John Darnton - Ánima

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Nueva York: un chico de trece años yace en la cama de un hospital con el cerebro dañado a causa de un accidente. Dos científicos se hacen cargo de su destino. Ambos médicos alcanzarán juntos un resultado que superará todas las expectativas de la ciencia médica.

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– Scott, por favor. -Kate se volvió hacia Cybedon-.

Dígame una cosa, ¿todo lo que está explicando tiene alguna relación con los ordenadores?

– Ah, el escalpelo del cirujano da en el blanco.

– Esos ordenadores, de alguna manera,, le hicieron algo a Tyler.

– Ellos no le hicieron nada a él. Le dieron una oportunidad. Verá, lo único que hicieron esas máquinas fue abrir una puerta. Él fue quien pasó a través de ella.

– ¿Y dónde está?

– Se encuentra en un reino del que nosotros habitamos. -¿Dónde está eso?

– A nuestro alrededor, diría yo. En todas partes. ¿Es mejor o peor que el nuestro? ¿Quién puede decirlo? -¡Mierda! -exclamó Scott.

– Espere -lo previno Kate-. ¿Podemos verlo? -¿Verlo? Lo dudo. La pregunta es, ¿puede verla él? Tiendo a dudar eso también, aunque reconozco que no estoy tan seguro. Sin embargo, sí pueden hablar con él. -¿Hablar con él? -preguntó Kate.

– Sí. A través del ordenador, como me ha dicho que ya lo han hecho.

– ¿Quiere decir que Tyler se encuentra en algún mundo intermedio y que puede enviarnos mensajes desde ese lugar y recibir a su vez nuestros mensajes? -preguntó Scott.

– Sí, por decirlo de alguna manera.

– Retrocedamos un momento -dijo Scott-. ¿Puede explicarnos qué es lo que está pasando, todo el proceso, desde el principio?

Cybedon suspiró, tan profundamente que su inmenso vientre se estremeció.

– ¿Por dónde empezar?

– ¿Qué le parece desde el principio?

– Pero ¿qué es el principio? Sólo es un capítulo más en un relato antiguo y continuo. -Hizo una pausa y luego continuó-: Estamos siendo testigos de algo que la humanidad ha estado buscando durante siglos. Perdóneme, querida-dijo, volviéndose hacia Kate-; nunca he sido capaz de adoptar esa expresión torpe, ¿cómo es? «La raza humana.» Suena tan extraña al oído.

Kate asintió, instándolo a que continuase.

– Los filósofos y otros pensadores, epistemólogos en particular, se han estado preguntando desde el principio de los tiempos por la mente humana, por su capacidad para conocer cosas que parecen encontrarse fuera de su existencia corriente, cosas que se hallan incluso más allá de su capacidad física. Un sinnúmero de experiencias nos llegan sin explicación aparente: sueños, intuiciones, el famoso «sexto sentido», nuestras creencias espirituales. ¿Alguna vez han sabido algo, han sabido que era verdad aunque no apareciera a través de sus cinco sentidos?

Kate pensó de inmediato en su madre y en la visión que había tenido de su esposo muerto. Pero no dijo nada, ni siquiera asintió.

– Ese conocimiento podría parecer menos cierto en virtud del hecho de que su origen es oscuro, pero la verdad es precisamente lo contrario. Creemos más en eso, y lo hacemos porque la fuente no se encuentra en el dominio de nuestros sentidos. Está expuesto a convertirse en una creencia profundamente arraigada: la fe. Fe en la existencia de un ser superior que se abre paso a través de gran parte de la historia documentada, desde las cruzadas, la Inquisición, la expulsión de los hugonotes, etcétera. Una letanía triste e inquietante dé acontecimientos que adquieren la categoría de épicos debido a su violencia. Y ese proceso continúa hasta el presente: Irán, Afganistán, Oriente Medio. Me siento tentado a incluir también en esta lista a Irlanda del Norte, pero siendo en parte irlandés, tiendo a pensar en los problemas, tal como se los llama eufemísticamente, como algo su¡ géneris.

Cybedon sonrió. Kate percibió la creciente impaciencia de Scott y no hizo ningún gesto.

