John Darnton - Ánima
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– Muy bien. Ahora concentrémonos en el hombre que hay en primer plano. Creo que ambos sabemos de quién se trata.
Gully asintió. Todo eso le resultaba sorprendentemente extraño, pensó. ¿Dónde había conseguido ese hombre la fotograba y qué significado pensaba que tenía?
– Ahora quiero que me diga una cosa… los médicos a veces trabajan en varios hospitales, ¿verdad?
– Así es.
– Bien, ¿este tío trabaja en alguna otra parte? -Sí, trabaja en otra parte.
– ¿Dónde? -Pinegrove. -Pinegrove. ¿Qué es Pinegrove?
– Es un hospital psiquiátrico. Allí se ocupan de casos graves; es un edificio viejo. Escuche -añadió, captando el espíritu de aquel interrogatorio-, en realidad se está cayendo a pedazos. Allí podrían tener aún esa clase de tuberías.
– ¿Y dónde está Pinegrove?
No muy lejos de aquí. Al otro lado del río. En Roosevelt Island..
Scott se marchó sin decir nada más.
«Extraño individuo, extraño encuentro», pensó Gully, sintiéndose ligeramente aliviado de que se hubiese marchado, pero a la vez frustrado, ya que su curiosidad ahora quedaría insatisfecha. Observó a Scott, que corría por la avenida mientras agitaba frenéticamente los brazos para detener un taxi.
Una multitud se había reunido en la plataforma de carga del funicular a Roosevelt Island cuando Scott llegó al lugar. Era el comienzo de la hora punta y había una mezcla de profesionales y diplomáticos de las Naciones Unidas, la mayoría de ellos de países del Tercer Mundo. Había cuatro hombres atractivos y majestuosos, de piel de ébano, vestidos con la indumentaria colorida y amplia del África occidental. Scott estaba sin aliento -el taxi se había movido con tanta lentitud a causa del intenso tráfico que, finalmente, había bajado del coche para cubrir a la carrera las últimas tres manzanas-, y se abrió paso como pudo hasta llegar al frente y asegurarse de que podría coger el siguiente funicular. Un hombre, vestido con un traje ligero de lino azul muy arrugado, pareció a punto de protestar, pero le bastó observar la expresión desencajada de Scott para cambiar de idea.
El funicular llegó, deslizándose limpiamente en su anclaje y liberándose de su carga, un numeroso grupo de personas vestidas para una noche en la ciudad. Las puertas se abrieron y la gente alrededor de Scott se apresuró a entrar. Se movió con la corriente y encontró un lugar junto a una de las ventanas que miraban al sur. Quería examinar el lugar desde el aire y escoger un sendero aislado que lo llevase hasta el extremo inferior de la isla. El puente de Queensboro, junto a la línea del funicular, dividía la isla por la mitad. Hacia el norte se extendía el distrito residencial, macizos rectángulos de ladrillo marrón y rojo que se volvían grises bajo la luz del crepúsculo. Hacia el sur había una zona desierta de vegetación rala y tres viejas moles de piedra y cemento: los edificios médicos. Él sabía que Pinegrove se encontraba en la punta de la isla.
Las puertas se cerraron y el funicular se puso en movimiento como si fuese un remonte de esquí. Ascendió por el cable en un suave ángulo pero con sorprendente velocidad. Scott miró a su alrededor; los rostros tenían expresiones pasivas y aburridas, máscaras de pasajeros cansados después de una dura jornada de trabajo. De pie, sosteniéndose de una de las barras de metal y con la mochila de alguien presionándole la espalda, sintió una pequeña oleada de claustrofobia. La combatió concentrándose en la vista que podía contemplarse desde la amplia ventana. El funicular alcanzó su nivel y se movió velozmente. El puente obstruía su visión pero, por un momento, entre los tensores de acero, alcanzó a vislumbrar unos techos oscuros y empinados que se alzaban por encima de las copas de los árboles: las torres de Pinegrove, estaba seguro.
Trató de pensar. No había planeado ninguna estrategia y no tenía tiempo de elaborarla, salvo entrar subrepticiamente en ese lugar e iniciar una búsqueda minuciosa que lo llevase hasta su hijo. Todo lo que quería era rescatarlo, no importaba en qué estado se encontrara, y luego asegurarse de que tuviese todo lo que necesitaba, para vivir, o para morir, por fin… Una muerte con el mínimo de dignidad que aún fuese posible conseguir.
