Joseph Conrad - Nostromo
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"Después, señor, cuando quizá por vigésima vez acercaba mi reloj a la luz del extremo con ánimo de ver la hora, observando con sorpresa que faltaban diez minutos para media noche, oí el chapoteo de la hélice de un vapor -ruido inconfundible para el oído de un marino en una noche tan serena. Realmente era débil, porque avanzaban con cautela y extrema lentitud, así por causa de la oscuridad, como por el deseo de no revelar su presencia; esto último sin motivo, porque creo verdaderamente que no había nadie más que yo en los alrededores. Hasta el personal ordinario de serenos y otros vigilantes llevaban varias noches ausentes con motivo de los disturbios. Me quedé quieto, después de dejar caer mi cigarro y ponerle el pie encima -diligencia muy del gusto de los mosquitos, a lo que creo, juzgando por el estado de mi cara a la mañana siguiente.
"Pero eso fue una molestia despreciable en comparación con los brutales tratamientos de que fui víctima por parte de Sotillo. Algo del todo inconcebible, señor, más en armonía con los procedimientos de un maniático que con el comportamiento de un hombre cuerdo, aun suponiéndole despojado de todo sentimiento de honor y decencia. Pero a Sotillo le tenía furioso el fracaso de sus proyectos de robo."
En esto el capitán Mitchell decía la verdad. Sotillo estaba, en efecto, loco de rabia. El capitán Mitchell, sin embargo de eso, no fue arrestado en el primer momento; una viva curiosidad le indujo a permanecer en el muelle (que tiene de largo unos cuatrocientos pies) para ver, o mejor dicho, oír las operaciones todas del desembarco. Oculto por la vagoneta usada para el transporte de la plata, y que había sido rodada nuevamente desde el embarcadero hasta el principio del muelle en tierra, vio pasar de cerca el pequeño destacamento enviado delante a explorar el terreno, el cual se dispersó en varias direcciones por el llano.
Entretanto las tropas bajaron a tierra y se formaron en columna, cuya cabeza avanzó poco a poco ocupando casi la anchura toda del muelle hasta llegar a pocos metros del señor Mitchell. Entonces cesó el sordo ruido de choques metálicos, patuleo y rumores, quedando la formada tropa inmóvil y callada por cerca de una hora, aguardando la vuelta de los que habían salido destacados a explorar. En tierra sólo se oían los broncos ladridos de los mastines de la estación, contestados por los más débiles de los gozques que merodean en gran número por los arrabales de la ciudad. Un grupo de formas sombrías se destacaba enfrente de la cabeza de la columna.
Poco después el piquete, apostado a la entrada del muelle, empezó a dar el alto a media voz a las siluetas aisladas que se acercaban por la parte del llano. Estos mensajeros, despachados por las patrullas de avanzada, contestaban breves palabras a sus camaradas, y seguían su camino rápidamente, perdiéndose en la gran masa inmóvil para comunicar sus informes al estado mayor. El señor Mitchell comenzaba a percatarse de que su situación se estaba haciendo desagradable y tal vez peligrosa, cuando de pronto sonó una voz de mando en el extremo del muelle, seguida de un toque de trompeta, y a continuación se produjo un ruido de pisadas, roces acerados y murmullos, que se propagó a lo largo de la columna. A corta distancia ordenó una voz en tono brusco: "¡Quitar del paso esa vagoneta!" Al oír las pisadas de pies desnudos que se lanzaron a ejecutar lo mandado, el capitán Mitchell retrocedió un paso o dos; el vehículo, empujado por muchas manos, se alejó de él a lo largo de los rieles, y antes que tuviera tiempo de advertir lo ocurrido, se vio rodeado y asido de los brazos y el cuello de la chaqueta.
– Hemos cogido a un hombre escondido aquí, mi teniente -gritó uno de los soldados.
– Tenedle a un lado hasta que llegue la retaguardia -respondió la voz.
