John Darnton - Ánima
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»¿La conciencia de Tyler está ahora circulando libremente en el salón de los espejos de un parque de atracciones o se encuentra encerrada dentro de una cámara de los horrores demasiado horripilante para ser descrita?
»¿Por qué se niega a comunicarse? ¿Se ha vuelto difusa como una gota de perfume en un barril de agua? ¿O puede reunir su voluntad y decidir, como un niño obstinado, contener la respiración y no abrir la boca?»
Cleaver suspiró. Deseaba tanto saber, no sólo en el plano de lo abstracto, sino saber a partir de la experiencia. Miró el ERT, el modelo de apoyo, instalado en el escritorio donde había estado trabajando Quincy. Era exactamente igual que el modelo que Quincy había llevado al sótano de Pinegrove, el que Cleaver había estado utilizando con los pacientes.
La idea de probarlo personalmente, debía admitirlo, era muy tentadora. El mero hecho de pensar en ello le aceleraba el corazón hasta el punto de sentir cómo latía en sus oídos. Qué fácil sería. Sólo tenía que fijar los diales e instalarse en la camilla móvil para desaparecer después en el interior del tubo metálico. Al cabo de pocos segundos tendría una idea precisa de lo que significa estar allí fuera, experimentar el abandono del cuerpo, el vuelo a través del espacio, la mente remontándose a través del cielo.
Pero -y ahí residía la dificultad- ¿y el regreso? ¿Cómo asegurar que el viaje se realiza en los siete minutos obligatorios sin la presencia de un ayudante de laboratorio que lo saque de allí? Permanecer en la máquina más tiempo del permitido sería sin duda catastrófico. Había podido comprobar lo que había hecho con Benchloss. El recuerdo de las facciones contraídas de aquel pobre diablo cuando lo sacaron de la cámara aún permanecía vívido en su memoria. Se estremeció. Nadie que hubiese visto eso sería capaz de asumir voluntariamente el riesgo de repetir el viaje. No era tanto el final sino el viaje lo que aparecía como algo aterrador.
No podía decir, sin embargo, que la muerte de Benchloss hubiese sido totalmente inoportuna. De hecho, había sido algo casi fortuito.
Oyó los pasos de Quincy, que subía la escalera y luego se detenía delante de la puerta. El perro rascó la parte inferior con las uñas y la puerta se sacudió. Ruido de llaves, una vuelta de cerradura y el mastín irrumpió en la habitación, haciendo temblar las tablas del suelo. Detrás entró Quincy, que no miró a Cleaver con una expresión demasiado feliz.
– Joder. ¿Aún estás aquí? Pensaba que te habrías marchado hacía siglos.
Cleaver lo ignoró y volvió a concentrarse en el teclado. -Todavía lidiando con esa máquina, ¿eh? ¿Por qué no le das un respiro? De todos modos, ese jodido chismoso volverá a contestarte. ¿Sabes?, creo que está cabreado contigo. Creo que eres la última persona con la que querría hablar.
El enorme perro se acercó a Cleaver y le olisqueó los pantalones. Levantó la cabeza a la altura del hombro de Cleaver, con las orejas gachas y la cola apoyada en el suelo, lo que no era precisamente una postura amistosa.
– Eh, ¿quieres decirle que me deje en paz? -Tranquilo. Puede oler tu miedo. Yo también, por cierto.
Cleaver trató de prestar atención para ver si alcanzaba a oír un gruñido sordo sin acercar demasiado la cabeza.
– No te muevas -le ordenó Quincy.
Cleaver se quedó paralizado.
– Vamos, ya está bien -dijo-. Esto no es divertido. Saca a este animal de aquí.
– No, no me refiero al perro. Me refiero a que no pulses ninguna tecla. Por los clavos de Cristo, mira la pantalla.
Cleaver fijó los ojos en la superficie iluminada. Y allí, en el centro, vio cómo se formaban, lenta pero seguramente, las siguientes palabras:
QUE TE JODAN.
