Joseph Conrad - Nostromo
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Este cómico percance, que pudo resultar peligroso para la vida del telegrafista, le permitió a éste enviar a Sulaco aviso de lo que ocurría: El teniente, después de subir tambaleándose las escaleras con el sable a rastras, entró en el despacho del empleado y le besó ambas mejillas, en uno de esos repentinos cambios de humor propios del estado de embriaguez. Le asió por las solapas cerca del cuello, y le aseguró con lágrimas de alegría que todos los oficiales de Esmeralda iban a ser nombrados coroneles. Así ocurrió que, cuando el alcalde de la ciudad llegó un poco después, halló a todo el pelotón durmiendo en las escaleras y en el pasillo, y al telegrafista, que despreció aquella ocasión de escapar, ocupado en transmitir con el manipulador. El alcalde le llevó preso, la cabeza descubierta y las manos atadas a la espalda, pero no dijo nada a Sotillo de lo que había observado, y el último continuó ignorante del aviso enviado a Sulaco.
No era hombre el coronel capaz de resignarse a que la sorpresa proyectada dejara de llevarse a efecto por la espesa oscuridad de la noche. Estaba seguro de que no había de marrarle su plan, empeñándose en sacarlo adelante con impaciencia infantil e indomeñable. Apenas el vapor contorneó Punta Mala para sepultarse en la negrura del golfo, cuando se estacionó en el puente, rodeado de un grupo de oficiales tan excitados como su jefe. El infeliz capitán del vapor, trastornado por las promesas y amenazas del coronel y su estado mayor, navegó en las tinieblas con la prudencia que las circunstancias le permitieron. Algunos de los oficiales habían bebido sin duda más de lo debido; y esto unido a la esperanza de adueñarse del tesoro les sugería una absurda temeridad y una inquietud ansiosa.
El comandante del batallón, hombre suspicaz e ignorante, que en su vida había navegado, creyó acreditarse de sagaz apagando de pronto la luz de la brújula, única permitida a bordo por las necesidades de la navegación. No comprendía qué falta hacía aquello para determinar el rumbo. A las airadas protestas del capitán contestó dando en el piso fuertes golpes con el pie y tocando la empuñadura de la espada.
– ¡Ajajá! ¡Le he desenmascarado a usted! -explicó con aire triunfante- Mi perspicacia le pone a usted furioso. ¿Soy acaso un niño para creer que una luz en esa caja de latón puede indicarnos dónde está el puerto? Está usted tratando con un soldado viejo, que olfatea la traición desde una legua. Lo que usted busca es que ese resplandor avise de nuestra aproximación a su amigo de usted, el inglés. ¡Vamos! ¡Pretender que el farolito y la caja de metal le dan a conocer el camino del puerto! ¡Qué mentira tan miserable! ¡ Qué picardía ! Ustedes, los de Sulaco, están todos a sueldo de esos extranjeros. Merece usted que le atraviese de parte a parte con mi espada.
Los demás oficiales, amontonándose alrededor, procuraron calmar su indignación, repitiendo en tono persuasivo:
– ¡No! ¡no! Este es un instrumento de marina, comandante. Aquí no hay traición.
El capitán del transporte se tiró de bruces en el puente, rehusando levantarse.
– ¡Que me maten aquí ahora mismo! -repetía con voz ahogada.
Sotillo tuvo que intervenir, pero la batahola y la confusión en el puente llegaron a ser tan grandes, que el timonel abandonó la rueda, se refugió en el cuarto de máquinas y sembró la alarma entre los mecánicos y fogoneros. Estos, sin cuidarse de las amenazas de los soldados que los vigilaban, cortaron el vapor y declararon que preferían ser fusilados a correr el peligro de irse a pique y perecer ahogados en aquella terrible oscuridad.
Tal fue la causa de haberse detenido el vapor la primera vez que lo observaron Nostromo y Decoud. Restablecido el orden y encendida de nuevo la luz de la brújula, el barco reanudó su marcha y pasó a bastante distancia de la gabarra en busca de Las Isabeles. No fue posible descubrirlas, y en vista de las suplicantes instancias del capitán, Sotillo permitió parar otra vez las máquinas aguardando uno de los periódicos enrarecimientos de las tinieblas, causados por el movimiento de los nubarrones tendidos sobre las aguas del golfo.
Sotillo en el puente mostraba de cuando en cuando su cólera al capitán, que en tono humilde se disculpaba suplicando a su merced el señor coronel que tuviera en cuenta la circunstancia adversa de la impenetrable cerrazón de la noche. El otro se consumía de rabia e impaciencia. Iba a perder la mejor ocasión de su vida para asegurar su suerte futura.
