Joseph Conrad - Nostromo
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– Voy ahora mismo a verla, señora -musitó el capataz.
El doctor Monygham apareció en este momento trayendo a las niñas. Contestó a la mirada inquisitiva de la señora de Gould con un movimiento de cabeza y salió al punto otra vez, seguido de Nostromo.
El portador de la antorcha había dejado las riendas para encender un cigarrillo; y su caballo permanecía inmóvil con la cabeza gacha. El resplandor movedizo de la luz se reflejaba en la fachada del edificio, cruzada por las grandes letras negras de su inscripción, en la que sólo la palabra ITALIA se hallaba iluminada enteramente. El fulgor ondulante alcanzaba hasta el carruaje de la señora de Gould, estacionado en el camino con el majestuoso Ignacio, cariamarillo, dormitando al parecer en el pescante. A su lado Basilio, moreno y escuálido, empuñaba con ambas manos una carabina Winchester y escudriñaba la oscuridad con medrosas miradas. Nostromo tocó suavemente la espalda del doctor.
– ¿Se está muriendo realmente, señor?
– Sí -respondió el doctor con una extraña contracción de su cara, llena de costurones-. Y no puedo imaginar por qué necesita verle a usted.
– Siempre ha sido así -sugirió Nostromo con la mirada distraída.
– Pues le aseguro a usted, capataz, que no volverá a llamarle otra vez -refunfuñó Monygham.
– Lo mismo da que vaya usted, como que se quede. Muy poco puede sacarse de hablar a los moribundos. Pero le dijo a doña Emilia delante de mí que había sido para usted como una madre, desde el momento que puso usted los pies en el país.
– ¡Sí, por cierto! Y, no obstante, jamás le ha dicho a nadie una palabra buena de mí. Parece que la molestaba que yo viviera siendo un hombre como ella hubiera querido ver a su hijo.
¡Puede ser! -exclamó cerca de ellos una voz profunda y doliente-. Las mujeres tienen sus modos peculiares de atormentarse.
Giorgio Viola había salido de la casa proyectando una enorme sombra negra en el espacio alumbrado por la antorcha, mientras el fulgor de ésta inundaba de reflejos rojizos su rostro leonino y la gruesa cabeza poblada de blanco cabello. Con el brazo extendido hizo al capataz señas de que entrara.
El doctor Monygham, después de registrar el contenido de un botiquín portátil, de madera barnizada, que descansaba en el asiento del landó, se volvió al viejo Giorgio y puso en su huesuda y temblorosa mano un botellín con tapón de vidrio, sacado de la caja.
– Déle usted a la enferma de cuando en cuando una cucharada de esto en agua -dijo-. La hará sentirse mejor.
– ¿Y no hay otro remedio más para ella?-preguntó el anciano impaciente.
– No. No lo hay en lo humano -respondió el doctor, vuelto de espaldas a Giorgio, mientras cerraba la caja de medicamentos.
Nostromo cruzó despacio la espaciosa cocina, donde no había otra luz que el resplandor de un montón de brasas bajo del pesado manto de la chimenea: junto a ese fuego hervía rumorosamente una olla de hierro, llena de agua. Por entre las dos paredes de una estrecha escalara se derramaba un raudal de luz, salido del cuarto de la enferma, que estaba en el piso alto; y el magnífico capataz de cargadores, al subir sin hacer ruido con sus blandas sandalias de cuero, recio y poblado bigote, cuello musculoso y bronceado pecho que asomaba por la camisa de color entreabierta, parecía un marinero mediterráneo, recién desembarcado de alguna falúa cargada de vino o fruta. Cuando estuvo arriba, su figura de anchos hombros y cintura estrecha y flexible se detuvo mirando a la gran cama, de aparatoso aspecto, por la profusión de blanquísimas cubiertas y ropas de hilo, entre las que la padrona yacía medio sentada, con la cara de negras cejas inclinada sobre el pecho. Sus hombros quedaban cubiertos por una masa de cabello de azabache, con algún raro hilo blanco; y una espesa crencha tendida por delante velaba la mitad de su rostro. Del todo inmóvil en aquella postura que expresaba angustia y malestar físico, volvió únicamente los ojos a Nostromo.
