Joseph Conrad - Nostromo

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El miedo le infundio la agilidad necesaria para saltar varias cercas bajas, y de esta suerte fue a parar a los claustros, cubiertos de maleza, del arruinado convento de San Francisco, situado en una calle lateral. Abrióse camino por entre los intrincados y espinosos arbustos con la violencia de la desesperación, y esto explicaba los arañazos de su cara y manos y los desgarrones del traje. Allí permaneció oculto aquel día, con la lengua pegada al paladar a causa de la sed intensa producida por el calor y el miedo.

Hasta tres veces penetraron allí cuadrillas de revolucionarios dando gritos y lanzando imprecaciones contra el padre Corbelán, en cuya busca iban; pero al caer la tarde, mientras seguía tendido de bruces entre la espesura, creyó morirse de miedo por el silencio que reinaba en aquel lugar. No explicó con gran claridad lo que le había impulsado a dejar su refugio; pero el hecho es que había salido y logrado escurrirse fuera de la ciudad por las desiertas callejuelas de detrás del convento. Vagó en la oscuridad por los alrededores de la vía férrea, tan enloquecido de terror, que no se atrevió a acercarse a las hogueras, hechas por los piquetes de obreros italianos que custodiaban la línea. Ocurriósele vagamente que podría hallar sitio seguro en los cercados de la estación, pero, al intentarlo, los perros se abalanzaron a él ladrando, los hombres empezaron a dar voces, y sonó un tiro disparado a la aventura. Huyó de las puertas de la verja de madera, y sin saber cómo, tomó la dirección de las oficinas de la Compañía O.S.N. Dos veces tropezó con los cadáveres de los muertos durante la refriega del día; pero lo que más le asustaba eran los vivos. A ratos permanecía agazapado, luego se arrastraba, andaba a gatas, o levantándose corría un trecho, guiado por su instinto de conservación, siempre en dirección contraria a las luces del ruido de voces. Tuvo la idea de arrojarse a los pies del capitán Mitchell y pedir refugio en las oficinas de la Compañía. Todo estaba allí en tinieblas cuando él se acercó avanzando sobre sus manos y rodillas, pero de pronto alguien que estaba de centinela le preguntó: " ¿Quién vive? "

Había más muertos tendidos por allí, y el fugitivo se tendió al punto junto a uno que estaba ya frío. Entonces oyó una voz que decía: "Por ahí se rebulle uno de esos canallas, que debe estar mal herido. ¿Voy a rematarle?" Y otra vez objetó que era peligroso salir sin una linterna para tal objeto. Pudiera ser algún liberal negro que aguardaba la ocasión de hundir un puñal en el corazón de un hombre honrado. Hirsch no se detuvo a oír más, y arrastrándose hasta la entrada del muelle se escondió entre un montón de barriles vacíos. Después de un rato, llegaron algunas personas conversando, con cigarrillos encendidos; y sin preguntarse si tenían aspecto de querer hacerle daño, rompió a correr por el muelle, vio una gabarra amarrada al extremo y se arrojó en ella. En su deseo de hallar un escondrijo, avanzó reptando en derechura debajo del medio puente, y allí se quedó más muerto que vivo, padeciendo agonías de hambre y sed, y medio desmayado de terror, cuando oyó numerosos pasos y voces de los europeos que habían venido juntos escoltando el vagón cargado con el tesoro, y que una cuadrilla de cargadores empujaba a lo largo de los rieles. Por la conversación comprendió perfectamente lo que se estaba haciendo, pero no reveló su presencia por temor de que no le permitieran continuar en aquel sitio. Su única y absorbente obsesión era entonces huir del terrible Sulaco. Y ahora le pesaba de ello lo indecible. Había oído lo que Nostromo decía a Decoud, y se alegraría de verse otra vez en tierra. No quería meterse en ningún negocio desesperado… en una situación de la que no era dable escapar. Los gemidos involuntarios de su atribulado espíritu le habían denunciado a los agudos oídos del capataz.

Incorporáronle sentado con la espalda apoyada en el costado de la barca, y el hombre prosiguió el doliente relato de sus aventuras hasta que le faltó la voz y dobló la cabeza sobre el pecho. "Agua", musitó con dificultad. Decoud le aplicó una vasija a los labios. Reanimóse en brevísimo tiempo y se puso de pie con rapidez alocada.