.Por el cable paralelo se acercaba una cabina que acababa de salir de la isla. Scott miró mientras pasaba a escasa distancia de la suya y comprobó qué iba medio vacía, aproximadamente una docena de personas de pie o sentadas. Y entonces una figura familiar cruzó por su campo visual. Se quedó paralizado; cogió con fuerza la barra metálica, incapaz de moverse, mientras no apartaba la vista de esa figura. Allí estaba, en el coche del funicular que se dirigía en la dirección contraria, sentado tranquilamente, el mismo pelo alrededor de las orejas, la amplia calva en la coronilla, la nariz afilada. Cleaver. Era inconfundible. Estaba sentado, mirando ociosamente al frente, casi como si estuviese soñando despierto, un busto inmóvil deslizándose a menos de tres metros de distancia. El funicular continuó su camino y Cleaver desapareció, una visión fugaz en la penumbra del anochecer, cuya imagen ardía en el cerebro de Scott.
El corazón le golpeaba contra las costillas como si quisiera salirse del pecho. Trató de pensar. ¿Qué hacer? ¿Debía saltar al siguiente funicular para el viaje de regreso? ¿Tratar de coger a Cleaver y obligarlo a admitir lo que había hecho con su hijo? ¿Obligarlo a que revelase dónde estaba Tyler y que lo llevase hasta él? De alguna manera, mientras Scott elaboraba la escena en su mente, había imaginado que irrumpía en Pinegrove y sorprendía a Cleaver con Tyler, poniendo al descubierto toda la trama -cualquiera que fuese- de un solo golpe. Había sido un imbécil; naturalmente, siempre existía la posibilidad de que el hombre a cuyo alrededor giraba toda esa trama no estuviese allí cuando él llegara.
Su vehículo siguió avanzando e inició su trayecto descendente. Tal vez fuese una circunstancia afortunada que Cleaver abandonara la isla; puede que fuera más fácil hacer un reconocimiento, averiguar qué estaba pasando y localizar a Tyler. Ésa era su meta, encontrarlo y salvarlo. Todo lo demás podía esperar, incluso la venganza.
Al llegar a la terminal, la multitud abandonó la cabina, moviéndose de un modo dolorosamente lento y caminando en una única dirección. Scott se apartó y tomó un camino en la dirección opuesta. Tuvo que hacer un esfuerzo para no echarse a correr. Lo último que necesitaba era llamar la atención.
Atravesó la isla y enfiló una pasarela que discurría por la orilla del río del lado de Queens. Estaba desierta. Entre los sonidos de las olas que lamían las rocas y el ruido de los coches que cruzaban el puente podía oír sus propios pasos. Le parecía que podían oírse desde la distancia. El olor procedente del río, una penetrante combinación de pescado y agua salada, le dio de lleno en el rostro. El sol se estaba poniendo detrás de las cumbres oscurecidas de los edificios de Queens, proyectando a través del cielo rayos anaranjados y rojos que bañaban los árboles y el enorme puente, haciendo que pareciera casi hermoso. Era como un decorado.
Pasó junto a un grupo de edificios cuyas ventanas estaban a oscuras y continuó su camino hacia el sur. Pocos minutos más tarde llegó a una línea de arbustos. Se detuvo y atisbó a través de ellos. Vio la mole de Pinegrove que se alzaba frente a él, súbitamente inmensa, una aparición surgida de una pesadilla gótica con sus ventanas abovedadas, las torres almenadas y los gruesos muros de piedra. Las únicas luces iluminaban las tres plantas inferiores.
«Eso facilitará mi búsqueda», pensó Scott. Rodeó los arbustos y atravesó un campo de maleza tan espesa que se le enredaba en los tobillos. A campo abierto se sentía vulnerable, de modo que corrió hacia una entrada en arco que había en la parte trasera del edificio. Al llegar allí se ocultó entre las sombras. Se detuvo para escuchar. Nada. Avanzó un par de pasos y accionó el grueso picaporte, tirando de la lengua de bronce hacia abajo. Pero la puerta no se movió, estaba cerrada con llave. Hizo una breve pausa y luego retrocedió y se dirigió hacia la derecha, siguiendo el contorno del muro. Llegó a una ventana, a la altura de la cintura, y trató de mirar hacia el interior. Estaba oscuro.
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