Joseph Conrad - Nostromo
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Luego todo quedó en silencio, tan en silencio como cuando se despierta en la cama, en una habitación oscura, a consecuencia de una pesadilla extraña y terrorífica. La gabarra se balanceaba suavemente; la lluvia seguía cayendo. Por detrás de él dos manos asieron a tientas sus costados doloridos, y oyó junto a su cara la voz del capataz que susurraba:
– ¡Silencio por su vida! ¡Silencio! El vapor se ha parado.
Decoud escuchó. El golfo estaba mudo. Sintió el agua por encima de las rodillas y preguntó con un suspiro ahogado:
– ¿Nos vamos a pique?
– No lo sé-cuchicheó Nostromo-. Señor, no haga usted el menor ruido.
El señor Hirsch, al recibir del capataz la orden de retirarse a proa, no volvió a su primer escondrijo. Había caído cerca del mástil, y le faltaron fuerzas para levantarse, fuera de que el terror le paralizaba los movimientos. Se daba ya por muerto, sin fundamento racional, dominado por su congojoso terror. Cada vez que intentaba pensar lo que sería de él, empezaban a castañearle los dientes con violencia. El completo agobio en que le tenía el miedo no le permitía enterarse de nada.
No obstante estar asfixiándose bajo de la vela de la gabarra, que Nostromo, sin advertirlo, había echado encima del desgraciado, ni siquiera se atrevió a sacar la cabeza hasta el momento mismo del choque. Entonces se echó fuera, de un salto, espoleado por esta nueva forma de peligro para hacer prodigios de vigor físico. La incursión de agua, al ser tumbada la gabarra, le hizo salir de su mutismo. Su grito de "¡Socorro!" fue el primer aviso indudable de la colisión para la gente del vapor. Al momento siguiente, el obenque metálico se rompió, y el áncora, quedando suelta, pasó barriendo el castillo de proa de la gabarra. Chocó con el pecho del señor Hirsch, que sin más se agarró a ella ignorando lo que era, rodeando brazos y piernas sobre la parte superior de la lengüeta, con tenacidad ciega e irresistible. La gabarra quedó a un lado; y el vapor, prosiguiendo su avance, se llevó al hombre pegado fuertemente al áncora, dando voces lamentables. Transcurrió, no obstante, algún tiempo, después de haberse detenido el vapor, hasta que se averiguó el lugar de donde partían los gritos, creyéndose, en principio, que los daba alguien, caído en el mar. Al fin dos nombres se inclinaron sobre la borda de proa y le izaron a bordo.
Inmediatamente fue conducido a presencia de Sotillo, que estaba en el puente. Al verle y oírle se confirmó en la creencia de que el vapor había pasado por ojo y echado a pique alguna embarcación menor; pero en una noche tan oscura no podía buscarse una prueba positiva en los restos flotantes del naufragio. Sotillo sentía ahora más vivos deseos que nunca de entrar en el puerto sin demora. Se resistía a aceptar la idea de haber destruido el objeto principal de su expedición, y este sentimiento hizo que le pareciera más increíble la historia referida por el señor Hirsch. Se le administraron algunos golpes por decir mentiras y se le encerró en el cuarto de guardia, no sin maltratarle de nuevo.
La relación del náufrago descorazonó a los oficiales del estado mayor de Sotillo, aunque no cesaban de repetir alrededor de su jefe:
– ¡Imposible! ¡Imposible!
No así el viejo comandante, que con aire de triunfo y tono de malhumor masculló:
– ¡Nada! Lo que les dije a ustedes. Alguna traición, alguna diablería ; pero yo las olfateo a la legua.
