Joseph Conrad - Nostromo

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– ¡No corre viento! -musitó entre sí-. Oiga, señor, ¿conoce usted la naturaleza del encargo que se me ha confiado?

El doctor afirmó con una muda inclinación.

– Equivale, señor -prosiguió el otro-,a haberme echado encima una maldición. Contra el hombre que lleve un tesoro por esta costa se alzarán todos los cuchillos de los pueblos playeros. ¿Repara usted en ello, señor doctor? Navegaré, pues, con grave peligro de mi vida, hasta que tope en alguna parte el vapor de la Compañía destinado al norte, y entonces ciertamente, si lo logro, se hablará del capataz de cargadores de un extremo a otro de América.

El doctor Monygham dio una carcajada seca y gutural. Nostromo se volvió hacia él, desde la puerta.

– Pero si su merced halla otro hombre dispuesto y apto para tal negocio, yo me retiraré. Porque, a decir verdad, no estoy cansado de la vida, aunque mi pobreza sea tal que pueda llevar todo lo que poseo a la grupa del caballo.

– Juega usted demasiado, y nunca dice "no" a una cara bonita, capataz -dijo el doctor, con socarrona franqueza-. No es ese el camino para hacer fortuna. Pero no conozco a nadie que le tenga a usted por pobre. Y desde luego espero que reciba usted una espléndida remuneración, si vuelve usted salvo de su aventura.

– ¿Qué remuneración esperaría su merced? -preguntó Nostromo, lanzando el humo del cigarrillo por la puerta.

El doctor se quedó escuchando un momento a la escalera antes de contestar con otra de sus risas breves y agrias.

– Ilustre capataz, por echar sobre mí la maldición de la muerte, como usted la llama, no me contentaría con menos que todo el tesoro.

Nostromo desapareció de la puerta refunfuñando malhumorado contra aquella contestación socarrona. Su interlocutor le oyó alejarse a galope. El capataz se precipitó en las tinieblas a todo correr. En los edificios de la Compañía O.S.N. cercanos al muelle había luces, pero antes de llegar a ellos se encontró con el carruaje de Gould. Precedíale el jinete con la antorcha, a cuya luz se veían las blancas mulas trotando guiadas por el solemne Ignacio, y a Basilio, con la carabina, en el pescante. Desde la sombría caja del landó, dijo la señora Gould en voz alta:

– Le están aguardando a usted, capataz.

Ella volvía a casa, temblando de frío y excitación, con el cuaderno de Decoud todavía en la mano. Se lo había entregado para que lo remitiera a su hermana, y al despedirse con un apretón de manos le había dicho a la señora: "Tal vez sean las últimas palabras que le dirijo."

El capataz siguió corriendo con la velocidad que traía. A la entrada del muelle, vagas figuras con rifles se abalanzaron a ponerse delante de la yegua; otras le rodearon de cerca: eran cargadores de la Compañía, puestos de guardia por el capitán Mitchell. A una palabra de Nostromo, retrocedieron con murmullos sumisos reconociendo la voz del jefe. En el otro extremo del muelle, cerca de una grúa de carga, en un oscuro grupo donde brillaban puntas encendidas de cigarros, se pronunció su nombre con un dejo de satisfacción. Allí estaban la mayoría de los europeos de Sulaco, reunidos alrededor de Carlos Gould, como si la plata de la mina fuera el emblema de una causa común, el símbolo de la suprema importancia que para bien de todos tenían los intereses materiales. Habían ayudado a cargar el precioso metal en el lanchón. Nostromo reconoció a don Carlos Gould por su talle alto y delgado, un poco separado y silencioso, a quien otro individuo de elevada estatura, el ingeniero en jefe, decía con voz clara y fuerte:

– Si ha de perderse, sería mil veces preferible que fuera a parar al fondo del mar.

Martín Decoud gritó desde la gabarra:

– ¡ Au revoir , señores! ¡Hasta que volvamos a estrecharnos las manos en la nueva República Occidental!

