John Darnton - Ánima
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Steve Klinger era uno de los amigos más viejos de Scott, aunque sus vidas profesionales discurrían por caminos tan divergentes que no se veían con mucha frecuencia. Se habían conocido doce años atrás, cuando una revista le había encargado a Scott que hiciera un reportaje fotográfico sobre abogados importantes. Scott había seguido a Steve durante dos días por todas partes y habían congeniado. Steve era un fotógrafo aficionado y Scott le enseñó algunos trucos del oficio. El padre de Steve era un hombre fuerte y corpulento con un halo de angelicales rizos blancos, que fumaba enormes puros, daba abrazos de oso, conducía un Cadillac El Dorado, y era uno de los abogados defensores más famosos de Nueva Inglaterra. Sentía un profundo afecto por Scott y Lydia y, cuando ella murió, la familia Klinger adoptó a Scott y a Tyler. Los domingos los atosigaban con salmón ahumado y roscos de pan, apuntalaban a Scott con una mezcla de consuelo y whisky de malta en proporciones adecuadas y asistían a las obras de teatro en la escuela de Tyler para que contase con una buena sección de seguidores que lo aplaudiera. Una familia numerosa de reemplazo.
– ¿Te molesta si fumo? -preguntó Scott, sentándose junto a Steve en un sofá de su despacho.
Las paredes estaban cubiertas con placas, diplomas y fotografías. Por encima del hombro de Steve, Scott alcanzó a ver una foto de su padre junto a Huey Newton, tomada durante los juicios a los Panteras Negras en New Haven a principios de los setenta.
Steve, delgado y vehemente, hizo una mueca. No estaba permitido fumar en el bufete y obligaban a sus secretarias a que salieran del edificio para dar unas caladas, incluso en invierno.
– Tratándose de ti… no hay problema -dijo, levantándose del sofá para abrir la ventana. Luego se sentó detrás del escritorio ante un montón de papeles.
– Después de que hablamos por teléfono, hice algunas investigaciones sobre la exhumación. Sólo he solicitado una exhumación en mi vida, y otro abogado de la firma se encargó de llevar el caso. De modo que no soy un experto en la materia. He consultado la ley; por cierto, es la sección 19ª-413 del reglamento general de Connecticut. Scott lo miró sin entender. Steve añadió:
– En caso de que pudieras necesitarla para futuras referencias.
– Ésta es la única que tengo intención de investigar. Steve continuó:
– La ley autoriza al médico forense a exhumar el cuerpo bajo determinadas circunstancias. Veamos… -Consultó un grueso volumen que estaba abierto sobre la mesa. Murmuró durante un momento y luego leyó en voz alta y de forma espaciada, de modo que Scott sólo pudo descifrar algunas frases-… si la muerte se produce bajo circunstancias que autoricen… un cuerpo es enterrado sin contar con la adecuada certificación… el médico forense jefe notifica al abogado del estado… presenta los hechos ante el juez del tribunal superior… etcétera, etcétera. Cerró el libro con un ruido seco, un movimiento que debía de haber realizado ante cientos de clientes, y que hizo que Scott tuviera la sensación de que su amigo tenía un aspecto absolutamente nuevo que él ignoraba.
– Scott, permíteme que te haga una pregunta: supongo que, dada la naturaleza del caso que nos ocupa… -Sus palabras tenían un matiz absolutamente impersonal y Steve tuvo la delicadeza de hacer una pausa y volver atrás-. Lo siento. No es mi intención entrar en tecnicismos contigo. Sé lo difícil que es todo esto para ti. Lo que quiero decir es que Tyler permaneció en el hospital bastante tiempo y el procedimiento al que fue sometido era altamente experimental, ¿no es así?
– Altamente experimental. Jamás se había hecho antes con seres humanos. Y no era un procedimiento. Era una operación.
– De acuerdo. Pero a lo que voy es que tenemos que suponer que los médicos seguían un protocolo normal y eso significaría que, en esas circunstancias especiales, dado que la operación era experimental, una vez que el paciente muere debe practicársele la autopsia. ¿Sabes si lo hicieron? -Sí, le practicaron la autopsia.