Entretanto el vapor había continuado en su ruta a Sulaco, donde podía sólo comprobarse la verdad del asunto. Decoud y Nostromo oyeron debilitarse y morir el ruidoso girar de la hélice; y entonces, dejando a un lado palabras inútiles, pusieron todo su empeño en llegar a Las Isabeles. El último chaparrón había traído consigo una brisa suave, pero constante. El peligro subsistía aún, y no era la hora de cambiar impresiones. La gabarra hacía agua, como una criba, y ellos chapoteaban en ella a cada paso que daban. Nostromo puso en manos de Decoud la palanca de la bomba, que iba sujeta al costado de proa, y al punto el último, sin proferir palabra alguna, empezó a trabajar, enteramente olvidado de todo deseo, fuera del de mantener a flote el tesoro. Nostromo izó la vela, y apostado junto al timón, tiraba de la escota con todas sus fuerzas. El breve resplandor de un fósforo (que el ex marinero genovés había conservado, seco en una caja impermeable de hojalata, a pesar de hallarse él todo mojado) reveló al atareado Decoud la ansiedad reflejada en el rostro de su compañero y la atenta mirada de sus ojos, al inclinarse sobre la brújula. Ahora supo el capataz dónde estaba y tenia esperanza de sacar a tierra la gabarra medio hundida, haciéndola embarrancar en una caleta de poco fondo, donde el alto peñón que forma el extremo de la Gran Isabel aparece hendido en dos partes iguales por una profunda barranca, cubierta de vegetación.
Decoud daba sin tregua a la bomba. Nostromo gobernaba manteniendo fija la intensa atención de su penetrante mirada. Cada uno de ellos se entregaba a su tarea como si estuviera solo, sin que les ocurriera hablarse. No había entre ellos nada de común, fuera de la idea de estarse hundiendo la averiada lancha, de una manera lenta, pero indudable. A pesar de esa coincidencia de pensamiento respecto del inminente peligro que corría el tesoro, permanecían enteramente extraños uno a otro, como si hubieran descubierto en el momento de la colisión que la pérdida de la plata no tenía la misma significación para ambos. Este común peligro puso en evidencia ante la visión intelectual de cada uno de ellos sus divergencias de finalidad, de modo de ver, de carácter, de situación. No estaban ligados por ningún vínculo de sentimientos ni ideas comunes: eran dos aventureros que procuraban realizar por separado su especial aspiración, envueltos en la misma inminencia de un peligro mortal. Por lo mismo no tenían nada que decirse uno a otro. Pero ese peligro, esa única y palpable verdad que compartían, les inspiraba un nuevo vigor mental y físico.
Sin duda hubo algo rayano con lo milagroso en el modo con que el capataz halló la caleta sin otra guía que la vaga silueta de la isla y el indeciso claror de una pequeña faja arenosa. El lanchón fue embarrancado en el sitio en que la barranca se abre entre los peñones y un arroyuelo sale del boscaje para verter su escasa corriente en el mar. Los dos hombres, con energía silenciosa e infatigable, empezaron a descargar el tesoro, transportando una por una todas las cajas, por la margen arriba del arroyo hasta el interior de la espesura, a una cavidad bastante espaciosa y honda, que las lluvias habían excavado bajo de las raíces de un árbol gigante. Su grueso y alisado tronco se inclinaba, como una columna a punto de caer, sobre la estrecha cinta de agua que corría entre pedruscos sueltos.
Hacía cosa de un par de años que Nostromo había pasado un domingo entero, a solas, en aquel lugar explorando la isla. Así se lo refirió a Decoud, cuando, terminada la faena de la descarga y traslado de las cajas, se sentaron rendidos, con las piernas colgando en el hondo cauce y la espaldas apoyadas en el árbol, como dos ciegos que mediante un secreto sexto sentido percibían su mutua presencia y cuanto les rodeaba.
– Sí -prosiguió Nostromo -, yo no olvido jamás el sitio que haya visto con cuidadosa atención una sola vez.
Hablaba despacio, casi con dejadez, como si estuviera delante de sí toda una vida de ocio en lugar de las dos horas escasas que faltaban para amanecer. La existencia del tesoro, apenas oculto en aquel lugar insospechable, le imponía la carga de un secreto que debería guardar en todas sus determinaciones y en todos sus proyectos y planes de lo porvenir. Echaba de ver el fracaso parcial de la desesperada empresa que se le había confiado atendiendo a su gran reputación, a costa de tantos sacrificios adquirida. Pero no dejaba de ver también un éxito parcial. Su vanidad estaba medio satisfecha. La irritación nerviosa, de que antes diera ostensibles muestras, se había calmado.
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