Joseph Conrad - Nostromo
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Don José Avellanos era tal vez el único superviviente que conocía la historia entera de esas inauditas crueldades. Él mismo había padecido vejaciones inhumanas, y cualquiera alusión a ellas le hacía estremecerse y mover nerviosamente el brazo en ademán de rechazar su recuerdo. Pero, por una razón u otra, el doctor Monygham, a pesar de ser un personaje en la administración de la mina de Santo Tomé, tratado con temor reverente por los obreros y tolerado en sus extravagancias por la señora de Gould, permanecía aislado de la buena sociedad.
No era el gusto de saludarle el que había movido al ingeniero en jefe a detenerse en la posada del llano. Prefería al viejo Viola. El objeto de aquél era echar un vistazo al "Albergo d’ltalia Una", considerándolo como una dependencia del ferrocarril. Allí se aposentaban muchos de sus subordinados; y, por otra parte, la protección dispensada por la señora de Gould a la familia confería al hotel una distinción especial. El ingeniero jefe, que tenía a sus órdenes un ejército de trabajadores, estimaba en mucho la influencia del viejo garibaldino sobre sus paisanos. El austero republicanismo de Viola, a la antigua usanza, se inspiraba en un severo ideal ordenancista de lealtad y cumplimiento del deber, como si el mundo fuera un campo de batalla en que los hombres tenían que pelear en defensa del amor y fraternidad universal, en vez de hacerlo por una parte mayor o menor del botín.
– ¡Pobre viejo! -dijo después de haber oído el dictamen del doctor sobre el estado de la señora Teresa. -No podrá atender por sí solo al Servicio del hotel. Lo sentiré.
– Arriba está sin un alma que le acompañe -refunfuñó el doctor moviendo su cabezota hacia la estrecha escalera. -Todos se han ido, y la señora de Gould se llevó hace un momento a las niñas. Dentro de poco no podrán vivir con entera seguridad en esta casa. También yo hubiera partido, porque como médico nada tengo que hacer aquí; pero la señora de Gould me rogó que me quedara acompañando al viejo Giorgio, y como no tengo cabalgadura para volver a la mina, donde debería estar, no opuse reparo alguno. En la ciudad por ahora no me necesitan.
– Tengo gran deseo de quedarme con usted, doctor, hasta ver que pasa en el puerto -declaró el ingeniero en jefe. -El pobre viejo no debe ser molestado por la soldadesca de Sotillo, que podría llegar hasta aquí inmediatamente. Sotillo solía tratarme con cordialidad en casa de Gould y en el club. No concibo cómo ha de atreverse a mirar a la cara a ninguno de sus amigos de aquí.
– ¡Claro! E indudablemente empezará fusilando a varios de ellos para contrarrestar el mal efecto de su retraso en unirse a los vencedores -comentó el doctor. -En este país lo mejor que puede hacer un jefe militar, cuando muda de partido, es ejecutar sumariamente a unos cuantos de sus antiguos amigos.
Monygham dijo esto con una firmeza sombría, que no dejaba lugar a protesta. Su interlocutor no intentó negarlo; antes al contrario asintió varias veces con movimientos de cabeza y expresión triste. Luego repuso:
– Me parece que he de poder facilitarle una cabalgadura por la mañana, doctor, porque nuestros peones han recogido algunos de los caballos que se habían escapado. Cabalgando a toda prisa y dando un amplio rodeo por Los Hatos a lo largo de la margen del bosque, sin tocar para nada en Rincón, llegaría usted probablemente al puente de Santo Tomé, libre de todo tropiezo. La mina es ahora, a mi juicio, el lugar más seguro para todos los comprometidos. ¡Ojalá se hallara el ferrocarril en las mismas circunstancias!
– ¿Me cuenta usted a mí entre los comprometidos? -interrogó el doctor con calma, tras un breve silencio.