– Si los ojos no le sirven a usted más que para esto, me dan ganas de mandárselos sacar -rugió fuera de sí.
La frase era muy propia del hombre que, según se decía, había hecho desollar vivo a un campesino en una recluta de tropas.
El capitán del barco no contestó, porque precisamente entonces la mole de la Gran Isabel se dibujó confusamente tras una lluvia pasajera, desvaneciéndose luego en una oleada de mayor oscuridad que precedió a un nuevo chaparrón.
Esta rápida visión le bastó, y reanimado informó a Sotillo que al cabo de una hora habría atracado al muelle de Sulaco. El barco navegó entonces a todo vapor; y entre los soldados que estaban en el puente empezó un agitado y ruidoso movimiento de preparativos para desembarcar.
Decoud y Nostromo oyeron aquel ruido, y el último comprendió lo que significaba. Los del vapor habían divisado Las Isabeles, y ahora continuarían navegando en línea recta hacia Sulaco. Calculó que pasarían cerca, pero creía que permaneciendo quietos como estaban, con la vela arriada, el lanchón no podría ser visto. "No seguramente, ni aunque pasen rozándonos el costado," musitó.
Recomenzó la lluvia: primero notaron una niebla húmeda; luego su contacto se hizo más pesado, y por fin degeneró en una rociada de gruesas gotas que caían perpendicularmente, sintiéndose al mismo tiempo acercarse extraordinariamente el silbido del vapor y el trepidante ruido de la maquinaria. Decoud, con los ojos llenos de agua y la cabeza gacha, se preguntaba cuánto tardaría en pasar, cuando de improviso recibió una terrible sacudida. Saltó por encima de la popa una oleada de espuma; y al mismo tiempo crujió la tablazón de la gabarra, golpeada por un encontronazo. Le pareció que una mano furiosa había asido la lancha y la arrastraba con violencia destructora. El choque le derribó desde luego, y se halló dando vueltas en un charco de agua en el fondo de la barca. Al lado se oía el ruido producido por la hélice de un vapor; y encima rasgó las tinieblas un clamor de angustia y sobresalto. En él reconoció el penetrante grito de Hirsch pidiendo auxilio. Mientras esto ocurría, permaneció con los dientes apretados. ¡Era un choque!
El vapor había dado un topetazo a la gabarra de costado al sesgo, y la había tumbado hasta medio anegarla, llevándose parte de la borda y poniéndole la proa paralela a su rumbo con la fuerza del golpe. En el transporte apenas se sintió nada, experimentándose como de ordinario, los efectos de la colisión principalmente en la nave menor. El mismo Nostromo creyó que aquello era el fin de su desesperada aventura. También él había sido arrojado lejos de la luenga caña del timón, que cedió a la violencia del empuje.
A los pocos momentos el vapor hubiera pasado, dejando a la gabarra hundirse o flotar después de rechazarla de su ruta, a no venir aquél muy cargado de provisiones y de pasaje y traer el áncora bastante baja para engaritarse en uno de los obenques de alambre que sujetaban el mástil de la lancha. El cable, que era nuevo, resistió unos instantes la repentina tensión; y esto es lo que produjo a Decoud la impresión de sentir la barca cogida por una fuerza poderosa que la arrastraba con ímpetu destructor. No podía explicarse, como es natural, lo que ocurría. Todo ello fue tan repentino, que no le dio tiempo a reflexionar. Pero conservaba la claridad perfecta de sus sensaciones y el dominio de sí mismo; realmente hasta se sintió satisfecho de estar tan bueno en el momento crítico de ser lanzado de cabeza por encima de los travesaños para caer de espaldas en una balsa de agua. Mientras se ponía de pie, siempre con la sensación misteriosa de ser arrastrado con furia al través de las tinieblas, oyó y reconoció el grito de señor Hirsch. Ningún sonido se le escapó. En cambio no pudo ver nada de lo que ocurría a su alrededor; pero mientras escuchaba atento los desesperados gritos que pedían socorro, el movimiento de arrastre cesó tan de repente, que vaciló hacia adelante y cayó de bruces con los brazos tendidos sobre el montón de cajas del tesoro. Asióse a ellas instintivamente, creyendo de una manera vaga ser arrojado al mar, y al punto oyó otra serie de lamentos desgarradores que imploraban socorro, no cerca, sino a bastante distancia, lejos de la gabarra, como si algún espíritu nocturno remedara burlescamente el terror y congoja del señor Hirsch.
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