John Darnton - Experimento
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Jude se limitó a alzar ligeramente las cejas perplejo, indicando con ello a su interlocutor que continuase.
– Me acordé de un reportaje que su periódico publicó hace años sobre los diez mejores jueces y los diez peores jueces. Un trabajo muy interesante, por cierto. Estuvo muy bien el truco de enviar un mismo acusado ante cada uno de los jueces. Así que supongo que están ustedes haciendo algo parecido con los forenses de la ciudad y sus alrededores, para ver cuáles son los mejores y cuáles los peores. Porque en otro caso, sus motivos para pedirme lo que me pidió, querido amigo, escapan totalmente a mi comprensión.
Jude no confirmó ni desmintió las alegaciones del forense. No quería hacer nada que pudiera irritarlo, pues se estaba aproximando el crucial momento en el que la información sale al fin a la luz.
– ¿Y a qué conclusión llegó usted? -preguntó con voz suave.
– No tan de prisa. No tan de prisa. -dijo McNichol alzando una mano en actitud de guardia deteniendo el tráfico-. Déjeme hablarle primero del viaje, y luego le contaré a qué destino me llevó.
El forense cruzó los brazos sobre el escritorio, como si se dispusiera a emprender un largo relato, y Jude se retrepó en su sillón, dispuesto a escuchar.
– ¿Le suena a usted el nombre de Leonard Hayflick? -inquirió McNichol como si aquélla fuera la pregunta más natural del mundo.
Jude, que había sacado su cuaderno pero no estaba tomando notas, negó con la cabeza.
– Lástima. El tipo no es ni más ni menos que el anatomista más destacado de la época moderna. Fue un coloso de la investigación sobre el envejecimiento. ¿Quién dijo que el mundo era justo? Todos conocen a James Watson y Francis Crick, Universidad de Cambridge, 1953… El mito completo, hasta lo de que luego se fueron a un pub y declararon que habían desentrañado el secreto de la vida… Cosa que, indiscutiblemente, era cierta.
– Supongo que se refiere usted al descubrimiento del ADN. La doble hélice.
– Exacto. El singular suceso que abrió una nueva era en la genética. Hayflick realizó una proeza similar, sólo que en el campo de la gerontología.
– ¿Qué hizo?
– Le extrajo unas células a un feto y las cultivó en un disco Petri. Lo hizo en 1961, y actualmente nos resulta difícil recordar lo rudimentarios que eran por entonces nuestros conocimientos. En aquellos días se consideraba que el envejecimiento era un proceso irremediable, controlado por el destino biológico. Uno envejece porque el cuerpo se le gasta, como una máquina cuyas partes terminan cayéndose a pedazos a causa del uso. La piel se arruga, el pelo se cae, el cerebro se encoge, las arterias se obstruyen. No se puede evitar. La gente nacía, vivía un cierto número de años y luego se moría. Y eso, más o menos, era todo. Naturalmente, hasta cierto punto, las personas podían alargar o acortar esos límites. Normalmente, vivía más una bibliotecaria abstemia que un poeta maldito que se inspiraba atiborrándose de ajenjo. Pero en términos generales, se consideraba que la duración de la vida era algo prescrito. Cien años como máximo. Tal era el dictado de la naturaleza. Naturalmente, hoy en día sabemos que todo eso eran paparruchas.
– Sí, eso me acaban de decir.
– Pues le han dicho bien. Créame, los avances en el terreno de la prolongación de la vida que se producirán en los próximos cincuenta años lo dejarán atónito. Las generaciones futuras evocarán con consternación esta época, en la que la esperanza de vida no alcanzaba los ochenta años. ¿Ha hecho usted el recorrido de los cháteaux del Loira? Cuando el guía muestra a los turistas las camas que no miden más de metro y medio y las minúsculas armaduras de los caballeros medievales, todos se sorprenden de lo bajita que era antes la gente. Bueno, pues en el futuro se evocará nuestra época del mismo modo. ¿Recuerda la sorpresa que le produjo enterarse de que Alejandro Magno murió a los treinta y tres años? Las generaciones futuras sentirán la misma sorpresa por el hecho de que Einstein murió a los setenta y seis.
