John Darnton - Ánima

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Nueva York: un chico de trece años yace en la cama de un hospital con el cerebro dañado a causa de un accidente. Dos científicos se hacen cargo de su destino. Ambos médicos alcanzarán juntos un resultado que superará todas las expectativas de la ciencia médica.

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Por puro gusto -y también porque estaba completamente despierto y temía volver a dormirse-, se sentó delante del ordenador y movió el ratón para hacer desaparecer el protector de pantalla. Un mensaje lo estaba esperando y al instante supo que era de Tyler. Contuvo el aliento y contempló las palabras, las leyó rápidamente y luego sin prisas, una y otra vez. Era un mensaje misterioso.

PAPÁ, VEN. INTENTA 199.6.2.5 HWORDSWORTH»

Esperó unos segundos para ver si el mensaje continuaba, luego trató de contestarlo frenéticamente, tecleando a toda velocidad, buscando las palabras capaces de desvelar el misterio o provocar alguna clase de respuesta.

TYLER, ¿ESTÁS AHÍ?

Esperó tanto rato como fue capaz de resistirlo, luego volvió a escribir:

TYLER, ¿A QUÉ TE REFIERES? NO ENTIENDO QUÉ SIGNIFICA HWORDSWORTH». ¿PUEDES OÍRME…? ¿TYLER, ESTÁS AHÍ?

Continuó escribiendo:

POR EL AMOR DE DIOS, TYLER, CONTESTA…

Pero en la pantalla no apareció ninguna respuesta y Scott no supo qué más intentar.

Al día siguiente, Kate buscó en las Páginas Amarillas y encontró que en Manhattan había catorce servicios de ambulancias, más de cuarenta si contaba los otros barrios. Luego se conectó a Internet y, una por una, entró en las páginas web de todas las empresas que encontró. La mayoría contenía fotografías de sus vehículos. Cada vez que aparecía una ambulancia roja y blanca, o algo que se le pareciera, la copiaba y la llevaba al sótano para mostrársela al portero. El hombre las examinaba atentamente, estudiándolas de arriba abajo, y luego negaba con la cabeza. En varias ocasiones hizo una larga pausa antes de responder. En esos casos, ella temía que no estuviese realmente seguro y sólo quisiera darle una respuesta definitiva, de modo que tomaba nota de esos datos. Tal vez merecieran una llamada de seguimiento.

A las compañías que no tenían sitios web las llamaba directamente. Les pedía una descripción de sus ambulancias. A veces le proporcionaban esa información y, en otras ocasiones, parecían sospechar algo y colgaban. Sólo tres de ellas accedieron a consultar sus registros para darle información sobre la noche en cuestión, y ninguna de ellas había prestado un servicio en el hospital St. Catherine. En otra docena le dijeron que esa información era estrictamente confidencial.

Había comprobado ya la mitad de la lista cuando Saramaggio apareció en la puerta del despacho y permaneció allí hasta que ella alzó la vista. Le dijo que lo acompañase a su despacho. Era extraño que no la hubiese llamado por teléfono o que no le dijese qué quería de ella allí mismo, pensó, mientras lo seguía por el corredor. Saramaggio caminaba a grandes zancadas, agachando ligeramente la cabeza al pasar delante de cada puerta.

Una vez en su despacho, le hizo un gesto para que se sintiera con forzada amabilidad y él tomó asiento detrás del escritorio. Carraspeó, evitó mirarla a los ojos, jugó con un lápiz sobre la secante, y finalmente le preguntó cómo estaba.

– Bien -respondió ella-. Muy bien.

– Magnífico -dijo él, aunque no parecía que lo dijera sinceramente. Sus pensamientos estaban en otra parte. Alzó la vista y dijo:

– Mire, no tiene sentido seguir dando rodeos. -Ella asintió-. Échele un vistazo a esto -dijo Saramaggio, al tiempo que abría uno de los cajones, sacaba un documento, lo colocaba encima del escritorio y le daba la vuelta para que ella pudiese leerlo.

Era una especie de complicado formulario de cuatro páginas que ella nunca había visto antes. Al principio, se sintió desconcertada, pero, a medida que lo leía, sintió que la ira crecía en su interior y las mejillas le ardían.

– ¡Esto es ultrajante! -exclamó Kate después de haber leído la última página.

