Joseph Conrad - Nostromo

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Otra vez oyó murmurar a Nostromo:

– No, en esta barca no hay sitio para el miedo. Y aun el valor no basta. Tengo buen ojo y mano firme; nadie me ha visto jamás cansado ni indeciso en mis resoluciones, pero ¡por Dios! , considere usted, don Martín, que me han metido en esta negra calma, donde ni el buen ojo, ni la mano firme, ni él juicio sereno sirven de nada… -Profirió entre dientes una serie de juramentos en italiano y español y añadió-: Sólo la desesperación puede valerme en este trance.

Estas palabras desentonaban por modo extraño de la calma predominante y el silencio casi sólido del golfo. Un chubasco cayó de pronto con rumor susurrante todo alrededor de la lancha; y Decoud se quitó el sombrero, y remojándose la cabeza en la lluvia, se sintió muy reanimado. Poco después una suave y continuada corriente de aire le acarició el rostro.

La barca empezó a moverse, pero la lluvia se alejó de ella. Cesaron de caer las gotas sobre la cabeza y las manos de Decoud, y el sordo susurro se extinguió a lo lejos.

Nostromo dejó oír un gruñido de agrado, y asiendo la caña del timón canturreó en voz baja, como suelen hacer los marinos, para alentar el viento. En los últimos tres días nunca había sentido menos Decoud la necesidad de lo que el capataz llamaba desesperación.

– Se me figura oír otro chubasco -manifestó en tono tranquilo y satisfecho-. Espero que nos alcance.

Nostromo suspendió al punto su canturreo.

– ¿Oye usted otra lluvia? -preguntó con acento de duda.

La lobreguez daba señales de atenuarse, y Decoud pudo ver ahora a perfil de la figura de su compañero, y hasta la vela de la barca, emergiendo de la oscuridad en forma de un bulto cuadrado de espesa nieve.

El rumor descubierto por Decoud se deslizaba áspero sobre la superficie del agua. Nostromo reconoció que aquel ruido, mezcla de silbido y susurro, procedía de un vapor navegando en agua encalmada, envuelto en la oscuridad tranquila de la noche. No podía ser otro que el transporte capturado que venía con tropas de Esmeralda. No llevaba luces. El estrépito de las máquinas, creciendo a cada minuto, se interrumpía a veces, y recomenzaba después bruscamente, sonando más cerca, como si el barco invisible, cuya posición no podía fijarse con precisión, navegara con rumbo directo a la gabarra. Entre tanto ésta seguía avanzando despacio y en silencio, empujada por una brisa tan débil, que únicamente inclinándose Decoud sobre un costado y sintiéndose deslizarse el agua entre los dedos, pudo convencerse de que realmente se movían. Su estado de somnolencia había desaparecido, y se alegraba de que la lancha siguiera su curso. Después de haber permanecido en silencio tan absoluto, el ruido del vapor parecía estruendoso y aturdidor. La circunstancia de no verse la causa que lo producía le daba cierto carácter fantástico y preternatural. De repente todo calló. El barco se había detenido, pero tan cerca de ellos, que sintieron en sus rostros las vibraciones del vapor al escapar por las válvulas.

– Intentan averiguar donde están -dijo Decoud en voz baja, y metió otra vez los dedos en el agua inclinándose por encima de la borda- Avanzamos bastante -informó a Nostromo.

– Me parece que cruzamos por delante de proa -dijo el capataz con cautela-. Pero estamos jugando a ciegas con la muerte. De poco sirve el movernos; lo importante es que no nos vean ni oigan.

Musitó estas palabras con bronca excitación. No se le veía más que lo blanco de los ojos, y sus dedos se clavaron en el hombro de Decoud.

– Es el único modo de salvar el tesoro de ese vapor cargado de tropa.

Otro barco hubiera traído luces, pero observe usted que ni el más tenue resplandor nos indica dónde está.