El forense clavó la mirada en Jude y, tras una pausa, continuó:
– Y todo comenzó con Hayflick. Él fue quien le puso el cascabel al gato del envejecimiento. Él hizo la pregunta clave: ¿por qué se produce el envejecimiento? ¿Se debe a que las células individuales se agotan y llegan a incapacitar todo el organismo humano? ¿O se produce porque algún deterioro relacionado con la edad que se produce en alguna parte del organismo hace que las células se agoten? ¿Cuándo pierde un ejército una batalla decisiva? ¿Cuando son tantas las bajas que los soldados que quedan ya no pueden mantener el terreno, o cuando un general comprende que sus tropas van a sufrir una derrota aplastante y da la orden de rendición? La metáfora, por cierto, es mía, no de Hayflick.
»Lo que Hayflick hizo fue realizar un experimento que, como todo los grandes experimentos, visto en retrospectiva parece muy sencillo. Colocó las células del feto en el disco Petri para ver cuánto vivían por su cuenta. No tenían que hacer nada, no tenían que efectuar ningún trabajo en beneficio de ningún organismo humano. Únicamente tenían que hacer lo que a las células les resulta natural hacer, dividirse y multiplicarse. Cosa que hicieron. Unas cincuenta veces. Y luego murieron. Después Hayflick repitió el experimento con células extraídas de una persona de setenta y cinco años. Antes de morir, las células también se dividieron, pero sólo veinte o treinta veces.
– O sea que los soldados siempre terminan muriendo.
– Olvídese de la metáfora -dijo bruscamente McNichol-. La vida real es más complicada. En la vida real, las cosas no tienen que ser de un modo o de otro. En la vida real, mueren miles de soldados y, además, el general se rinde.
McNichol se puso en pie y comenzó a acompañar sus palabras con ademanes.
– Lo importante es que las células del anciano de setenta y cinco años eran efectivamente más viejas que las del feto. Lo importante es que Hayflick estableció que la duración de la vida de la célula tiene un límite natural, que a partir del momento de su nacimiento, se divide unas cincuenta veces y luego entra en la senectud.
– Entonces, si existe un límite natural, no es posible evitar el envejecimiento.
– Muy al contrario, eso significa que tal esperanza sí existe. En biología, las cosas no suceden porque sí. En la naturaleza, nada es tan natural como para que el hombre no pueda modificarlo. Si existe un límite es porque algo marca ese límite. Porque hay algo que hace que exista ese límite -explicaba cada vez más entusiasmado-. ¿No lo comprende? En su interior, las células tienen un reloj que les indica cuándo ha llegado su momento. Y el hecho de que exista ese reloj significa que podemos encontrarlo y manipularlo y que, con el tiempo, podemos incluso aprender a cambiarlo de hora. Podemos hacer que la célula viva más tiempo. Y eso es justamente lo que hacemos.
– ¿Dónde?
– En laboratorios repartidos por todo el mundo. Los científicos están descubriendo genes que retrasan la senectud en organismos sencillos. La evolución tiene un único esquema, así que en nuestros organismos existe la misma secuencia genética. Gran parte del trabajo más importante lo realiza un protozoo unicelular que vive en las charcas y que es el que nos ha dado la clave del reloj.
– ¿Cuál es el reloj?
– Los telómeros.
– ¿Telómeros?
– Tiras de ADN que están en los extremos de nuestros cromosomas. Como usted sabe, los cromosomas son largos filamentos de ADN que contienen las instrucciones genéticas de la célula. Al final de cada uno de ellos hay un telómero. Han comparado a los telómeros con los pequeños remates de plástico que tienen en la punta los cordones de los zapatos para evitar que se deshilachen. Lo telómeros cumplen un cometido parecidísimo. Cada vez que se divide, la célula pierde una pequeña parte de sus telómeros, de modo que la tira se hace cada vez más corta según la célula va envejeciendo. Cuando la célula alcanza el límite Hayflick de cincuenta divisiones, el telómero ya no es más que un minúsculo fragmento. Ése es el momento en que la célula alcanza la vejez y entra en su declive. Así empieza la muerte de la célula.
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