John Darnton - Ánima

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Nueva York: un chico de trece años yace en la cama de un hospital con el cerebro dañado a causa de un accidente. Dos científicos se hacen cargo de su destino. Ambos médicos alcanzarán juntos un resultado que superará todas las expectativas de la ciencia médica.

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Kate divisó a Saramaggio, solo bajo una sombrilla de playa y recostado en una tumbona que miraba al canal. Llevaba bañador. Un libro descansaba sobre su regazo, pero parecía perdido en sus pensamientos y con la mirada fija en el océano. Se sintió extraña, acercándose a él así, de improviso. Pero tal vez el elemento sorpresa favoreciera su misión.

– Doctor Saramaggio.

Él se quitó las gafas de sol y la miró, momentáneamente desconcertado. Durante un minuto no consiguió ubicarla.

– ¿Ehhh, doctora Willet? ¿Kate Willet? ¿Qué está haciendo aquí? -Saramaggio parpadeó, como si fuese un búho, luego echó un vistazo a su alrededor. Estaba tratando de deducirlo-. ¿Conoce a alguien…?

– No, no. No conozco a nadie aquí. Sólo a usted. He venido a hablar con usted.

– Entiendo.

Se irguió en la tumbona, apoyándose en un brazo. Tenía varios michelines en la cintura y pensó cuán apropiada era la vestimenta de cirujano como camuflaje para la carne flácida. Mientras él la miraba, buscando en su rostro algún tipo de respuesta, su actitud comenzó a cambiar. El cambio fue algo que ella sintió, más que observó. Pasado el momento de sorpresa, Saramaggio parecía extrañamente tranquilo. No le preguntó cómo había llegado hasta allí y tampoco cómo se las había arreglado para encontrarlo. Era como si esas preguntas carecieran de importancia ante algo mucho más profundo, ahora que ambos estaban juntos a orillas del océano.

Se trasladaron a una mesa de metal a la sombra de una sombrilla. El sol calentaba, a pesar de que ya era septiembre, y Kate comenzó a sentirlo. Tenía húmedas las axilas de su blusa blanca.

– ¿Le gustaría…? -Saramaggio señaló vagamente en dirección a la caseta de baño donde, ella vio ahora, había un pequeño bar. El olor a aceite frito llegaba incluso hasta allí.

Ella negó con la cabeza. -Doctor Saramaggio… -Leo. Por favor, llámeme Leo.

Eso era extraño. Nunca se había mostrado antes con tanta familiaridad. ¿Por qué había elegido ese momento para mostrarse informal? Cuanto más lo miraba, más se convencía de que no se trataba de una concesión amable. Era un gesto de apaciguamiento.

«Dios mío -pensó ella-, está nervioso.»

– Bien -prosiguió Kate-. He venido a hacerle algunas preguntas sobre la muerte de Tyler.

Saramaggio profirió un leve sonido, una casi imperceptible inspiración, y luego asintió lentamente.

– No veo cómo puedo ayudarla. -Una breve pausa y luego añadió-: ¿Qué es lo que desea saber?

Notó que Saramaggio no ponía en cuestión, a ella, una subordinada, su derecho a hacerle preguntas. Era mejor comenzar con las más sencillas, pensó.

– Varias cosas, si me lo permite. La primera, ¿cómo determinó que Tyler estaba muerto y cómo fijó la hora de su muerte?

– Usted estaba allí. Usted lo vio. De hecho, si no me equivoco -aquí incluyó una pizca de sarcasmo-, fue usted quien me alertó acerca de lo que estaba pasando. ¿O no fue así?

– Sí.

– O sea, que usted vio que había muerto, que todos sus signos vitales habían cesado y que no había ninguna posibilidad de practicarle ningún método de resurrección.

– Sí, pero el ordenador seguía haciéndose cargo de todas las funciones. ¿Cómo define uno entonces la muerte en una situación así?

– Es una situación inusual, eso se lo puedo garantizar. Pero decidí determinar el momento de su muerte cuando todos los signos vitales del paciente habían cesado: los que procedían del paciente, de modo que no sería capaz de sobrevivir ni un segundo una vez que el ordenador dejase de asistirlo.

– Yo me puse en contacto con usted después de medianoche. ¿Por qué registró la medianoche como el momento de su muerte?

