Joseph Conrad - Nostromo

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– Esto es aplastante -murmuró-. ¿Es que nos movemos siquiera, capataz?

– Menos aprisa que un escarabajo arrastrándose entre una maraña de hierba -respondió Nostromo, cuya voz sonó apagada por el espeso velo de tinieblas, que caía tibio e implacable por todas partes. Había ratos en que no hacía ruido alguno, y entonces, invisible y mudo, parecía haber partido misteriosamente de la gabarra.

En el seno informe de la noche, Nostromo ni siquiera estaba cierto del rumbo que seguía el lanchón, después de haber parado del todo el viento. Se esforzaba por rastrear las islas, pero no se percibía señal alguna de ellas, como si se hubieran hundido en el golfo. Al fin se echó junto a Decoud y le susurró al oído que si la luz del día les sorprendía cerca de la playa de Sulaco por falta de viento, sería posible llevar la barca detrás del peñón que se levanta en el extremo más alto de la Gran Isabel, donde quedarían ocultos.

Decoud se maravilló del airado encono que dejaba traslucir en su ansiedad. Para él la traslación del tesoro era un asunto político. Había que evitar por varias razones que cayera en manos de Montero; pero allí tenía un hombre que consideraba la empresa a una luz distinta. Los caballeros que se quedaron en tierra no daban muestras de apreciar las dificultades y peligros de la misión que se le había encomendado. Nostromo, afectado al parecer por la tetriquez del ambiente, parecía resentido y nervioso. Decoud estaba sorprendido. El capataz, indiferente a los riesgos del momento, se entregaba a desahogos indignados e irónicos contra la índole fatal de aquella comisión que, como la cosa más natural del mundo, le habían dado. Era más peligroso el tal encargo, decía Nostromo, riendo y jurando, que enviarle a buscar el tesoro custodiado por diablos y fantasmas en las profundas quebradas de Azuera, según decía la gente.

– " Señor -expuso-, tenemos que abordar el vapor en el mar, y entre tanto mantenernos a la descubierta buscándole hasta que hayamos consumido las provisiones. Y si, por desgracia, no le hallamos, necesitamos permanecer alejados de tierra hasta extenuarnos de hambre y tal vez volvernos locos, y morir, y navegar muertos a la deriva, hasta que alguno de los vapores de la Compañía encuentre la gabarra con los dos hombres muertos que han salvado el tesoro.

"Este es el único modo de salvarlo, señor; porque ha de comprender usted que para nosotros desembarcar en cualquier parte de la costa que diste menos de cien millas de Sulaco, con esta plata en nuestro poder, equivale a arrojarnos con el pecho descubierto contra la punta de un cuchillo. Llevo conmigo una enfermedad mortal en estos arcones de plata. Si me descubren, soy hombre muerto, y usted también, señor, por venir conmigo. Hay en la barca bastante plata para enriquecer, no ya a cualquier pueblo costero de ladrones y vagabundos, sino a una provincia entera. Se figurarían que el cielo mismo les envía este tesoro y nos cortarían el cuello sin vacilar. No me fiaría de bellas palabras del hombre más honrado en toda la costa salvaje de este golfo. Reflexione usted que, aun entregándoles la plata a la primera intimación, no salvaríamos nuestras vidas. ¿Lo comprende usted bien o necesito explicarme más?"

– No, no es necesario -replicó Decoud algo distraídamente-. Veo por mí mismo con harta claridad que la posesión de este tesoro es una enfermedad mortal para nosotros. Pero había que retirarle de Sulaco, y usted era el hombre abonado para tal empresa.

– "Sin duda -respondió Nostromo-.Con todo, no creo que su pérdida empobreciera mucho a don Carlos Gould. Queda todavía sobrada riqueza en la montaña. He oído rodar el mineral argentífero por los canalones en las noches tranquilas, cuando tenía la costumbre de ir a caballo hasta Rincón para ver a cierta muchacha, después de terminar mi trabajo diario en el puerto. Durante años las rocas han venido rindiendo su precioso metal con un fragor semejante al del trueno, y los mineros dicen que el corazón de la montaña guarda bastante para seguir tronando por Dios sabe cuánto tiempo.