– Sí, reconozco que es un poco difícil -dijo Saramaggio. -¡Difícil! ¡Es una solicitud de suspensión! ¡Ese hombre está pidiendo que me suspendan en mi trabajo! ¿Y cuáles son los motivos? ¿Cuáles pueden ser los motivos de algo semejante?

Saramaggio evitó mirarla a los ojos.

– Todo ese asunto del muchacho -contestó-. Ya sabe, cómo entró en el pabellón de observación en compañía del padre y luego se produjo ese lamentable episodio, en gran parte por culpa de él, pero usted también estaba allí…

– ¿Culpa de Scott? Por Dios, usted estaba allí. Llegó pocos minutos más tarde. Ese chico estaba muerto. Estaba muerto y su padre vio que así era… no es extraño que se desquiciara. Y después de que tratara de que le quitasen a Tyler la asistencia mecánica y se lo negaron… Espere un minuto. ¿Qué significan estas palabras? ¿Acaso se quiere insinuar que nosotros somos los responsables de su muerte, que su padre y yo…?

– No lo dice con esas palabras, pero sí, existe esa inferencia. -Ahora estaba mirando directamente a la pared-. Quiero decir, los dos estaban allí, hubo un gran alboroto…

– Venga ya. Ese chico estaba muerto cuando nosotros llegamos. Ninguno de los monitores de Tyler mostraba signos de vida. Eso fue lo que hizo que Scott se alterase. ¡Y usted lo sabe!

– Bueno, eso es lo que usted dice…

– ¡Por eso precisamente lo llamamos a usted!

– Tal vez, pero, verá, yo llegué después de que todo acabara, de modo que, ¿cómo podría yo afirmar razonablemente que no sucedió de esta manera?

– Pero ¿quién dice que las cosas sucedieron de esa manera? ¿Él? Él ni siquiera lo sabe. No estaba allí.

– No se altere. Esto no significa ninguna conclusión definitiva. Todo el proceso se encuentra en una primera etapa; se examinarán todos los detalles.

– ¿Que no me altere? ¿Cómo demonios puede decir eso? Tiene la desfachatez de sentarse ahí y decirme que estoy suspendida por algo que no hice. Y usted sabe que no hice nada y no me está apoyando.

– Ya veremos. Por el momento no me inclino por ninguna de las dos posiciones.

– Usted le tiene miedo. Eso es lo que ocurre.

– No es así. Sin embargo, él es un médico importante aquí, y tiene mayor rango que usted, de modo que debemos tomar su palabra…

– Usted firmó ese certificado de defunción porque él lo obligó a hacerlo. Y usted anotó una hora diferente para implicarnos a Scott y a mí.

Saramaggio jadeó varias veces. Tenía el aspecto de haberse quedado sin aire.

– Y eso no es todo. Usted firmó la autopsia e hizo que él la firmase, o él lo obligó a usted. Y no creo que esa autopsia se haya llevado nunca a cabo.

Saramaggio se levantó y señaló la puerta.

– Es suficiente. Basta de acusaciones. Y basta de andar husmeando por ahí. Márchese ahora mismo. Y puede considerarse suspendida hasta nuevo aviso.

Kate abandonó el despacho dando un portazo. Estaba temblando de furia.

Mientras regresaba a su despacho, sin dejar de temblar, repasó todo el episodio, la cobardía de Saramaggio y la venalidad de Cleaver. Y lo que más le impresionó de la acusación fue la oportunidad. ¿Por qué la acusaban ahora y no varias semanas atrás, cuando se produjo el incidente? ¿Por qué querían apartarla del camino en ese momento? ¿Era porque estaba siguiendo la pista correcta?

Scott ya estaba lo bastante familiarizado con el vestíbulo del St. Catherine como para evitar cualquier posibilidad de ser detectado. Esperó fuera del edificio hasta que se acercó un grupo de cinco personas, todas con el aspecto despreocupado propio de los residentes, y cuando atravesaron las puertas giratorias, los siguió de cerca. Caminó pegado al grupo, manteniéndolos entre la recepcionista y él, hasta que superó el mostrador principal. Giró en la esquina del vestíbulo hacia el corredor que acababa en los ascensores, pulsó el botón y subió rápidamente cuando se abrieron las puertas. Una vez en la planta de Kate se dirigió a toda prisa a su despacho. La puerta estaba cerrada. Golpeó suavemente con los nudillos y, cuando nadie respondió, trató de abrirla. Estaba cerrada con llave.

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