Joseph Conrad - Nostromo

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Nostromo: краткое содержание, описание и аннотация

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"Después de pasar yo sin detenerme junto a él y la otra persona que le hablaba bajo el oscuro arco, se me incorporó. Era una mujer angustiada la que estaba con mi hombre; mas por discreción guardé silencio, mientras caminaba a mi lado. Después de un poco, empezó a explicarme el caso sin que yo le preguntara. Me había equivocado en mis conjeturas. Se trataba de una vieja, una vieja encajera, que buscaba a su hijo, barrendero del Municipio. El día antes, al amanecer, habían venido unos amigos a la puerta de su tugurio a llamarle. Se fue con ellos, y desde entonces no había vuelto a verle. Por eso la pobre anciana, al anochecer del mismo día, dejó al fuego la cena que tenía medio preparada, y se había deslizado hasta el puerto, donde, según sus noticias, yacían los cadáveres de algunos mozos de la ciudad, muertos en la mañana del alboroto. Uno de los cargadores que guardaban la Aduana había llevado una linterna, ayudándola a examinar los pocos cadáveres que yacían por allí. No habiendo hallado lo que buscaba, la mujer se volvió penosamente a su vivienda, y al llegar al arco, sintiéndose muy cansada, se sentó llorosa en una poyata de piedra. El capataz la había interrogado, y después de oír su relato interrumpido por sollozos y lamentos, la aconsejó que fuera a mirar en el patio de la casa Gould si su hijo se hallaba entre los heridos. Añadió con indiferencia que le había dado un cuarto de dólar.

– "¿Por qué ha hecho usted eso? -pregunté-. ¿La conoce usted?

– "No, señor. No creo haberla visto anteriormente. ¿Cómo he de haberla visto? Probablemente lleva años sin dejar su guarida. Es una de esas viejas que se encuentran en el país, detrás de las chozas acurrucadas al pie de las hogueras, con un palo en el suelo al lado, sin fuerzas apenas para ahuyentar a los perros vagabundos que merodean cerca de las ollas. ¡Caramba! Tan cascada tiene la voz, que la muerte parece haberse olvidado de semejante vejestorio. Pero todo el mundo, viejo o joven, aprecia el dinero y habla bien de la persona que se lo da. Había usted de haber sentido el apretón de su garra al coger la moneda (comentó el capataz sonriendo, y calló un momento). Era la última que me quedaba.

"No repliqué. Mi interlocutor es conocido por su liberalidad y su mala suerte al juego de monte, de modo que sigue tan pobre como cuando llegó.

– "Supongo, don Martín -continuó con aire reflexivo y calculador-, que el señor administrador de Santo Tomé habrá de remunerarme algún día, si le salvo la plata. ¿No le parece a usted?

"Le respondí que seguramente lo haría, y entonces murmuró para sí:

– "Sí, sí, no hay duda, no hay duda; y vea usted, don Martín, la ventaja que hablen bien de uno. Ningún otro podría pensar en tal cosa. Me encontraré con una buena fortuna algún día. ¡Que llegue pronto!-musitó-. El tiempo vuela en este país, como en todos los demás.

"Ahí tienes, soeur cherie , al hombre que será mi compañero en la escapada que hago por la gran causa. Es más ingenuo que perspicaz, más altanero que astuto, más generoso de su persona que los que le utilizan pagándole un módico salario. Al menos así lo piensa él mismo con más orgullo que descontento. Me felicito de haber trabado amistad con él. Como compañero, adquiere una importancia muy superior a la que para mí tenía en calidad de genio menor a su manera, esto es, en concepto de original marinero italiano, a quien permitía entrar en la redacción de El Porvenir , de madrugada, a charlar familiarmente con su director, mientras se hacía la tirada.

"Y es curioso haber topado con un hombre para quien el valor de la vida parece consistir en el prestigio personal.

"Ahora le estoy aguardando aquí. Al llegar a la posada de Viola, hallamos a las niñas solas en la planta baja; y el viejo genovés desde el piso superior gritó a su paisano que fuera a buscar al médico. A no ser por eso, habríamos continuado nuestro camino hasta el embarcadero, donde, según parece, el capitán Mitchell, con algunos europeos que se han ofrecido voluntariamente y unos cuantos cargadores escogidos están cargando la gabarra que debe ser salvada de las garras de Montero para ser utilizada en su derrota.

