Joseph Conrad - Nostromo
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– Estoy pensando en ese proyecto del nuevo Estado con ese rechoncho dandy de Decoud por primer Presidente -musitó Monygham, atusándote la cara y balanceando sin cesar las piernas.
– Y ¿por qué no, a fe mía? -replicó el primer ingeniero con acento de sinceridad y confianza súbitas, como si una secreta virtud del aire de Costaguana le hubiera inoculado la fe del país en los "pronunciamientos" .
Y a continuación empezó a hablar, como cualquier revolucionario experto, del valioso instrumento disponible que para tal fin constituía el intacto ejército de Cayta. En pocos días podía traérsele a Sulaco, sólo conque Decoud lograse abrirse camino sin demora a lo largo de la costa. Porque el jefe militar allí era Barrios, que de Montero, su rival y enemigo acérrimo, únicamente podía esperar el fusilamiento. Por tanto cabía contar como cosa segura con el concurso del general. En cuanto a su ejército, sabía bien que ninguno de los dos Monteros le ofrecería un mes de paga. Atendiendo a esta circunstancia, la posesión del tesoro de plata ejercería una influencia enorme. La mera noticia de no haber caído en poder de los monteristas sería un poderoso estímulo para que las tropas de Cayta abrazaran la causa del nuevo Estado.
El doctor se volvió y miró de hito en hito por algún tiempo a su compañero.
– Ese Decoud, por lo que veo, es un joven embaucador de persuasiva elocuencia -comentó al fin. -Y, dígame usted, ¿es esa la causa de que Carlos Gould haya dejado salir al mar el tesoro entero de lingotes a cargo del tal Nostromo?
– "Carlos Gould -replicó el ingeniero en jefe- no ha dicho nada de sus intenciones. Como usted sabe, no habla nunca de sus planes. Pero todos sabemos que su única aspiración es la salvación de la mina de Santo Tomé y el mantenimiento de la Concesión Gould dentro del espíritu de su contrato con el gran financiero de California. Holroyd es también un hombre nada vulgar. Cada uno de ellos comprende los móviles de orden espiritual en que se inspira el otro. A pesar de que Carlos sólo tiene treinta años y Holroyd cerca de sesenta, se entienden admirablemente. Ser millonario y un millonario como Holroyd equivale a ser eternamente joven. La juventud es audaz porque se imagina disponer de un tiempo ilimitado; pero también un millonario tiene en su mano medios ilimitados -lo que es mejor. La duración de la vida es una cantidad incierta, y en cambio no hay duda alguna del enorme poder de los millones.
"La introducción en este continente de una forma pura de cristianismo, especie de religión puritana, es un sueño propio de un joven visionario, y ya he intentado explicarle a usted que Holroyd a los cincuenta y ocho años se halla en las condiciones de un hombre en la flor de la edad, y aun mejor. No es un misionero, pero la mina de Santo Tomé, convertida en centro propangandista de intereses materiales, llegaría a ser en sus cálculos, una secreta misión de gran eficacia. Todo esto parece absurdo, pero le aseguro a usted que no acertó a prescindir de ese extraño proyecto en la conferencia puramente práctica sobre los negocios de Costaguana, sostenida con sir John hace un par de años. A fe mía, doctor, las cosas no parecen tener un valor por lo que son en sí mismas; y empiezo a creer que su única y verdadera importancia radica en el valor espiritual que cada uno descubre en ellas, según la forma peculiar de su actividad."
– ¡Bah! -interrumpió el doctor sin cesar un instante en el ocioso balanceo de sus piernas-. Complacencias de amor propio. Alimento para la vanidad que gobierna el mundo. Entretanto, ¿cuál cree usted que va a ser la suerte del tesoro que navega por el golfo con el gran capataz y el gran político?
– ¿Se inquieta usted por ello, doctor?