– Hum. -Hum, ¿qué?
– Nada, en realidad. Es sólo que las autopsias solían ser bastante comunes en Connecticut, y ahora se practican muy raramente.
– ¿Y?
– Y eso hace que las cosas sean un poco más complicadas para nosotros. Cuando un juez sabe que se ha llevado a cabo una autopsia, tiende a prestar más atención. Hace pensar que las cosas son honestas.
– ¿Honestas?
– Sí. En el sentido de que se ha examinado el cuerpo como corresponde y todo eso. El hecho de que el cuerpo haya sido examinado dificulta la posibilidad de una exhumación, suponiendo, por supuesto, que la autopsia se haya realizado correctamente. ¿Supongo que tu no… no tienes ninguna razón para pensar que no lo fue? -No.
Steve hizo una pausa y apoyó los codos sobre el escritorio, uniendo las puntas de los dedos.
– Verás, la ley establece cinco o seis condiciones bajo las cuales se puede ordenar la exhumación de un cuerpo: una muerte súbita o violenta, circunstancias sospechosas, una muerte relacionada con una enfermedad o que afecte a la salud pública, esa clase de cosas. -Circunstancias sospechosas. Ahí lo tenemos.
– Ah, ¿te refieres a esa cuestión del ordenador que me explicaste? ¿Los mensajes?
– Exactamente.
– Bueno, no es tan sencillo como eso. Las circunstancias sospechosas, como dice el texto, hacen referencia a la forma en que se produce la muerte y no… a lo que suceda después.
– Y qué me dices del hecho de que quizá Tyler no esté muerto, ¿no dirías que eso es sospechoso?
– Bueno, seguro que sí, pero aquí estamos tratando con un tribunal… o al menos con un juez, y él tiene que ser capaz de verlo claramente. Tenemos que conseguir que él convenga en que es sospechoso.
– Maldita sea, Steve, ¿de qué lado estás?
– Del tuyo, naturalmente. Espera un momento: sólo te estoy diciendo que no es fácil. No digo que sea imposible; no se trata simplemente de una cuestión formal. Para conseguir del tribunal una orden para proceder a una exhumación, necesitas probar una de las condiciones que fija la ley, digamos, circunstancias sospechosas, y la ausencia de una autopsia. Y tienes una autopsia, lo que complica bastante las cosas.
– ¿Puedes hacerlo o no?
Steve volvió a mirar a través de la ventana, luego cogió una pluma y comenzó a escribir en un gran cuaderno de hojas amarillas.
– Creo que sí. Puedo intentarlo. Lo que tenemos que buscar en este caso es la posibilidad de una identidad equivocada.
– ¿Identidad equivocada?
– Sí. Tenemos que afirmar que otra persona ha sido enterrada en lugar de Tyler, o al menos que tenemos razones para creer que la identificación de Tyler fue errónea en algún aspecto… que fue incorrecta o tal vez no totalmente segura.
Hizo una lista y le entregó la hoja a Scott. -Necesitaré toda esta información, tan completa como puedas conseguirla. Oh, ¿y cómo se llama esa mujer que trabajaba en el hospital, la que estaba sentada junto a ti en el funeral?
– Kate Willet. Trabaja allí como neurocirujana. -Correcto.
Apuntó el nombre, luego se levantó, con aspecto de sentirse un tanto torpe ahora que las cosas estaban en marcha.
– Bueno, creo que eso es todo -dijo. -Steve, ¿crees que lo conseguiremos?
– Sí. No creo que un juez del tribunal superior niegue una orden de exhumación solicitada por el único familiar vivo. Pero el problema es que, debido a lo que te he explicado antes, no ocupará el primer lugar en el calendario judicial.
– ¿De cuánto tiempo estamos hablando?
– Te seré sincero. No creo que tengamos resultados antes de dos o tres meses.
– Meses… No puedo esperar tanto. Por Dios, Steve, esto es urgente. Está sucediendo algo realmente extraño. Tyler está ahí, en alguna parte, y tengo que encontrarlo. No sé por qué otro lugar empezar.
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