Joseph Conrad - Nostromo

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– Tal vez lo hiciera usted, capataz -musitó Decoud-. Sin embargo, tranquilícese usted. Otras cosas de más importancia que el temor de su puñal mantendrán sereno mi corazón; y no le pondrá a usted en la necesidad de cumplir su hipotética amenaza. Pero usted ha olvidado…

– Le he hablado a usted con franqueza, como a un hombre puesto en situación tan desesperada como la mía -explicó el capataz-. La plata no debe caer en poder de los monteristas. Por tres veces le repetí al capitán Mitchell que prefería partir solo. Y lo mismo le manifesté a don Carlos Gould en su casa. Ellos habían mandado llamarme. Las señoras estaban allí, y cuando intenté hacerles entender por qué no quería traerle a usted conmigo, me prometieron ambas grandes recompensas si le salvaba la vida. Extraño modo de hablar a un hombre, a quien se envía a una muerte casi segura. Esas gentes parecen no tener entendimiento para hacerse cargo de las dificultades y peligros que llevan consigo ciertos encargos. Les advertí que yo nada podía hacer por usted, que sin duda podía estar más seguro con el bandido Hernández. Hubiera sido posible salir a caballo de la ciudad sin más riesgo que el de algún tiro disparado a oscuras. Pero no me dieron oídos. Tuve que prometerles que le aguardaría a usted a la entrada del puerto, y así lo he hecho. Y ahora, gracias a que es usted un valiente, se halla tan seguro como la plata. Ni más ni menos.

En aquel momento, como por vía de comentario a las palabras de Nostromo, el vapor invisible avanzaba en su ruta, sólo a media velocidad, según podía colegirse del reposado vibrar de su hélice. Se notaba que el ruido mudaba de sitio, pero sin acercarse. Al contrarío, se alejó un poco más en dirección transversal a la del lanchón y luego volvió a cesar el sonido.

– Se esfuerzan por divisar Las Isabeles -cuchicheó Nostromo-, a fin de navegar hacia el puerto en línea recta y apoderarse de la Aduana con el tesoro que creen guardado allí. ¿Ha visto usted por ventura al comandante de Esmeralda, Sotillo? Guapo mozo con una voz suave. Cuando llegué aquí, solía encontrarle en la calle hablando con las señoritas a las ventanas de las casas, y enseñando siempre su blanca dentadura. Pero uno de mis cargadores, que había sido soldado, me dijo que una vez había mandado desollar a un hombre vivo en lo más remoto del Campo donde le habían enviado a reclutar gente entre los estancieros. No le ha pasado nunca por el magín que la Compañía tenía un hombre capaz de burlar sus planes.

El gárrulo cuchicheo del capataz intranquilizó a Decoud, viendo en él un síntoma de debilidad. Y, no obstante, la resolución locuaz puede ser tan firme e inquebrantable como el silencio tétrico.

– Hasta ahora no puede asegurarse que estén burlados los planes de Sotillo -replicó-. ¿Se ha olvidado del aturdido que llevamos en proa?

Nostromo no se había olvidado del señor Hirsch, y se recriminó amargamente por no haber registrado con toda diligencia la barca antes de dejar el muelle. Maldijo su estupidez en no haber apuñalado y arrojado por la borda al intruso tan luego como le descubrió, sin aguardar a mirarle la cara. Eso hubiera estado en consonancia con la índole desesperada de la aventura. Pero, así y todo, Sotillo estaba ya chasqueado. Aun cuando aquel miserable, mudo ahora como un muerto, hiciera cualquier tontería que denunciara la proximidad de la lancha, Sotillo -si era Sotillo el que mandaba las tropas a bordo- se quedaría con una cuarta de narices y no apresaría la plata.

– Tengo un hacha en la mano -cuchicheó Nostromo con rabia-que de tres golpes abrirá una vía de agua en el costado de la gabarra por debajo de la línea de flotación. Además todos los lanchones de carga tienen una trampa en popa, y puedo decir el sitio donde está. La siento debajo de mi pie.

