John Darnton - Ánima

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Nueva York: un chico de trece años yace en la cama de un hospital con el cerebro dañado a causa de un accidente. Dos científicos se hacen cargo de su destino. Ambos médicos alcanzarán juntos un resultado que superará todas las expectativas de la ciencia médica.

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– No, señor Jessup. El ciberespacio es simplemente un término que se emplea para describir una serie de conexiones hechas por el hombre entre sistemas de ordenadores, primero a través de cables y luego a través del espacio. Esto es absolutamente diferente. No es algo creado por el hombre. Es eterno y siempre ha estado con nosotros, como el espacio que hay entre las moléculas y que no podemos ver.

Cybedon miró directamente a Scott, quien le devolvió la mirada.

– Piense en el ciberespacio como en un medio de comunicación. Eso es todo. Es como una antena que puede captar señales en el aire y alimentar con ellas su televisor. O las ondas del sónar que viajan a través del océano y recogen el sonido de ballenas que se encuentran a centenares de kilómetros de distancia. Le permite llegar hasta él y, lo que es más importante, permite que él llegue hasta usted. Es ese contacto de doble sentido el que representa este notable avance.

»El milagro no es que Tyler -el uso del nombre de su hijo golpeó a Scott como una descarga eléctrica- se haya ido o que su conciencia haya entrado en un mundo que nosotros no podemos experimentar. El milagro es que haya entrado en ese mundo y haya tenido éxito en establecer una comunicación de retorno. Eso, podríamos decir, es feedback informático al más alto nivel.

– ¿Y cómo es ese lugar?

– ¿Quién puede saberlo? Si usted va a la playa y simplemente mira, no conoce el océano. Podría consistir en todos los que han vivido alguna vez, cada acción llevada a cabo alguna vez, cada palabra que ha sido dicha. O podría tratarse de algo individual, podría representar su propia conciencia liberada del cuerpo, su imaginación pura, la esencia de lo que usted es.

– A ver si lo entiendo. Usted dice que Tyler se ha ido.

De modo que lo que está diciendo es que está definitivamente muerto, ¿correcto?

– No, yo jamás lo definiría en esos términos. Yo diría que ha alcanzado de forma permanente la separación mente-cuerpo. Y que actualmente la situación es la inversa: él, o sea, su conciencia, tiene la oportunidad de alcanzar la vida eterna. -Cybedon abrió las manos, con las palmas hacia arriba-. Aunque, por supuesto, no sabemos qué clase de vida es.

– ¿Y su cuerpo?

– Bueno, eso, lamentablemente para usted, sufrirá un proceso de deterioro.

– De modo que no hay posibilidad de regresar. -No. Al menos no en nuestras vidas.

– ¿Y después?

– Después, espero que los seres humanos sean capaces de inventar una máquina que pueda volver a capturar esa ánima. Y entonces habremos conseguido un salto cuántico en la evolución. Será como el primer encuentro entre el esperma y el óvulo, y eso nos llevará a un nuevo mundo.

Cybedon entrelazó las manos y parpadeó, como si estuviese a punto de quedarse dormido. Estaba claro que la entrevista -o, desde su punto de vista, la audiencia- había terminado.

– Buena suerte -dijo finalmente-. Y no se desanime, todo lo contrario.

Scott y Kate abandonaron la habitación. Scott entró en todas las demás habitaciones de la casa. Sólo encontró a tres personas, incluyendo al joven que les había saludado al entrar en la casa con taciturna indiferencia, y ninguno de ellos parecía saber nada importante. El escurridizo Quincy no estaba en ninguna parte.

Subieron al coche y emprendieron el camino de regreso en silencio, pero a los pocos minutos Kate se volvió hacia Scott y le preguntó:

– ¿Qué ha sacado en claro de todo eso?

– No puedo decir que lo crea. Conciencia liberada, ánima, el otro reino… Es demasiado fantástico para mi gusto. Pero, no sé… hubo un momento en el que todo lo que estaba diciendo pareció tener sentido. ¿Usted qué opina?

– Me siento igual que usted, Scott -dijo-. Soy escéptica, pero sólo a medias.

