Joseph Conrad - Nostromo

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Al capataz no se le ocultó el deje irónico de las palabras anteriores.

– Permítame usted, señor don Martín -replicó un poco picado-. Hay pocas cosas de las que yo no sea capaz. Pregunte usted a los señores extranjeros. Soy un hombre del pueblo, que no siempre comprende el pensamiento de usted. Mas, en cuanto al cargamento de plata que debo dejar aquí, he de manifestarle que lo hubiera creído más seguro si no hubiera venido usted conmigo.

Decoud no pudo reprimir una interjección, a la que siguió un corto silencio.

– ¿Volveré con usted a Sulaco? -preguntó con acento indignado.

– ¿Le dejaré a usted tendido en el sitio de una puñalada? -replicó Nostromo con desprecio-. Tanto valdría llevarle a usted a Sulaco. Oiga, señor. Su reputación se halla ligada a la política, como la mía lo está a la suerte de esa plata. ¿Se extraña usted de que hubiera deseado no tener a nadie en mi compañía para mejor asegurar el secreto? Yo no quería que me acompañara nadie, señor.

– Pero sin mí no hubiera usted podido mantener a flote la gabarra -objetó Decoud con voz alterada-. Se hubiera usted ido a pique con ella.

– Sí -afirmó Nostromo con calma-. Solo.

Este prójimo, reflexionó Decoud, parece que hubiera preferido morir antes que ver disminuida la gloria soñada por su perfecto egoísmo. Un hombre así ofrecía completa seguridad. Sin decir nada ayudó a Nostromo a recoger la cuerda con el rezón. El último separó la lancha de la playa con un empujón del pesado remo; y Decoud se halló solo al borde de la isla, como un hombre que sueña. De pronto le acometió un deseo repentino de oír una voz humana. Apenas se distinguía ya la gabarra del agua negra en que flotaba.

– Escuche, capataz -voceó-; ¿qué habrá sido de Hirsh? Usted ¿qué cree?

– Que el choque le arrojó al mar por la borda y se ha ahogado -respondió la voz de Nostromo con firmeza, saliendo de las oscuras masas de sombra en que el cielo y el mar se confundían alrededor del islote-. No se aleje usted mucho de la barranca, señor. Dentro de una noche o dos procuraré venir a verle.

Un leve crujido sibilante indicó que el capataz estaba desplegando la vela; ésta se infló al punto con un sonido semejante a un golpe de tambor. Decoud regresó a la barranca. El capataz, junto a la caña del timón, volvía la cabeza de cuando en cuando para observar la mole evanescente de la Gran Isabel, que se disolvía poco a poco en la uniforme lobreguez de la noche. Al fin cuando miró atrás por última vez, sólo percibió una oscuridad homogénea y sólida como un muro.

Entonces experimentó él también aquel sentimiento de soledad que había agobiado a Decoud después de zarpar la gabarra y alejarse de la orilla. Pero mientras el solitario de la isla se sentía oprimido por una extraña sensación de irrealidad, que se extendía a la tierra misma hollada por sus pies, la atención del capataz de cargadores se concentraba en el problema del mañana. Las facultades de Nostromo, enderezadas a un mismo fin, le permitían atender simultáneamente a manejar el timón, a descubrir la isla Hermosa cercana a su ruta y a conjeturar lo que ocurriría al día siguiente en Sulaco. El día siguiente, o en realidad el mismo día, ya que no tardaría mucho en alborear, Sotillo habría averiguado en qué vagoneta, sacándolo de los sótanos de la Aduana, y trasladarlo al muelle, se había utilizado una cuadrilla de obreros del puerto. Sobrevendrían arrestos, y seguramente antes de mediodía el coronel estaría enterado de cómo había salido de Sulaco la plata, y quién la había llevado.

