un brazo, se inclinó sobre la impresora y cogió la hoja de papel que había en la bandeja. Le echó un vistazo para asegurarse de que la imagen se había impreso.

Así era. Allí estaba la misma vista de tuberías en el fondo, con un aspecto más definido en el papel. En primer plano, se veía la forma oscura de una cabeza mirando hacia abajo, los rasgos apenas reconocibles. Había irrumpido en el cuadro como una huella digital.

Kate empezó a limpiar su despacho. Después de todo, no sabía cuándo regresaría. O, en cualquier caso, si lo haría. No llevaba tanto tiempo en el St. Catherine como para haber acumulado demasiadas cosas, de modo que sólo necesitó una caja de cartón que había contenido un ordenador portátil. La colocó sobre una silla y comenzó a llenarla. Primero metió un montón de historiales clínicos, la mayoría de ellos duplicados de casos actuales. Pensó que no sería mala idea conservarlos en casa, por las dudas. Era mejor tomar precauciones; se había sentido conmocionada por las acusaciones dirigidas contra ella, evidentemente falsas y destinadas a desviar la culpa. Ahora no dejaría nada al azar. Era probable que iniciaran toda una campaña para difamarla.

Abrió los cajones inferiores del escritorio y sacó dos tazas de café, cartas, una libreta de direcciones, objetos diversos, disquetes y varios memorandos sobre planes de salud y beneficios para los empleados. Luego extrajo el cajón superior y volcó su contenido dentro de la caja. Cayeron papeles con anotaciones, clips, tarjetas personales, grapas, monedas y un paquete de pastillas de menta. Vio una fotografía tamaño billetera en la que aparecían Harry y ella, tomada en un restaurante en Fisherman's Wharf, un lugar barato y concurrido pero que ella disfrutaba en secreto. La sostuvo en el aire y la miró atentamente. Pobre Harry. Hacía semanas que no pensaba en él. Y tampoco lo había llamado; probablemente la pasión también se estaba apagando de su parte. Sintió una punzada de arrepentimiento. El mundo era un lugar tan seguro cuando estaban juntos; seguro pero previsible. Tal vez ése fuese el problema. Volvió a dejar la foto dentro de la caja, por último, quitó lo que había encima del escritorio, esta vez deprisa, y lo metió todo dentro de la caja, incluyendo la foto enmarcada de su madre.

Llevó la caja al otro lado del escritorio, apagó las luces con el codo y salió del despacho, cerrando la puerta tras de sí con la punta del zapato.

En el otro extremo del corredor alcanzó a ver que Gully volvía la esquina acompañado de otro hombre. De espaldas, y por un momento, pensó que se parecía a Scott, pero naturalmente eso era imposible; ellos ni siquiera se conocían.

Mientras regresaba a su casa en taxi, con la caja instalada en el asiento del acompañante, la injusticia de todo lo que había ocurrido comenzó a abrumarla. Las manos aún le temblaban un poco, principalmente por la ira que sentía, pero también -y ella lo sabía-, por el exceso de emociones. No encontraba palabras para describir con exactitud lo que le sucedía. Había renunciado a tantas cosas para ir a Nueva York y trabajar con Saramaggio. Había llegado a la gran ciudad como cualquier patán ingenuo de la Costa Oeste, asombrada y llena de sueños, y todo había salido mal. No habían congeniado desde el principio. Luego se produjo el terrible episodio de Tyler y ahora había descubierto que habían simulado su muerte y que estaba vivo en el momento de abandonar el hospital. ¿Qué significaba eso? ¿Adónde podían haberlo llevado? ¿Era posible que viviera aún? ¿Cómo podía ayudar a Scott a encontrarlo? Ahora que había sido suspendida, esa tarea era incluso más difícil. Qué acto tan vengativo. Y Cleaver estaba detrás de esa ignominia. Por alguna razón, él estaba tratando de hacerle daño y Saramaggio, el muy cobarde, lo apoyaba. Ambos ya habían conseguido que el hospital la suspendiera. ¿Cuál sería el siguiente paso? Posiblemente presentarían cargos de conducta poco profesional y eso podría arruinar su carrera. Y todo ello con pruebas amañadas. ¿Quién sería capaz de salir en su defensa en el hospital?

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