Joseph Conrad - Nostromo
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– Necesito un sacerdote más que un médico -dijo en tono dolorido, sin mover la cabeza y volviendo los ojos a un lado para mirar al capataz, que estaba de pie junto a su cama-. ¿Quieres ir ahora a buscarme un sacerdote? Hazte cargo. Te lo ruega una mujer moribunda.
Nostromo hizo resueltamente un gesto negativo con la cabeza. El marino genovés, enteramente ayuno de instrucción religiosa y de fe, no creía en los sacerdotes ni en el valor de sus funciones. En este punto el padre Corbelán le hubiera hallado muy por debajo de los indios selváticos que él catequizaba. Para el capataz un médico era una persona que prestaba una ayuda positiva; pero un sacerdote, como sacerdote no era nada, incapaz de hacer ni daño ni provecho. Y no es que los mirara con aversión, como el viejo Giorgio. Lo que más le desagradaba era la manifiesta inutilidad de tal diligencia.
– Padrona -dijo-, otras veces ha estado como ahora y se ha puesto mejor a los pocos días. Le he dado a usted ya los últimos momentos de que puedo disponer. Pídale usted a la señora de Gould que mande buscarle el sacerdote.
Con todo eso, sintió cierta secreta inquietud por la impiedad de su negativa. La padrona creía en los sacerdotes y se confesaba. Pero todas las mujeres hacen lo propio. Aquello no podía ser de gran importancia. Aun haciéndose tales reflexiones, el corazón se le oprimió por un instante al venirle al pensamiento lo mucho que la absolución significaría para la moribunda si creía verdaderamente, por poco que fuera. No importaba. Realmente le había dedicado todo su tiempo disponible.
– ¿No quieres ir?-interrogó la enferma con voz entrecortada-. ¡Ah! Eres siempre el mismo.
– Sea usted razonable, padrona -replicó él-. Se me necesita para poner a salvo la plata de la mina. ¿Lo oye usted? Un tesoro mayor que el guardado en Azuera por espectros y diablos, según dicen. Es cierto. Estoy decidido a llevar a cabo esta empresa, que es la más desesperada de cuantas he realizado en mi vida.
La señora Teresa lo oyó con enojo y desesperación. La prueba suprema había fracasado. No obstante estarla mirando, Nostromo no acertó a leer la manifestación de aquellos sentimientos en las descompuestas facciones de la enferma, contraídas por un paroxismo de dolor y contrariedad, todo su cuerpo empezó a temblar; y su cabeza inclinada y anchos hombros se agitaron con una convulsión.
– Entonces, tal vez Dios tenga misericordia de mí. Algún día sentirás el aguijón del remordimiento. Pero ya que vas a lanzarte a ese peligro, procura sacar algún beneficio para ti.
El pensamiento de su alma y de la eternidad no parecía ocupar mucho a la enferma, porque siguió diciendo:
– Hazte rico siquiera esta vez, ya que eres el indispensable, el admirado Gian Battista, a quien la paz de una mujer moribunda le importa menos que las alabanzas de gente que le ha dado un nombre ridículo… y nada más… a cambio de tu alma y de tu cuerpo.
El capataz de cargadores profirió entre dientes un juramento.
– Deje usted en paz a mi alma, padrona; y en cuanto a mi cuerpo, yo sabré cuidar de él. ¿Qué mal hay en que se me necesite? Y si me place arriesgar mi persona en ese asunto, ¿le robo a usted ni a sus hijos nada con ello? Esas personas con quienes me da usted en rostro, han hecho más por el viejo Giorgio, que jamás pensaron en hacer por mí.
Golpeóse el pecho con la mano abierta; había pronunciado las palabras anteriores en voz baja pero con vehemencia. Retorcióse los bigotes uno tras otro, y sus ojos vagaron unos momentos por la habitación.