El capataz llevaba una faja roja, rodeada muchas veces a la cintura, y un grueso anillo de plata en el índice de la mano que levantó para retorcerse el bigote.
– ¡Esas revoluciones, esas revoluciones!-exclamó anhelante la señora Teresa-. Ya lo ves, Gian Battista, ¡me han matado al fin!
Nostromo guardó silencio, y la enferma insistió, alzando los ojos: -Me han matado, y entre tanto tú, gran tonto, andas peleando por lo que no te importa.
– ¿A qué viene eso, padrona?-masculló el capataz entre dientes-. ¿Es posible que no acabe usted de fiarse de mi buen juicio? Me importa seguir siendo lo que soy, siempre el mismo.
– Así es -replicó ella con acrimonia-; que no te enmiendas. Siempre pensando en ti propio y recibiendo en buenas palabras la paga de personas que para nada se cuidan de ti.
Había entre ellos una intimidad de antagonismo, tan estrecha a su modo, como la intimidad de concordia y cariño. Gian Battista no habla guardado la conducta que Teresa esperaba. Ella es la que le había animado a dejar el barco, creyendo procurarse un amigo y protector de las niñas. Consciente del precario estado de su salud, se hallaba acosada por el temor del aislamiento que rodeaba a su marido, ya anciano, y por la situación de semiorfandad en que veía a sus hijas. Quiso ganarse el afecto de aquel joven, al parecer morigerado y serio, afectuoso y dócil, huérfano desde la niñez, según le había contado, sin otros parientes en Italia que un tío, propietario y patrón de una falúa, de cuyos malos tratamientos había huido antes de cumplir los catorce años. A ella le había parecido valiente, trabajador duro, resuelto a abrirse camino en el mundo. La gratitud y la costumbre harían de él un hijo para ella y para Giorgio; y más adelante, ¿quién sabe?, cuando Linda hubiera crecido… Diez años de diferencia entre marido y mujer no era mucho. Su esposo le llevaba a ella cerca de veinte. Gian Battista era un mozo simpático, además; simpático para todos, hombres, mujeres y niños, precisamente por su seria formalidad, que derramaba una suave luz sobre las promesas seductoras de su vigorosa figura y carácter resuelto.
El viejo Giorgio, del todo ajeno a los pensamientos y esperanzas de su mujer, tenía en gran aprecio a su joven paisano. "Un hombre debe tener partidas de mulo", solía decirle, citando un dicho español en defensa del espléndido capataz. La señora Teresa empezó a sentir celos de los triunfos obtenidos por el joven. Temía que se le escapara. A fuer de mujer práctica, le parecía absurdo el derroche de cualidades que le hacía tan estimable. En resumen, sacaba muy poco de ellas. Las prodigaba con ambas manos entre demasiadas personas. No tenía dinero ahorrado. Por eso se burlaba de su pobreza, de sus hazañas, aventuras, amoríos y de su reputación, pero en el fondo de su alma seguía queriéndole como si fuera su hijo.
Aun ahora, enferma como estaba, tan enferma, que sentía en su rostro el hálito helado de un fin próximo, había querido verle. Era el último esfuerzo de su mano desfallecida para asirle y retenerle. Pero había presumido demasiado de sus fuerzas. Le faltaba el dominio de sus ideas, que se habían hecho confusas, como su visión. Las palabras no acudían a sus labios; y únicamente la ansiedad y deseo vehementes de vivir parecían detener el golpe de la muerte.
– Ya la he oído a usted todo eso muchas veces -dijo el capataz-. Es usted injusta conmigo, pero no me ofendo por ello. Además, al presente, tal vez le perjudique el hablar, y tengo poco tiempo para escucharla. Estoy comprometido en un quehacer de suma importancia.
La enferma hizo un esfuerzo para preguntarle si era cierto que había hallado tiempo para ir a buscarle un médico.
Nostromo contestó afirmativamente con una muda inclinación. Esto la satisfizo. Le servía de gran alivio saber que se había molestado tanto en favor de los que necesitaban su ayuda. Era una prueba de su amistad. La voz de la moribunda se hizo más fuerte.
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