"Y con ser así, hace tres días estuvimos peleando a vida o muerte por evitar que la multitud se apoderara de la plata, y anoche se me ha mandado a salir con ella a favor de la oscuridad sin soplar viento alguno que empuje el lanchón, como si se tratara de la última plata que resta en el mundo para dar pan a los hambrientos. Pero en fin, dejando eso a un lado, esta va a ser la más famosa y desesperada aventura de mi vida, con viento o sin él. Se hablará de ella cuando los niños se hayan hecho hombres, y los hombres viejos. ¡Ah! Me dijeron que los monteristas no deben apropiársela, sea lo que fuere del capataz Nostromo; y no caerá en sus manos, se lo aseguro a usted, ya que para salvarla me la han atado al cuello."

– Lo tengo por seguro -murmuró Decoud; pero lo que éste creía indudable era que su compañero miraba la empresa por un lado peculiar suyo, muy distinto del que a él le interesaba.

Nostromo interrumpió sus reflexiones sobre el modo con que suelen utilizarse las aptitudes de los hombres sin conocer a fondo sus sentimientos y carácter, para proponer a Decoud que montaran los remos largos y navegaran en dirección a Las Isabeles. No convenía que con la luz del amanecer pudiera verse el tesoro en el mar a cosa de una milla de la boca del puerto. De ordinario, cuanto más densa era la oscuridad, tanto más fuertes eran las ráfagas de viento con que el capataz había contado para mover el lanchón; pero aquella noche, el golfo, envuelto en su poncho de nubes, dormía en absoluta calma con la inmovilidad de la muerte.

Las delicadas manos de don Martín sufrían cruelmente al manejar el grueso astil del enorme remo. El hombre se aplicó a la labor con brío apretando los dientes. También él se hallaba prendido en las redes de una existencia emocional, y aquella extraña faena de empujar una lancha se le antojaba el comienzo natural de un nuevo estado y adquiría una significación ideal, a causa del amor de Antonia. A pesar de todos sus esfuerzos, la gabarra apenas se movía. Nostromo juraba entre dientes y sus refunfuños alternaban con el chapoteo regular de los remos. "No avanzamos nada -murmuró-. Desearía poder divisar las islas."

Por efecto de su impericia don Martín se fatigaba más de lo necesario. De cuando en cuando circulaba por todo su cuerpo una especie de debilidad muscular que partía de sus dedos doloridos, yendo seguida de una oleada de calor. Sin descansar en las últimas cuarenta y ocho horas había combatido, discurseado, sufrido mental y físicamente, fatigando su espíritu y su cuerpo. No había dormido; había tomado muy poco alimento y soportado sin tregua la agitación de sus pensamientos y emociones. El mismo amor de Antonia, del que sacaba su fuerza e inspiración, había alcanzado el punto de tensión trágica durante su apresurada entrevista junto al lecho de don José, gravemente postrado. Y ahora, de pronto, se veía sepultado en el interior de un golfo oscuro, cuya misma lobreguez, silencio y calma de muerte acrecentaban su tormento imponiéndole la necesidad del esfuerzo físico. Con un singular temblor de placer se imaginó la gabarra hundiéndose hasta tocar el fondo del mar. "Siento amagos de delirio", pensó. Dominó el temblor de todos sus miembros, de su pecho, el temblor interior de su organismo, exhausto de fuerza nerviosa.

– ¿Descansaremos, capataz? -propuso en tono de decaimiento-. Aún tenemos por delante muchas horas de noche.

– Cierto. Supongo que no distamos de las islas más que una milla aproximadamente. Deje usted reposar los brazos, señor, si es eso lo que quiere usted decir. No hallará usted otra clase de descanso, se lo prometo, después de haber ligado su suerte a este tesoro, cuya pérdida no empobrecería a nadie. No, señor; no hay descanso hasta que hallemos un vapor destinado al norte, o en caso contrario nos halle a nosotros otro barco, muertos sobre la plata del inglés. O antes que eso…, no, ¡por Dios! , abriré con el hacha un boquete en el costado de la gabarra por debajo de la línea de flotación, sin aguardar a que el hambre y la sed me roben las fuerzas. Por todos los santos y diablos juro que echaré a pique el tesoro antes que entregárselo a ningún extraño. Ya que los caballeros se han dado el gustazo de encomendarme tal encargo, aprenderán que no se han equivocado al escogerme para la empresa.

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