La primera intención de Nostromo fue navegar en derechura al puerto; pero, al reflexionar en las circunstancias, torció bruscamente el timón poniendo la barca de costado al viento y la detuvo. Su regreso con la misma gabarra despertaría sospechas, engendraría conjeturas, y sin duda alguna pondría a Sotillo en la pista. Se le arrestaría (al capataz), y una vez en el calabozo, no era dable adivinar lo que harían con él para obligarle a declarar. Tenía confianza en sí mismo, pero no quiso seguir adelante sin considerar la situación. Echó una mirada a su alrededor y vio la isla Hermosa, que desplegaba su blanca superficie casi al nivel del agua, lisa como una mesa, orladas sus orillas por la espuma del rumoroso oleaje levantado por la brisa. Había que echar a pique la gabarra sin demora. Contenía ya gran cantidad de agua. Dejó que marchara a la deriva con la vela en facha hacia la entrada del puerto, y soltando la caña del timón, se agachó para aflojar el cierre de la trampa. Abierta ésta la barca se llenaría en breve, y el pequeño lastre de hierro que llevaba, como todas, la arrastraría al fondo. Cuando se enderezó de nuevo, el ruidoso chapoteo de las orillas de la isla Hermosa sonaba lejos, casi imperceptible; y ahora pudo distinguir el perfil de la entrada del puerto. Su proyecto era desesperado; pero él era buen nadador. Una milla no le importaba nada, y conocía un sitio donde era fácil salir a tierra, precisamente al pie de los terraplenes de un viejo fuerte abandonado. Ocurriósele con insistencia obsesionante que el fuerte era un lugar excelente para pasarse el día entero durmiendo, después de las muchas noches en que no había pegado ojo.

Desmontó el timón con un golpe en la palanca, y abrió el boquete dando entrada al agua, pero no se cuidó de arriar vela. No subió a la baranda hasta sentirse medio sumergido; y entonces, de pie junto a la borda e inmóvil, aguardó en camisa y pantalón. Cuando sintió hundirse la barca, se lanzó al mar dando un gran salto.

Inmediatamente volvió la cabeza. La sombría y nebulosa alborada que asomaba por detrás de las montañas le permitió divisar sobre la alisada superficie del agua el ángulo superior de la vela, formando un triángulo mojado de lona, que ondeaba suavemente. Desapareció de pronto como obedeciendo a un golpe brusco, y él nadó con nuevo empuje hacia la playa.

Tercera Parte El faro

Capítulo Primero

En cuanto la gabarra se alejó del muelle y desapareció en las tinieblas del puerto, los europeos de Sulaco se dispersaron con ánimo de prepararse para el advenimiento del régimen monterista, que se acercaba a la ciudad tanto por la parte de las montañas como por la parte del mar.

La pequeña cooperación material que habían prestado a la carga de la plata fue su última acción común; y ella señaló el término de los tres días de peligro, durante los cuales, al decir de la prensa europea, su denuedo había librado a la ciudad de los bárbaros horrores de las turbas. A la entrada del muelle, el capitán Mitchell les despidió, y se quedó paseando por el entablado de aquél, con ánimo de aguardar el regreso del vapor procedente de Esmeralda. Los ayudantes e ingenieros del ferrocarril reunieron a los obreros vascos e italianos y los condujeron a los cercados de la estación, dejando la Aduana, que tan valerosamente habían defendido el primer día de alboroto, abierta ahora a los cuatro vientos. El personal empleado en los trabajos de la vía se había portado con bravura y lealtad durante los famosos "tres días" de Sulaco. Debióse en gran parte a que se vieron precisados a luchar en defensa propia antes que en la de los intereses materiales, considerados por Carlos Gould como base de regeneración del país. Entre los gritos de las turbas sobresalía de cuando en cuando el de "¡Mueran los extranjeros!" Realmente fue una circunstancia afortunada para Sulaco que los obreros importados y el pueblo de la ciudad se miraran con malos ojos desde el principio.

El doctor Monygham salió a la puerta de la cocina de la casa Viola y presenció la retirada de los defensores de la Aduana, indicando el término de la intervención extranjera: el ejército del progreso material dejaba libre el campo a los revolucionarios de Costaguana.

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