– ¿Tengo yo la culpa de ser el único hombre a propósito para tal servicio? ¿Qué absurdos consejos son esos que le sugiere la ira, madre? ¿Me querría usted mejor tímido y gandul, vendiendo sandías en la plaza o remando en un bote de pasajeros en el puerto, como cualquier follón napolitano sin virilidad ni reputación? ¿Le gustaría a usted que llevara vida de fraile? No lo creo. ¿Un fraile había usted de necesitar para su hija mayor? Déjela usted que se haga una mujer. ¿Qué teme usted, pues? Constantemente se ha venido usted enfadando conmigo por todo lo que he hecho durante años; aun desde la primera vez que me habló usted en secreto acerca de su Linda de parte del viejo Giorgio. Marido para la una, y hermano para el otro, decía usted. Bien, y ¿por qué no? A mí me gustan los niños, y el hombre debe casarse más tarde o más temprano. Pero posteriormente no ha cesado de ponerme por los suelos ante todo el mundo. ¿Qué razón ha habido para ello? ¿Pensaba usted ponerme un collar y una cadena, como si fuera uno de los perros de guarda que tienen en los cercados del ferrocarril? Oiga, padrona , soy el mismo que cuando desembarqué una noche y estuve sentado en la choza donde vivían ustedes entonces al otro lado de la ciudad, y le referí a usted toda mi historia. Entonces no estuvo usted injusta conmigo. ¿Qué ha ocurrido después? Ya no soy un mozalbete sin importancia. Un buen nombre dice Giorgio que es un tesoro, padrona .
– Te han trastornado la cabeza con sus alabanzas -replicó acezando la enferma-. Te han venido pagando con palabras. Con tu tontería del buen nombre y de la fama irás a parar a la pobreza, la miseria y el hambre. Hasta los perdularios que no tienen donde caerse muertos se reirán de ti…, del gran capataz.
Nostromo se quedó mudo por algún tiempo. La enferma dejó de mirarle. Una sonrisa de orgullo y desdén vagó momentánea por los labios de Nostromo, y sin más se retiró. Su persona, desatendida, desapareció por el vano de la puerta, y volvió a bajar la escalera con la impresión de su vanidad humillada por el desprecio que aquella mujer hacía de su reputación, a tanta costa conseguida y con tanto empeño conservada.
Abajo en la enorme cocina ardía una vela, envuelta en las negras sombras de las paredes y del techo, pero en el rectángulo abierto de la puerta de entrada no brillaba el resplandor rojizo de la antorcha. El jinete portador de ésta había partido para el muelle guiando el carruaje que conducía a la señora de Gould y don Martín. El doctor Monygham aguardaba sentado en el ángulo de una mesa cerca de la luz, inclinada a un lado la cara afeitada cubierta de cicatrices, los brazos cruzados sobre el pecho, apretados los labios y los ojos saltones mirando distraídos el piso de tierra negruzca. Cerca del saliente manto de la chimenea, en cuyo hogar seguía hirviendo tumultuosa la olla de agua, se inmovilizaba el viejo Giorgio, apoyando la barbilla en la mano y con un pie echado adelante, como detenido por un repentino pensamiento.
– Adiós, viejo- dijo Nostromo palpando la culata de su revólver sujeto al cinto y haciendo entrar y salir su cuchillo en la vaina. Recogió de la mesa un poncho azul con forro rojo y se le metió por la cabeza-. Adiós, ten cuidado de las cosas que hay en mi alcoba, y si no recibes noticias de mi, entrega el baúl a Paquita. No contiene objetos de gran valor, fuera de mi nuevo sarape de Méjico y algunos botones de plata de la mejor chaqueta que tengo. ¡No importa! Todo ello le parecerá bastante estimable al primer amante que me suceda. Sea quien fuere, no tiene que temer que mi fantasma se quede en este mundo, después de perecer yo, como sucede con esos gringos que vagan por la península de Azuera.
El doctor Monygham contrajo sus labios con una amarga sonrisa, y luego que el viejo Giorgio, haciendo una venia imperceptible y sin decir una palabra, desapareció por la estrecha escalera, se volvió a Nostromo exclamando:
– ¡Cómo es eso, capataz! Creí que usted no fracasaba nunca en sus empresas.
Nostromo, echando a su interlocutor una mirada desdeñosa, se detuvo en la puerta liando un cigarrillo, encendió un fósforo, y luego de aplicarle a la punta de aquél, lo mantuvo levantado sobre su cabeza, hasta que la llama le tocó casi los dedos.
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