Decoud se quedó como paralizado; mas su pensamiento trabajaba con frenética actividad. En el espacio de un segundo recordó la mirada luctuosa de Antonia, al dejarla junto al lecho de su padre en la sombría casa de la familia Avellanos, con todas las ventanas cerradas y las puertas abiertas, después de haber huido de ella todos los criados, excepto un negro viejo que hacía de portero. Recordó la casa Gould en su última visita a la misma, las razones que allí había expuesto y el tono en que lo había hecho, la impenetrable reserva de Carlos, y la cara de la señora de Gould, tan pálida de ansiedad y fatiga, que sus ojos parecían haber mudado de color, apareciendo casi negros por la contraposición. Y hasta le pasaron por las mientes períodos enteros de la proclama que intentaba hacer publicar a Barrios desde su cuartel real de Cayta, en llegando él allá; el verdadero germen del nuevo Estado, el manifiesto separatista que había procurado leer apresuradamente a don José, tendido en su cama bajo la mirada inmóvil de su hija. Dios sabe si el anciano estadista le había entendido; no podía hablar, pero había levantado el brazo, sacándolo de debajo de la colcha, y su mano había trazado una cruz en el aire, como señal de bendición, de consentimiento.

Decoud tenía el borrador en el bolsillo, escrito con lápiz en varias hojas sueltas de papel que llevaban en letra gruesa el membrete: "Administración de la Mina de Plata de Santo Tomé. Sulaco. República de Costaguana." Lo había escrito febrilmente, llenando página tras página en la mesa de Carlos Gould. La señora de éste había mirado varias veces por encima del hombro lo que escribía; pero el señor administrador, de pie y perniabierto, ni siquiera quiso echar una ojeada al documento cuando estuvo terminado. Al contrario, hizo un gesto de desvío con la mano, significando sin duda desdén y no recelosa cautela, porque no se opuso a que se escribiera en el papel de la administración un documento tan comprometedor. Ello demostraba sólo desprecio, el genuino desprecio inglés de la prudencia ordinaria, como si todo lo que sale del campo de sus ideas y sentimientos no mereciera ser tomado en consideración. Breves segundos bastaron a Decoud para indignarse contra Carlos Gould, y hasta sentir resentimiento contra su señora, a la que, tácitamente, claro está, había dejado confiada la seguridad de Antonia. "¡Antes morir mil veces que deber la salvación a tales personas!", exclamó mentalmente.

La presión de los dedos de Nostromo, que se habían separado de su hombro, apretando ferozmente, le obligó a entrar dentro de sí.

– La oscuridad está de nuestra parte -le cuchicheó al oído-. Voy a arriar la vela y fiar nuestro escape a la cerrazón del golfo. No hay ojos capaces de descubrirnos, si permanecemos callados con el mástil desnudo. Lo hago ahora, antes que el vapor se nos acerque más. El ligero crujir de una polea nos delataría y pondría el tesoro de Santo Tomé en manos de esos ladrones.

Movióse en su trajín con la elástica agilidad de un gato. Decoud no oyó ningún ruido; y únicamente la desaparición de la mancha cuadrada blanquecina le hizo comprender que la verga había descendido; el ex-marino genovés la había bajado con el mismo cuidado que si fuera de cristal. Al momento siguiente oyó a Nostromo respirar tranquilo a su lado.

– Lo mejor que puede usted hacer es no moverse de donde está, don Martín -recomendó el capataz muy serio-. Podría usted tropezar o remover algún objeto que hiciera ruido. Los remos y los bicheros andan por ahí. Por Dios, don Martín -continuó en un murmullo vehemente, pero amistoso-, estoy tan desesperado que, si no le creyera a usted un hombre de valor, capaz de permanecer como una estatua, suceda lo que sucediere, le clavaría un puñal en el corazón.

Un silencio de muerte rodeaba la gabarra. Apenas podía creerse que hubiera cerca un vapor lleno de hombres, escudriñando desde el puente con mirada ávida las tinieblas para descubrir alguna señal de tierra. El escape de vapor había dejado de silbar, y el barco estaba al parecer tan alejado de la gabarra, que ningún otro sonido llegaba a ella.

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