Kate bajó en el ascensor hasta el sótano del hospital y se dirigió con paso rápido al depósito de cadáveres por un corredor pintado de verde. Detestaba ese lugar. Todo lo que había allí la irritaba profundamente: el silencio de iglesia, el brillo de las luces reflejado en las superficies metálicas, los grandes cajones para conservar los cadáveres que parecían inocentes archivadores. Incluso el ambiente esterilizado le resultaba molesto, rigurosamente exigido en beneficio de los vivos, como si importase algo en lo que concernía a los cadáveres. Como médico, y particularmente como responsable de operaciones que llevaban a los pacientes al borde de la muerte, sabía que debía mantenerse en buenos términos con ese lugar. Pero le costaba aceptarlo. Para ella, la morgue representaba un fracaso consumado, la apoteosis de la muerte.
Había un hombre joven de guardia. Llevaba el pelo peinado con la raya en medio, de modo que los mechones caían a ambos lados de la cara, enmarcando la frente. Estaba sentado detrás de un escritorio de metal y leía un libro. No alcanzaba a ver el título pero sí que era una obra de Nabokov. El hombre bajó de inmediato el libro y la miró con ese aire de perplejidad y una pizca de obstinación que ella reconoció como el preludio del flirteo. -¿Puedo ayudarla?
El hombre hizo la pregunta con un deje burlón, como un inspector de aduanas que insinuara que podría estar dispuesto a aceptar un soborno.
Kate le dio el nombre, el título y el departamento donde trabajaba, lo que hizo que el hombre cambiase ligeramente de actitud. Luego le explicó que necesitaba comprobar cierta información: la hora exacta en la que un cadáver había entrado en la morgue y la hora en que se lo habían llevado a la funeraria.
– No lo sé -dijo el hombre, inseguro-. ¿Era uno de los suyos?
– De hecho, sí.
– Oh. Lo siento. ¿Cuál es el nombre, la fecha y la hora aproximada de la muerte, si lo sabe?
Kate le dio la información y el hombre introdujo los datos en el ordenador. Frunció el ceño. En la pantalla no aparecía nada. Luego comprobó el registro general, pasando una pantalla tras otra. Se detuvo y tocó la pantalla. -Ya lo tengo -dijo-. Fue admitido arriba… hace nueve semanas. ¿Es correcto? -Ella asintió-. Pero no consta que lo bajaran aquí. Es raro, porque figura la fecha de la muerte. -Pulsó otras teclas y comprobó otros archivos-. No tengo ninguna información sobre él. Yo diría que parece que nunca pasó por aquí, y es muy extraño. Tal vez la familia insistió en que lo llevasen a alguna otra parte, es la única forma de que haya evitado la morgue.
Ella le agradeció la información y se dispuso a marcharse, pero el hombre parecía desear que se quedara un rato más.
– ¿Quién firmó el certificado de defunción? -preguntó.
– El doctor Saramaggio. El hombre sonrió.
– Oh, bien, eso podría explicarlo todo, quizá consiguió resucitarlo.
– Dígame una cosa. -Y ahora Kate le sonrió amistosamente-. Si se llevan un cuerpo de aquí, para llevarlo a una funeraria o algo por el estilo, ¿quién es la última persona que lo ve antes de que se lo lleven?
– Eso es fácil. A esa hora sólo podría ser el portero de noche. El que trabaja en la salida trasera. Se puede comprobar, pero tendrá que ir a la oficina de los porteros. Está en el otro extremo del sótano.
De pronto se había convertido en una persona servicial.
– Una última pregunta, si no le molesta. -En absoluto. Puede hacerme más de una.
– Si tuviesen que hacer una autopsia, se practicaría aquí, ¿verdad? ¿No se llevaría a cabo en ninguna otra parte del hospital?
– Es poco probable. Aquí tenemos todo lo necesario, líquidos y todo lo demás. Eh. Está investigando este caso… ¿Qué ocurre? ¿Sospecha que ha habido juego sucio? -El empleo de esa expresión propia de la novela negra resultaba irónico-. ¿Necesita ayuda? Yo solía leer libros de Dick Tracy.
– No, gracias -dijo ella-. Esto es más del estilo de Mickey Spillane.
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