El cuerpo de Saramaggio se puso tenso. Desvió la mirada hacia el mar y, por un momento, ella pensó que volvería a ser el viejo Saramaggio, que se levantaría y le preguntaría adónde quería llegar interrogándolo de ese modo y gritaría que la echasen de allí de inmediato. Pero no sucedió nada de eso.

– Fue un dato aproximado. Anoté medianoche por extrapolación, pensé que ésa sería aproximadamente la hora en que usted se encontraba en el pabellón y lo vio y que, por tanto, era la hora más temprana conocida en que había dejado de existir.

«Es bueno -pensó Kate-. Ante un tribunal sería un testigo perfecto.»

La socorrista hizo sonar su silbato. Se oyó un estridente chirrido que parecía violar la paz de los alrededores. -Hora de los padres -gritó la chica.

Uno de los adolescentes protestó. Todos salieron del agua lentamente y a regañadientes, irguiendo sus cuerpos bronceados y esbeltos hasta sentarse en el borde. Su lugar fue ocupado por un grupo de púdicas mujeres con gorros de baño, que entraron graciosamente en el agua y luego comenzaron a nadar braza mientras movían la cabeza como si fuesen majestuosas embarcaciones.

Saramaggio y Kate permanecieron algunos minutos en silencio. Él fue el primero en hablar.

– ¿Debo interpretar que ha visto el certificado de defunción?

– Así es.

Saramaggio volvió a desviar la mirada hacia el océano, casi con anhelo, decidió Kate.

– Y el informe de la autopsia-añadió ella-. Vi que la segunda firma corresponde al doctor Cleaver. ¿Puedo preguntarle por qué él? ¿Por qué no el médico residente que estaba de guardia aquella noche? ¿Qué estaba haciendo el doctor Cleaver en el hospital a esa hora de la noche?

– Yo lo llamé. -¿Usted lo llamó?

– Sí. Pensé que era mejor que viniese, ya que la mitad de todo el procedimiento era responsabilidad suya. Fue él quien instaló los ordenadores y quien debía estar allí si algo salía mal.

– ¿Salía mal?

– Bueno, doctora Willet, imagino que estará de acuerdo conmigo si digo que, cuando un paciente muere, se presume que algo ha salido mal.

«Bien -pensó ella-. Ahora ha vuelto a adoptar ese aire de superioridad. Es un buen momento para hacerle la pregunta que me ha traído hasta aquí.»

– Doctor Saramaggio… perdón: Leo, ¿practicó usted realmente la autopsia? ¿O lo hizo otra persona?

Él desvió la mirada rápidamente, pero no lo suficiente, porque sus ojos contaron toca la historia. Había sido víctima de una emboscada y ellos habían respondido antes de que tuviese la más mínima posibilidad de censurarlos. «No -dijeron ellos-, no lo hice yo.»

– Por supuesto que la practiqué yo. -Luego compuso una expresión de ira-. ¿Acaso sugiere que sería capaz de falsificar un certificado de defunción? ¿Sabe cuál sería el castigo por una falta semejante?

– Lo sé. De modo que quiero preguntarle más acerca de la autopsia, cómo la llevó a cabo, incluyendo las anomalías que encontró.

– ¿Anomalías?

Ahora su expresión era de preocupación. -Sí.

Permaneció en silencio un momento, finalmente respondió:

– No recuerdo que hubiese ninguna anomalía. -¿Recuerda por casualidad el nombre del asistente que se llevó el cuerpo?

– No.

– ¿El ayudante que estaba de guardia en el depósito de cadáveres?

– No.

– ¿La hora?

– No. Era más de medianoche, eso es todo. ¿Sabe?, todo este asunto me alteró bastante.

Su admisión era más que un reconocimiento de debilidad, pensó Kate; era un reconocimiento de culpa. -Pensándolo mejor -dijo ella-, creo que aceptaría una taza de café. ¿Le molestaría ir a buscarme una? Cuando él regresó, una figura alta que llevaba la taza encorvando el cuerpo de modo que parecía incluso más viejo, ella fingió que había logrado convencerla y cambió de tema. Saramaggio no estaba completamente seguro de haber conseguido disipar todas sus dudas, pero sabía que, con tiempo, podría lograrlo.

La socorrista volvió a tocar el silbato.

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