– "Toda la concesión Gould lo está. No era posible que se mantuviera por siempre al margen de la vida política del país, si es que así pueden llamarse estas convulsiones. La cuestión dudosa es: ¿se puede tocar a la mina? Forzosamente había de llegar un momento en que no hubiera modo de conservar la neutralidad, y Carlos Gould lo comprendió perfectamente. Me figuro que está preparado para toda contingencia por extrema que sea. No se concibe que un hombre de su temple haya pensado en permanecer indefinidamente a merced de la ignorancia y de la corrupción. Tanto valdría estar prisionero en una caverna de bandidos con el precio de rescate en el bolsillo y comprando la vida día por día. Repare usted, doctor, que me refiero a la seguridad, no a la libertad.
"Hablo con conocimiento de causa, y la comparación que le ha hecho a usted encogerse de hombros es del todo exacta, en especial si se imagina usted al prisionero con medios de llenarse el bolsillo, tan inaccesibles a sus carceleros como si el dinero hubiera de venir de otro planeta.
"Usted habrá comprendido, doctor, tan bien como yo, que la situación de Carlos es la de la gallina que ponía huevos de oro. Yo se lo hice notar así desde que sir John hizo su visita al país. El prisionero de bandidos ignorantes y codiciosos se halla siempre a merced del primer rufián que, en un arrebato de ira o con la esperanza de un gran lucro inmediato, puede levantarte la tapa de los sesos. No en vano la experiencia de siglos nos cuenta la historia de la gallina sacrificada estúpidamente para tener de una vez todos los huevos de oro. Es una historia que no envejece nunca.
"Por eso Carlos Gould, con su taciturnidad y su firmeza características, ha apoyado el mando riverista, primer acto público que le prometía seguridad sobre bases distintas de la venalidad. El riverismo ha fracasado, como fracasa en este país todo lo que tiene visos de racional. Pero Gould es consecuente al querer salvar la gran reserva de plata. El plan de Decoud relativo a una contrarrevolución será o no practicable; podrá tener o no probabilidades de éxito; pero a pesar de los muchos años que llevo en este continente revolucionario, no acabo de tomar en serio tales procedimientos.
"Decoud nos leyó el borrador de una proclama, y nos expuso con elocuencia su plan de acción. Produjo argumentos que nos habrían parecido bastante sólidos si, en nuestra condición de ciudadanos pertenecientes a organizaciones políticas estables, no halláramos poco fundada y hasta un tanto absurda la constitución de un nuevo Estado, salida del cerebro de un joven escéptico, que se salva huyendo, para ponerse con una proclama en el bolsillo bajo la protección de un grotesco mestizo fanfarrón, a quien se llama general en esta parte del mundo. Parece un ridículo cuento fantástico… y con todo eso, ¿quién sabe? Es una idea descabellada que pudiera triunfar, porque se amolda al verdadero espíritu del país."
– De manera que, según ha dicho usted antes, han puesto en salvo la plata llevándosela fuera? -preguntó el doctor pensativo.
El ingeniero sacó el reloj y dijo:
– Según calcula el capitán Mitchell -y dice saberlo bien-, ha transcurrido tiempo suficiente para que esté ya ahora a tres o cuatro millas fuera del puerto. El hombre cree que así suceda, porque, a su juicio, Nostromo es un marino capaz, como nadie, de tal empresa.
El doctor refunfuñó con tal violencia, que el otro mudó de tono.
– ¿Le parece a usted desacertada esa determinación, doctor? Pero ¿por qué? Carlos Gould tenía que jugar su partido hasta el fin, aunque no es hombre que se explique a sí propio los móviles de sus actos, cuanto menos a otros. Tal vez el peculiar comportamiento que ha observado desde el principio en el asunto de la mina le haya sido sugerido en parte por Holroyd, pero además está muy en consonancia con su carácter, y por eso ha salido tan airoso en el difícil empeño de reorganizar y poner en marcha la explotación de la mina. ¿No han llegado a llamarle "El Rey de Sulaco" en Santa Marta? Hay sobriquetes que significan la consecución de un triunfo. Eso es lo que yo llamo disfrazar con una broma el reconocimiento de una verdad. Amigo mío, cuando llegué por vez primera a Santa Marta, una de las cosas que me sorprendieron fue el ver como todos los periodistas, demagogos, diputados y todos los generales y jueces doblaban el espinazo ante un abogado de ojos dormilones y sin clientela, sencillamente porque era el representante de la Concesión Gould. A sir John también le impresionó el hecho cuando estuvo aquí.
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