Joseph Conrad - Nostromo

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La antorchas de algarrobo, llevadas a los flancos del nutrido grupo de ferroviarios, difundían por las inmediaciones un penetrante aroma. Su luz reflejándose en todo el frontis de la casa hacía resaltar a lo largo del muro de un extremo a otro la inscripción en grandes letras negras: "Albergo d'Italia Una;" y el vivo y repentino resplandor dio de lleno a Monygham deslumbrándole. Varios jóvenes, en su mayoría rubios y altos, que capitaneaban la tropa de operarios morenos y bronceados, con los rifles al hombro formando un bosque de brillantes cañones inclinados en la misma dirección, saludaron al doctor con una inclinación familiar. Era persona muy conocida. Algunos se preguntaron qué estaría haciendo allí; pero prosiguieron la marcha al lado de sus hombres por la línea de rieles.

– ¿Retira usted sus trabajadores del puerto, en? -interrogó el doctor, hablando al ingeniero jefe de la vía, que acompañaba a Carlos Gould en su regreso a la ciudad, caminando al lado del caballo con la mano puesta sobre el arzón de la silla.

Ambos se habían detenido junto a la puerta donde estaba el doctor, para dejar que los obreros atravesaran el camino.

– Sí, doctor, sí, cuanto antes. Nosotros no somos una facción política -respondió el otro recalcando la última frase. -No queremos dar a los nuevos gobernantes ocasión para perseguir nuestro proyecto. ¿Aprueba usted mi determinación, Gould?

– En absoluto -contestó el interrogado, con acento impasible, desde lo alto de su cabalgadura y fuera del turbio paralelogramo de luz que caía sobre el camino saliendo de la puerta.

Esperando la llegada de Sotillo por un lado y la de Pedro Montero por otro, lo único que el jefe de ingenieros anhelaba era evitar un choque con cualquiera de ellos. El no veía en Sulaco más que una estación terminal del ferrocarril con talleres y grandes depósitos de material. El ferrocarril había defendido su propiedad contra el populacho, pero políticamente era neutral. El jefe era un hombre valeroso, y abundando en el sentimiento de neutralidad, había llevado proposiciones de tregua a los diputados Fuentes y Camacho, que se habían nombrado a sí mismos directores del partido popular. Todavía silbaban las balas aquí y allá cuando él cruzó la plaza con aquel fin, agitando sobre su cabeza una servilleta blanca, tomada de la mesa del Club Amarillo.

El hombre estaba un tanto orgulloso de su hazaña, y considerando que el doctor, ocupado todo el día con los heridos en el patio de la casa Gould, no había tenido tiempo de recibir noticias, empezó a referirle sucintamente lo ocurrido. Había comunicado a los señores Camacho y Fuentes la información recibida del campo de construcción acerca de Pedro Montero, asegurándoles que de un momento a otro podía llegar a Sulaco. Cuando el primero de dichos diputados enteró del hecho a la multitud gritando desde una ventana, empezó una carrera de gente por el camino del campo hacia Rincón. Los dos jefes del partido popular, después de estrechar efusivamente la mano al ingeniero, montaron a caballo y salieron galopando al encuentro del gran hombre.

– Les ha inducido un poco al error en cuanto al tiempo -confesó el ingeniero. -Por aprisa que venga, difícilmente llegará aquí hasta entrada ya la mañana. Pero conseguí mi objeto, que era obtener varias horas de paz para el partido derrotado. Además, no les dije nada de Sotillo, temiendo que se empeñaran en repetir su intentona de apoderarse del puerto, bien para impedirle desembarcar, bien para recibirle como amigo… o para cualquier otra cosa. Estaba allí la plata de Gould, que sirve de sostén a nuestras últimas esperanzas. También había que pensar en la huida de Decoud. Paréceme que el ferrocarril ha trabajado bastante bien por sus amigos sin meterse en un riesgo desesperado. Ahora que los partidos se las compongan como Dios les dé a entender.

– ¡Costaguana para los costaguaneros! -interpuso el doctor Monygham en tono irónico. -¡Excelente país para preparar una gran cosecha de odios, venganzas, asesinatos y rapiñas! ¡Y excelentes sujetos los hijos de este país!

– Bien, yo soy uno de ellos -replicó Carlos Gould tranquilamente-, y por ahora necesito seguir mi camino para ver la cosecha de contratiempos que me toca. ¿Ha partido mi mujer con el carruaje para la ciudad, doctor?

– Sí. Todo estaba en paz por esta parte. Su señora de usted se llevó consigo a las dos niñas.