"Nostromo volvió a la ciudad galopando furiosamente, y lleva ya largo rato por allá. Esta demora me deja tiempo para seguir conversando contigo. A la fecha en que este cuaderno llegue a tus manos habrán ocurrido muchas cosas. Pero ahora hay una pausa bajo del ala de la muerte que se cierne sobre esta silenciosa casa, sepultada en las tinieblas de la noche con una mujer moribunda, dos niñas acurrucadas sin chistar, y el viejo, cuyos tímidos pasos al ir de una parte a otra me llegan al través de la pared, como el débil rumor de un ratón. Y yo, el único que está con ellos, no sé realmente si contarme entre los vivos o entre los muertos. ¿Quién sabe? , como suele decir la gente de aquí al ofrecerse cualquier incidente o cuestión dudosa. Pero ¡no!, el cariño que te tengo no está muerto, seguramente, y todo ello, la casa, la noche oscura, las muchachas silenciosas en esta habitación sombría, mi presencia misma aquí…, todo es vida, debe ser vida, puesto que se parece tanto a un sueño."

Al acabar de escribir esta última línea, Decoud se sintió asaltado por un repentino y completo desfallecimiento. Dobló el busto y quedó de bruces sobre la mesa, como herido de un balazo. A los pocos momentos se incorporó con la idea de haber oído rodar el lápiz por el suelo. La puerta baja del café , abierta de par en par, apareció bañada en el resplandor de una antorcha, viéndose a su luz la parte posterior de un caballo que sacudía su cola contra la pierna del jinete; el talón descalzo de este llevaba sujeta con correas una larga espuela de hierro. Las dos muchachas se habían ido, y Nostromo, de pie en medio del cuarto, miró a Decoud bajo del ala del sombrero, hundido por delante hasta las cejas.

– He traído en el coche de la señora de Gould al malencarado médico inglés de la mina -dijo Nostromo-. Dudo mucho que con toda su ciencia pueda salvar esta vez a la padrona . Han mandado que suban las niñas. ¡Mala señal! (Sentóse en el extremo de un banco y añadió:) Supongo que la enferma quiere verlas para echarles la bendición.

Decoud, medio desvanecido, indicó al capataz que debía haberse quedado enteramente dormido, y el otro contestó con una vaga sonrisa que, al mirar por la ventana, le había visto echado sobre la mesa con la cabeza descansando sobre los brazos. La señora inglesa había venido también en el carruaje, e inmediatamente subió las escaleras con el doctor, después de recomendar a Nostromo que no despertase a don Martín, pero éste se había metido en el café cuando bajaron por las niñas.

La mitad del caballo del portador de una antorcha con la media figura del jinete contorneó la puerta; por un momento la antorcha de estopa y resina, que iba en su receptáculo de hierro, sujeto a un palo en el arzón de la silla, iluminó la pieza, y la señora de Gould entró apresurada con la cara bañada de extrema palidez y cansancio. La capucha de su abrigo azul oscuro se le había caído a la espalda. Los dos hombres subieron.

– Teresa necesita verle a usted, Nostromo -dijo la señora.

El capataz no se movió. Decoud, que se había vuelto de espaldas a la mesa, empezó a abotonarse la chaqueta.

– La plata, señora de Gould, la plata -murmuró en inglés-.No olvide usted que la guarnición de Esmeralda se ha apoderado de un vapor. De un momento a otro puede presentarse a la entrada del puerto.

– El doctor dice que no hay esperanza -dijo la señora también en inglés, desentendiéndose de la indicación de Decoud relativa a la plata-. En cuanto a lo demás -añadió-, si tanta prisa le corre, le llevaré a usted al muelle en mi carruaje, y luego volveré a recoger a las niñas.-Cambió de pronto de idioma y dijo a Nostromo en español-: ¿Por qué pierde usted tiempo? La mujer del viejo Giorgio desea verle a usted.

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