– ¡Inquietarme yo! A mí ¿qué diablos me importa? Yo no atribuyo valor espiritual ni a mis deseos, ni a mis opiniones, ni a mis ideas. Carecen de trascendencia para sugerir delectaciones de amor propio. Vea usted, por ejemplo: me habría gustado dulcificar los últimos momentos de esa pobre mujer. Y no puedo. Es imposible. ¿Se ha encontrado usted con lo imposible cara a cara? ¿O es que usted, el Napoleón de los ferrocarriles, no tiene esa palabra en el diccionario?
– ¿De manera que la cree usted condenada a padecer mucho? -inquirió el ingeniero con acento compasivo.
Lentos y pesados pasos cruzaron por encima del techo de tabla, sostenido por fuertes vigas de madera dura. Después, por la mezquina abertura de la escalera, abierta en el espesor del muro, bastante estrecha para ser defendida por un hombre contra veinte enemigos, salió un murmullo de dos voces, una débil e interrumpida, y otra profunda y blanda que contestaba, cubriendo con su timbre mas grave el primer sonido.
Los dos hombres permanecieron quietos y mudos hasta que cesaron los murmullos, y entonces el doctor se encogió de hombros y musitó:
– Sí, tendrá una agonía penosa. Yo no podría hacer nada, aunque estuviera allí.
Siguióse un largo período de silencio arriba y abajo.
– Se me figura -empezó el ingeniero en voz baja- que usted desconfía del capataz del capitán Mitchell.
– ¡Desconfiar yo de él! -murmuró el doctor entre dientes. -Le creo capaz de todo… hasta de la fidelidad más absurda. Soy la última persona con quien habló antes de dejar el muelle, ¿sabe usted? La pobre enferma de allá arriba deseaba verle, y yo le permití que se llegara a ella, A los moribundos no hay que contradecirles, ¿sabe usted? Parecía bastante tranquila y resignada pero el malvado en los diez o doce minutos de la entrevista debió decir o hacer algo que la sumió en la desesperación.
"Las mujeres, ¿sabe usted? -continuó el doctor en tono inseguro-, tienen antojos tan inexplicables en todas las situaciones y épocas de su vida, que a veces he pensado, ¿entiende usted?, si estaría en cierto modo enamorada de él… del capataz. El bribón, a no dudarlo, tiene gancho, y, a no ser así, no se habría conquistado el aprecio de todo el populacho de la ciudad. No, no, yo no me dejo llevar de absurdas sospechas. Acaso haya dado un nombre impropio al vivo interés que por él siente, al aprecio emocional que una mujer propende a manifestar a un hombre. Ella solía hablarme mal de él con frecuencia, lo cual, por supuesto, no está en contradicción con mi idea. De ningún modo. A mí me causaba la impresión de que no dejaba de pensar en él, y sin duda le otorgaba un lugar importante en su vida.
"Los he observado muchas veces, ¿sabe usted? Siempre que bajaba de la mina, la señora de Gould me encargaba que les echara un vistazo. A ella le gustan los italianos; ha vivido largo tiempo en Italia, según creo, y se encaprichó por el viejo garibaldino. Un tipo bastante notable; carácter austero y soñador que vive en el republicanismo de su juventud, como el pez en el agua. Ese exaltado y chocho aventurero ha fomentado mucho las malhadadas tonterías del capataz."
– ¿A qué tonterías se refiere usted? -replicó el ingeniero jefe. -Yo he tenido siempre al capataz por un muchacho listo y formal, valiente a toda prueba y muy dispuesto. Un hombre capaz en todo momento de prestar cualquier servicio. A sir John, en el viaje que hizo por tierra a Santa Marta, le impresionaron mucho su despejo y destreza. Posteriormente, según habrá usted oído, nos libró de un daño importante, revelando al jefe de policía la presencia en la ciudad de algunos ladrones profesionales, venidos de lejos para descarrilar y robar el tren que conduce las pagas del mes. Además ha organizado con gran perfección el trabajo de carga y descarga en el puerto para la Compañía O.S.N. A pesar de ser extranjero, sabe hacerse obedecer. Verdad es que los cargadores son también extranjeros aquí, inmigrantes, o, como dicen, isleños en su mayor parte.
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