Carlos prosiguió su ruta, y el ingeniero en jefe entró en la casa detrás del médico.

– Ese hombre es la calma personificada -dijo en son de elogio, dejándose caer sobre un banco y estirando sus bien formadas piernas, envueltas en medias de ciclista, hasta tocar casi la entrada de la casa. -Por lo visto está absolutamente seguro de sí mismo.

– Si en eso consiste su seguridad, entonces no está seguro de nada -afirmó el doctor, que había vuelto a sentarse en el extremo de la mesa con las piernas colgando. Hablaba atusándose la cara con la palma de una mano, mientras con la otra sostenía el codo. -Es lo último de que se puede estar seguro.

La vela, medio consumida y ardiendo turbia con un excesivo pabilo, iluminaba el rostro inclinado de Monygham, cuya expresión, desfigurada por las cicatrices de las mejillas, presentaba cierto tinte extraño, cierta amargura compungida y extremosa. Parecía estar meditando en cosas siniestras. El ingeniero en jefe se le quedó mirando por algún tiempo, antes de protestar.

– Realmente no soy de su opinión, doctor. A mi juicio, para Gould no puede haber otra seguridad que la dimanada de la confianza en su carácter y en sus medios. Con todo eso…

Aunque era persona prudente, no acertó a disimular el desdén que le merecía la especie de paradoja del doctor; a ello contribuía que éste no era bien visto de los europeos de Sulaco. Su notorio aspecto de perdulario, de que hacía alarde aun en el salón de la casa Gould, daba lugar a murmuraciones desfavorables. Nadie ponía en tela de juicio su ciencia e ilustración; y como, además de no tener pelo de tonto, llevaba veinte años en el país, el pesimismo de sus apreciaciones merecía alguna atención. Pero, instintivamente, los que le oían, atendiendo a la defensa de proyectos y esperanzas acariciadas, lo achacaban a secreta anormalidad de su temperamento. Sabíase que, muchos años antes, cuando aún era joven, había sido nombrado por Guzmán Bento primer médico del ejército. Ninguno de los europeos, de servicio a la sazón en Costaguana, había gozado de tanto favor y confianza cerca del terrible dictador.

Posteriormente su historia no aparecía tan clara, perdiéndose en innumerables cuentos de conspiraciones y complots contra el tirano, como se pierde una corriente en la aridez de un terreno arenoso, antes de volver a brotar, mermada y turbia quizá, en otra parte. El doctor no se recataba de referir que había vivido durante años en las regiones más salvajes de la República, vagando con tribus de indios casi ignorados en los grandes bosques del lejano interior, donde tienen su nacimiento los grandes ríos. Pero tan extraña correría careció de fin determinado: no había escrito nada, ni coleccionado nada, ni aportado nada a la ciencia sacándolo del misterio de las selvas, cuya penumbra parecía envolver su averiada persona al merodear por los alrededores de Sulaco. Allí había ido a parar casualmente para vagar sin rumbo por la costa.

Era también público que había padecido extrema pobreza hasta que llegaron los Goulds de Europa. Estos protegieron al médico inglés chiflado, cuando vieron que, a pesar de su salvaje independencia, podía ser amansado tratándole con bondad. Tal vez fuera el hambre la que llegó a suavizar la fiera aspereza de su carácter. En lo pasado había tenido trato con el padre de Carlos en Santa Marta; y, al presente, cualesquiera que fueran los puntos oscuros de su historia, como médico de la mina de Santo Tomé gozaba de una posición respetada. Se le consideraba, pero no se le aceptaba sin recelo. Sus ofensivas rarezas y cínico desprecio del linaje humano sugerían a espíritus propensos a juicios temerarios la sospecha de que tales desplantes eran el desahogo de una conciencia criminal. Además, desde que se convirtió en persona de algún viso, corrieron hablillas de que, años atrás, cuando cayó en desgracia y fue encarcelado por Guzmán Bento en la época de la llamada Gran Conspiración, había denunciado a varios de sus mejores amigos como comprometidos en la intentona. Nadie dio muestras de creer tales rumores, la historia toda de la supuesta conjura se presentaba irremediablemente embrollada y oscura; y en Costaguana se daba por cierto que no había existido tal complot más que en la enfermiza imaginación del tirano. En tal supuesto no hubo que denunciar nada a nadie; pero, así y todo, fundándose en esa acusación, fueron presos y castigados con pena de muerte los principales ciudadanos de Costaguana. El procedimiento se prolongó por años, diezmando a la clase mejor como una pestilencia. La mera manifestación de sentimiento por la desgracia de los parientes ejecutados había sido causa bastante para condenar a la última pena.

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