– De modo que surge inmediatamente la pregunta: ¿cómo conocemos estas cosas? Puesto que las conocemos por la mente, resulta natural suponer que es la mente la que procura ese conocimiento (adviértase que aquí empleo la palabra «mente», no «cerebro»), dicho de otro modo, en determinados momentos la mente tiene la capacidad de proyectarse más allá del recipiente físico que aparentemente la contiene. Debería añadir que eso sucede, en especial, en momentos críticos de la persona, como enfermedades, estados de extrema emoción y, no hace falta decirlo, el momento más crítico de todos, la muerte.

»Algunas personas son especialistas en ese otro mundo. Han nacido con el don de una elevada capacidad de percepción interna y, en consecuencia, las consideramos guías: Sócrates en el momento de beber la cicuta, Cristo en la cruz, Mahoma meditando en las cuevas de La Meca.»Otros, simples mortales, tratan de entrenarse para conseguir la hazaña de abandonar el cuerpo. Esto se consigue a través de la repetición de algún acto físico, como lo hacen los chamanes o los derviches, que giran sobre sí mismos, o nuestro equivalente moderno, los bailarines de música tecno, o bien a través de algún estado meditativo, como los monjes budistas, que pueden alcanzar y mantener un estado de trance durante semanas. Una tercera vía, por supuesto (y, nuevamente, es un signo de nuestra época), son los estimulantes artificiales. No es casual que se los llame drogas que expanden la mente.

»Pero estos métodos no son satisfactorios; las experiencias son breves y pasajeras. Nadie, al menos nadie hasta ahora -y aquí miró significativamente a Scott-, ha sido realmente capaz de acceder a ese reino, entrar en él y dar a conocer su presencia. ¿Cómo podría conseguirse eso? Solamente a través de la propia mente, la mente pura, cuando se desprende de ese problemático recipiente que es el cuerpo.

»¿Sabe?, en Latinoamérica existe la creencia de que en el momento exacto de la muerte, el cuerpo pierde veintiún gramos. Veintiún gramos, porque, según ellos, es lo que pesa la vida. Yo, personalmente, creo que este dicho no es cierto, pero como mito lo encuentro psicológicamente preciso y sorprendentemente revelador. Porque algo se entrega con la muerte. La pregunta es, ¿qué? Los antiguos tenían una palabra para eso: psique. Hoy lo llamamos alma. Algunos lo llaman el ánima.

– Por favor, por favor -dijo Scott-. Vaya al grano. -Lo estoy haciendo, señor Jessup, estoy yendo al grano. Me gustaría llevarlo allí conmigo, por eso le estoy ofreciendo esta larga exposición. ¿Puedo continuar? -Sí.

Cybedon miró a Kate.

– ¿Usted conoce, por supuesto, el trabajo del equipo de investigación danés que estudió a trescientos cuarenta y cuatro supervivientes de infartos? Se publicó en Lancet. Más de uno de cada diez experimentó visiones y pensamientos lúcidos después de haber sido declarados clínicamente muertos. Y eso tiene sentido cuando se considera que el cerebro muere de fuera hacia dentro. Se va cerrando capa por capa, como un huevo que se enfría. En la profundidad del cerebro, en el cerebro primitivo, se encuentra localizada el ánima. ¿Por qué no habría de ser la última en partir?

– Como una rata que abandona un barco que se está hundiendo -señaló Scott.

Cybedon lo ignoró.

Imagine ahora si en el momento de la muerte esta cualidad esencial, como quiera llamarla, pudiera encontrar otro camino; si pudiera encontrar algo que facilitara su pasaje hacia el reino etéreo, por decirlo de algún modo. Imagine que hay un sistema de cables y conexiones capaz de transmitir impulsos eléctricos profundamente implantados en esa parte del cerebro donde reside el ánima, donde reside de hecho la mente. Resumiendo, imagine a alguien como su hijo, que está conectado a unos ordenadores que…

– ¿Me está diciendo que el ordenador le quitó la vida y la puso en, como quiera llamarlo, otro «reino»?

– Así es, en efecto, aunque encuentro que su forma de expresarlo es poco afortunada. El ordenador es un portal.

– ¿Y dónde está ese reino? ¿Qué es? ¿El ciberespacio? ¿Me está diciendo que mi hijo se encuentra en el ciberespacio?

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