La columna entera pasó rápidamente junto al capitán Mitchell, y el estruendoso patuleo en las tablas del muelle se extinguía súbitamente en el suelo blando del puerto. Los soldados sujetaban con fuerza al prisionero, sin atender a su declaración de que era inglés ni a su petición de ser llevado en presencia del jefe. Al fin guardó silencio con aire resignado y digno. Entonces pasaron rodando estrepitosamente por el entablado piso dos cañones de campaña, arrastrados a fuerza de brazos, y a continuación, tras un piquete de soldados, que formaban escolta, siguieron cuatro o cinco figuras con un tintineo de vainas de acero. Cuando hubieron pasado, sintió un tirón en los brazos y la orden de marchar. En el trayecto del muelle a la Aduana el capitán Mitchell hubo de padecer algunos ultrajes por parte de los soldados, tales como empujones, cachetes en el pestorejo y algún culatazo en los riñones. El avance precipitado a que le obligaban no se avenía bien con su idea de la dignidad personal; se sintió abatido, avergonzado, impotente. Le pareció que aquello era el fin del mundo.
El largo edificio quedó rodeado de tropas, que habían empezado a colocar las armas en pabellones por compañías y se disponían a pasar la noche tendidas en el suelo con los ponchos puestos y las mochilas por almohadas. Los cabos se movían con linternas oscilantes, poniendo centinelas todo alrededor de los muros donde hubiera una puerta o abertura cualquiera. Sotillo no descuidaba ninguna precaución para proteger el edificio, como si realmente contuviera el tesoro. El ansia de labrar su fortuna con un atrevido golpe de ingenio absorbía todas sus facultades discursivas. Se resistía a creer en la posibilidad de un fracaso; la sola idea de tal contingencia le producía vértigos de rabia, y cualesquiera circunstancias que la sugirieran le parecían irreales y absurdas. De ningún modo cabía admitir las afirmaciones de Hirsch, tan fatales para sus esperanzas. Verdad es que el náufrago había contado su historia con tal incoherencia y tales señales de aturdimiento, que realmente parecía improbable. Era muy difícil atar cabos en el relato de Hirsh. Inmediatamente de haberle halado al puente del vapor, Sotillo y sus oficiales, impacientes y excitados, no dieron al infeliz tiempo para serenarse y ordenar sus ideas. Necesitaba ser tranquilizado, reanimado, confortado; y en lugar de esto le trataron con rudeza, dándole puñadas y empellones y dirigiéndole amenazas. Las violentas sacudidas del náufrago, sus contorsiones, intentos de ponerse de rodillas, seguidos de grandes esfuerzos para huir, como si pensara arrojarse al punto por la borda; sus gritos y convulsiones y miradas de terror loco habían causado asombro en el primer momento, y después duda de su sinceridad, inclinados como son los hombres a suponer fingimiento en todas las demostraciones pasionales extemosas. Como si esto fuera poco, habló en un español tan mezclado de alemán, que no se podía entender la mitad de lo que decía. Procuró desagraviar a los oficiales llamándolos hochwohlgeboren herren (nobles señores), expresión que sonaba a un grosero insulto. Cuando le intimaron seriamente que se dejara de bromas y farsas, repitió sus ruegos y protestas de lealtad e inocencia volviendo a expresarse en alemán, con especial tozudez por no echar de ver el idioma que usaba. No cabía duda de que era el traficante en pieles de Esmeralda; pero esto no aclaraba el asunto. Además confundió el nombre de Decoud con el de otras personas que había visto en casa de los Gould, como si quisiera dar a entender que todos habían estado en la gabarra; de suerte que Sotillo llegó a creer por un momento haber echado al fondo del mar a todos los principales riveristas de Sulaco.
La evidente improbabilidad de este hecho hacía dudar de todo lo demás. O Hirsch estaba loco, o representaba una comedia fingiéndose trastornado por el miedo para ocultar la verdad. La codicia de Sotillo, elevado al grado máximo por la perspectiva de un inmenso botín, rechazaba aun el mero supuesto de verse defraudada. Pudiera ser que este judío estuviera aterrorizado por el accidente del naufragio, pero sin duda sabía donde se ocultaba el tesoro, y, con la astucia propia de su raza, había inventado aquel cuento para despistar a Sotillo.
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