Porque la verdad era que, a pesar de toda la ciencia práctica y realista que le habían inculcado, Kate estaba abierta a la creencia de que el mundo era un lugar complicado que ocultaba sus verdades más profundas. «Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio…»

Scott, además, se sentía inseguro. Estaba empezando a pensar que era como el tipo que había mencionado Cybedon y que mira el mar desde la playa. «Nuestra ignorancia es tan abismalmente ilimitada -se dijo-, que ni siquiera podemos empezar a imaginar su profundidad.» Mientras atravesaban el río, las torres del puente parecían incendiadas por los últimos rayos del sol. Arriba, el cielo estaba surcado de nubes que parecían iluminadas desde dentro, dramáticas explosiones de rosa, anaranjados y morados. Era una visión sobrenatural, como el fin del mundo.

Cleaver se sentía frustrado, y con razón. Después de todo, él había sido quien había despachado el ánima hacia el éter y ahora esa jodida cosa lo ignoraba. Simplemente, no podía establecer ningún contacto con ella.

Se sentó ante el teclado en el laboratorio de Quincy, en Braintrust, cuatro pisos por encima del Bowery, solo, golpeando las teclas del ordenador, esperando encontrar algo parecido a una respuesta. Estaba desesperado, incluso pulsando el tabulador, la tecla de retroceso y «suprimir». Había probado con todas las variantes posibles de JINGO, la contraseña que Quincy había robado del ordenador de Scott Jessup.

Pero nada funcionaba. Ese mocoso perverso.

Las ventanas estaban abiertas y podía oír los ruidos procedentes de la calle; un coche que hacía sonar la bocina, el ladrido de un perro y, si prestaba atención, incluso tacones resonando en la acera. Fuera hacía un día fresco y perfecto de otoño, la clase de día que solía provocarle una infinita melancolía cuando estaba interno en la escuela en Nueva Inglaterra y más tarde durante sus años en el MIT. Le hacía sentir que mientras él, el zángano siempre fiel, estaba trabajando en su escritorio, los demás estaban divirtiéndose, paseando en sus coches, dirigiéndose a Cape Cod para una merienda campestre en la playa, reunidos en una hamburguesería donde las camareras repartían los pedidos montadas en patines… cualquier cosa que hicieran los jóvenes.

El perro de Quincy se había ido de paseo, al menos. Dio gracias a Dios por sus pequeños favores.

Volvió a mirar la pantalla. Sólo había habido aquellos mensajes vacilantes, adelante y atrás, suficientes para que él se diese cuenta de que el gran experimento había dado resultado. Pero nada desde entonces. Y ahora Cybedon, que no había tenido nada que ver con el experimento, y quien debía considerarse afortunado por el mero hecho de haber oído hablar de él -y eso era culpa exclusivamente de Quincy-, lo estaba asumiendo como si fuese suyo, hablando de él, planteando objeciones, teorizando, casi como si él fuese el creador.

Cleaver apartó las manos del teclado y se apoyó en el respaldo del sillón. Pensó en el ciberespacio, trató de imaginar cómo debía de ser. Siempre que lo hacía imaginaba que sería una especie de vasta red orgánica que se extendía alrededor del mundo como una criatura de ciencia ficción, o uno de esos hongos subterráneos que uno lee que se expanden a lo largo de kilómetros bajo la tierra, la criatura viviente más grande del mundo. A veces pensaba en él como en un cerebro, un cerebro global que se extendía rezumando materia gris como densos bancos de niebla y con chispas que saltaban a través de las sinapsis como el fuego del bosque a través de los ríos y centros pulsantes como terremotos submarinos.

De pronto se detuvo y se preguntó: «Si el ciberespacio es un cerebro o algo análogo a un cerebro, ¿se organiza de acuerdo a un principio? ¿Se ordena por funciones orgánicas de modo que, con el tiempo, se descompone en diferentes partes? ¿Es ridículo pensar que todos los montones de datos que circulan por allí podrían organizarse en algún almacén o depósito de memoria recuperable o que todos los virus podrían congregarse en algún centro de maldad, un centro de agresión? ¿O que los sistemas de antivirus que tratan de mantener los caminos abiertos evolucionan hasta convertirse en estaciones de mando para sistemas circulatorios bondadosos o caritativos?

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