Sólo un murmullo sordo respondió a sus frases claras y vibrantes; y después le pareció que el muelle se alejaba flotando dentro de la oscuridad de la noche. La ilusión provenía de que Nostromo había empujado la gabarra hacia el golfo apoyando un pesado remo contra un pilote. Decoud no se movió; el efecto que sintió fue el de ser lanzado al espacio. Tras unos chapoteos, no se oyó otro ruido que el de las sordas pisadas de Nostromo, que iba de un lado a otro en el lanchón. Izó la vela mayor; y un soplo de viento oreó las mejillas de Decoud. Todo se diluyó en la oscuridad, excepto el farol que ardía puesto en lo alto de un poste por el capitán Mitchell al extremo del muelle para guiar a Nostromo en su salida del puerto.

Los dos hombres, incapaces de verse uno a otro, guardaron silencio, hasta que el lanchón, deslizándose al impulso de la espasmódica brisa, pasó por entre dos promontorios casi invisibles en la aumentada oscuridad del golfo. Por algún tiempo el farol del muelle brilló a su espalda. El viento cesó, luego volvió a soplar, pero tan débil, que el lanchón de medio puente avanzó apenas, sin ruido, como si estuviera suspendido en el aire.

– Ahora hemos salido al golfo -dijo la tranquila voz de Nostromo, y añadió un momento después-: El señor Mitchell ha bajado la luz.

– Sí -respondió Decoud-; nadie puede hallarnos ahora.

Una gran recrudescencia de oscuridad envolvió al lanchón, sepultado entre la negrura del mar y la de las nubes. Nostromo, después de encender un par de fósforos para echar una mirada a la brújula que llevaba a bordo, gobernó guiándose por la impresión del viento en su cara.

Para Decoud era una novedad este misterio de la gran masa de agua, rasa y extrañamente lisa, como si su movible superficie hubiera sido petrificada por el peso de aquella densa noche. El Golfo Plácido dormía profundamente debajo de su negro poncho.

Lo que más importaba ahora para el éxito era alejarse de la costa y llegar al centro del golfo antes que apuntara el día. "Las Isabeles estaban por allí cerca", indicó Decoud. "A la izquierda de usted, señor, según se mira de frente", respondió Nostromo de pronto. Cuando se extinguió su voz, la calma enorme, sin luz ni sonido, pareció embargar los sentidos de Decoud, como un poderoso estupefaciente. A veces no podía discernir si estaba dormido o despierto. Sumergido en blanda somnolencia, ni veía ni oía nada. Su propia mano, colocada a corta distancia de la cara, no existía' para él. El tránsito brusco a aquella muda y vacía inmovilidad desde la agitación, las pasiones, los peligros, las escenas y los ruidos de la playa era tan obsesionante, que hubiera parecido la muerte, a no ser por la supervivencia de sus pensamientos. Estos flotaban vividos y leves en una especie de goce anticipado de la eterna paz, como los lúcidos sueños ultraterrenos de cosas terrenas, que tal vez asaltan a las almas, libertadas por la muerte de la brumosa atmósfera de dolores y esperanzas mundanos. Decoud se removió con temblores de escalofrío, no obstante soplar a su alrededor una brisa templada. Experimentó la impresión rarísima de que su alma acababa de volver a su cuerpo desde la negrura ambiente, en que se había disuelto como si no hubiera existido tierra y mar, cielo, montañas y rocas.

La voz de Nostromo resonaba solitaria e impersonal; y el capataz, invisible junto al timón, parecía haber dejado también de existir.

¿Ha estado usted dormido, don Martín? ¡Caramba! Si fuera posible, creería haberme quedado traspuesto. He tenido no sé cómo la rara ilusión de haber oído en sueños los gemidos de un hombre atribulado cerca de la gabarra. Era un sonido entre ahogado lamento y sollozo.

¡Qué extraño! -musitó Decoud, tendido sobre las lonas enceradas que cubrían los arcones del tesoro- ¿Habrá tal vez otra lancha cerca de nosotros en el golfo? Como usted comprenderá, no podríamos verla.

Nostromo se echó a reír ante ocurrencia tan absurda; y ni uno ni otro pensaron más en ello. La soledad se palpaba; y, al parar la brisa, la lobreguez gravitó sobre Decoud como una losa de plomo.

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