Decoud notó el tonillo de sincera resolución y la nerviosidad vindicativa con que fueron musitadas las palabras anteriores por el famoso capataz. Antes que el vapor, guiado por un grito o dos (no podían pasar de ese número, dijo Nostromo rechinando los dientes de un modo perceptible), pudiera descubrir la gabarra, tendría tiempo de sobra para echar a pique el tesoro, atado a su cuello. Esto lo susurró con vehemencia al oído de Decoud, que no replicó nada: estaba perfectamente convencido de ello. La habitual calma característica del hombre había desaparecido, no aviniéndose con la situación, tal como él la concebía. Algo hondo e insospechado acababa de revelarse en el natural de su compañero, algo que nadie había observado hasta entonces. Decoud, moviéndose con gran precaución, se quitó el sobretodo y las botas; no se creía obligado por su honor a irse al fondo con la carga de plata. Su objeto era incorporarse a Barrios en Cayta, como el capataz sabía bien; y también él (Decoud) pensaba poner en la empresa, a su modo, toda la desesperación de que era capaz. Nostromo murmuro: "¡Cierto!, ¡cierto! Usted es un político, señor. Únase usted al ejército y organice una nueva revolución." Indicó, empero, que todos los lanchones de carga llevaban un pequeño bote, capaz para dos hombres y aun más. El suyo iba remolcado a proa.

Decoud lo ignoraba. Por supuesto, la densa oscuridad no permitía verle, y sólo cuando Nostromo le hizo poner la mano sobre el cable que lo sujetaba a un tojino del extremo posterior de la barca, se sintió enteramente aliviado de su sobresalto. Le horrorizaba la perspectiva de hallarse en el mar nadando entre tinieblas, sin saber en qué dirección, moviéndose probablemente en círculo hasta agotar sus fuerzas y perecer ahogado. La estéril y cruel inutilidad de tal muerte trastornaba la afectada indiferencia de su pesimismo. En comparación de tan desgraciado fin, la circunstancia de verse flotando en un bote, aun estando expuesto a la sed, al hambre, a ser descubierto, apresado y ejecutado, se le representaba como una ventaja digna de aprovecharse, aun a costa de alguna mortificación de su amor propio. Pero no aceptó la proposición, hecha por Nostromo, de que se metiera inmediatamente en el bote. "Pudiera venírsenos encima algo inesperado, señor", le hizo observar el capataz, prometiéndole con toda seriedad soltar la amarra tan luego como fuera necesario.

Con todo eso, Decoud le aseguró muy tranquilo que no pensaba tomar el bote hasta el último instante, y que esperaba hacerlo en compañía suya. La lobreguez del golfo dejó de ser para Decoud el término de todo; antes al contrario, constituía sólo parte de un mundo vivo, puesto que al través de ella podían palparse el fracaso y la muerte. Y al mismo tiempo era un escudo, cuya impenetrabilidad le regocijaba. "Como un muro, como un muro", se decía en voz baja.

Lo único que debilitaba su confianza era la idea de tener con ellos al señor Hirsch. No haberle atado y amordazado le parecía a Decoud el colmo de la imprevisión irreflexiva. Mientras el desgraciado pudiera gritar, era un peligro constante. Por ahora su terror abyecto le tenía mudo, pero cualquier incidente podía hacerle prorrumpir de pronto en desgarradores lamentos.

El mismo terror enloquecido que tanto Decoud como Nostromo habían notado en sus ojos extraviados y en las incesantes contorsiones de su boca, protegían al señor Hirsh contra las crueles necesidades de una situación tan desesperada. No era ya ocasión de cerrarle la boca para siempre. Según advirtió Nostromo, respondiendo a los pesares manifestados por Decoud, ¡era demasiado tarde! No había modo de hacerlo sin ruido, sobre todo ignorando la posición exacta que ocupaba. Se corría peligro al acercarse a él, en cualquier sitio que estuviera agazapado y temblando. Probablemente empezaría implorando misericordia chillando escandalosamente. Valía más dejarle en paz, ya que permanecía tan quieto. Pero la impresión de tener que fiarse de su silencio producía a Decoud una inquietud creciente.

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