Nostromo le mandó con voz airada y amenazadora trasladarse a la delantera del lanchón. Hirsch era uno de esos hombres, a quienes el miedo hostiga como un látigo, y sin duda tenía una idea aterradora de la ferocidad del capataz, porque desapareció con agilidad asombrosa en la oscuridad. Los otros dos oyeron sus pasos sobre las cubiertas de lona encerada; y luego resonó el golpe de una caída, seguida de un suspiro débil. Después todo quedó en silencio en la parte anterior de la gabarra, como si el intruso se hubiera matado al caer cabeza abajo. Nostromo le intimó en tono terrible:

– ¡Estése usted quieto ahí! No se mueva. Si le oigo respirar fuerte, le meteré una bala en la cabeza.

La mera presencia de un cobarde, aunque éste guarde un comportamiento pasivo, lleva consigo un elemento de traición para una situación peligrosa. La nerviosa impaciencia de Nostromo se trocó en reflexión sombría. Decoud hizo notar a media voz, como hablando consigo mismo, que, al fin y al cabo, esta extraña contingencia no tenía gran importancia. No concebía qué daño podía seguirse de estar allí aquel hombre. A lo sumo no causaría más estorbo que cualquier objeto inanimado e inservible, un madero por ejemplo.

– Lo pensaría dos veces, antes de deshacerme de un trozo de madera -replicó Nostromo con calma-. Cuando menos se piense, se ofrecerá ocasión de hacer uso de él. Pero, en una empresa como la que traemos entre manos, un hombre de esta clase debe ser arrojado por la borda. Aunque fuera tan bravo como un león, no le necesitamos aquí. Nosotros no huimos por salvar nuestras vidas. Señor, me parece bien que un valiente procure salvarse con franqueza y resolución; pero ya ha oído usted su relato, don Martín. Si está aquí, es por un prodigio de miedo… -Nostromo se detuvo-. No hay sitio para el miedo en esta gabarra -añadió entre dientes…

A Decoud no se le ocurrió nada que contestar. Las circunstancias no eran oportunas para entrar en discusiones, ni mostrar escrúpulos sentimentales. Un hombre enloquecido de terror puede hacerse peligroso de mil maneras. A todas luces no era posible entenderse con Hirsch, ni exponerle consideraciones, ni persuadirle a que se portara con sensatez. La historia de su fuga lo patentizaba con harta claridad. Decoud consideró mil veces lamentable que el desgraciado no hubiera muerto de espanto. La naturaleza, que le había hecho así, parecía haber calculado con crueldad las prolongadas angustias que podría soportar sin exhalar el último aliento. Un terror tan angustioso merecía alguna compasión; pero Decoud, aunque de natural inclinado a sentir lástima de tanta desdicha, resolvió no oponerse a cualquier determinación que tomara su compañero. Este, empero, no hizo nada por entonces; y la suerte del señor Hirsch quedó indecisa en la lobreguez del golfo, a merced de acontecimientos imposibles de prever.

El capataz alargó la mano y apagó de pronto la vela, pareciéndole a Decoud que su compañero había destruido de un manotazo el mundo de los negocios, de los amores, de las revoluciones, mundo en que su satisfecha superioridad analizaba, sin consideración a nada ni a nadie, todos los móviles y todas las pasiones, incluyendo las suyas mismas.

Se sentía un poco abatido, bajo de la influencia de su nueva situación. De ordinario le daba ánimo y le sostenía firme en los trances difíciles la confianza que tenía en su talento; y por lo mismo sufría al verse privado de la única arma que podía usar con eficacia. No había inteligencia capaz de penetrar la misteriosa oscuridad del Golfo Plácido.

De una sola cosa estaba cierto y era de la presuntuosa vanidad de su compañero, patente, sin hipocresías ni segundas intenciones, práctica. Decoud, que se había valido del capataz, quiso aprovechar la ocasión de estudiarle a fondo, y tras de las varias manifestaciones de un carácter firme llegó a descubrir el sencillo y único móvil de las mismas: la vanidosa complacencia en sus aptitudes. El celo y desapoderado amor a su reputación hacían de él un tipo de asombrosa simplicidad. Pero ahora surgía una complicación, porque evidentemente estaba resentido de que le hubieran mandado ejecutar una empresa donde había tantas probabilidades de fracasar. "No adivino lo que sería capaz de hacer si no estuviera yo aquí," pensó Decoud.

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